Desafíos de la Izquierda II: Infraestructura Política para una Verdadera Nueva Mayoría

31 de Ene, 2014 | Por | 1 Comentario

El gobierno de Sebastián Piñera se vio forzado a administrar -con poco éxito- una enorme cantidad de demandas sociales, que se han materializado luego de haberse incubado durante los años de transición política, en parte debido a las contradicciones internas de un sistema democrático lleno de trabas a la participación y la expresión institucionalizada de las demandas ciudadanas, y en parte debido a las transformaciones sociales propias de un período de cambio acelerado en muchas de las principales variables macro-económicas y sociales que determinan nuestra vida cotidiana y nuestros niveles de bienestar subjetivo.

De cara a estas enormes demandas, los líderes Concertacionistas han decidido marcar el inicio de lo que buscan sea un nuevo ciclo post-transición (Felipe Harboe ha llegado a declarar el inicio de una “segunda transición”… ojalá el diablo se haga el sordo). Lo han hecho anunciando la creación de una “Nueva Mayoría”. La alianza electoral con el Partido Comunista, y el apoyo -a regañadientes- a algunos candidatos independientes surgidos del mundo social, buscan dar legitimidad a este supuesto giro estratégico y paradigmático. Sin embargo, la actual configuración de la coalición de partidos, la baja calidad del debate en torno a los programas presidenciales, así como una baja tasa de renovación en los liderazgos partidarios permiten dudar que, al menos por ahora, esta nueva alianza pase de ser un mero acuerdo electoral. Aún si fuera más que eso, nada parece indicar que esta configuración vaya a dar “tiraje” y permanencia a un programa de izquierda en el largo plazo, especialmente dada la centralidad de la figura de Bachelet en esta nueva configuración. Como he planteado en la primera parte de esta serie de dos columnas, esta nueva presidencia de Bachelet plantea a la izquierda el desafíos de corto plazo de facilitar que la Presidenta materialice las promesas de su programa de gobierno. El desafío de largo plazo es asegurar la sustentabilidad de un programa político de izquierdas, que incluya los avances que Bachelet pueda lograr en áreas clave como la educación o el sistema tributario, al mismo tiempo que expande el horizonte de lo políticamente posible.

El retorno a la democracia encontró a la izquierda articulada en torno a algunos partidos políticos muy disminuidos institucionalmente, en torno al mundo de las federaciones universitarias, en una serie de centros de estudios financiados por fondos internacionales, redes de colaboración en el exilio, y algunos espacios de acción política a nivel local. Luego del retorno a la democracia, sin embargo, la izquierda se aglutinó mayoritariamente en torno al Estado. Más allá del PC, la entonces llamada “izquierda extra-parlamentaria” se fragmentaría en agrupaciones de corta vida y escaso peso político, y buscaría refugio en las federaciones universitarias, de las cuales surgieron liderazgos tan interesantes como efímeros. Mi hipótesis es que, cerrada ya la transición, no basta a la izquierda con parapetarse en el aparato estatal para canalizar las demandas ciudadanas y lograr sus metas de largo plazo. Posicionarse desde el estado es una estrategia demasiado vulnerable a la aparición de líderes carismáticos en la derecha que puedan hacerse del Gobierno. Por otra parte, la distancia entre las oficinas estatales y la calle es demasiado grande como para suponer que un proyecto que se diga genuinamente de izquierdas se pueda conducir exclusivamente desde un puesto en el gobierno.

¿Qué hacer, entonces? ¿Cómo lograr, en el mediano plazo, generar una correlación de fuerzas que permita avanzar en las reformas estructurales que el mundo de la izquierda –y una creciente proporción de chilenos- busca impulsar, de modo de lograr mayor justicia social, una vida más digna para todos los compatriotas, y un modelo de desarrollo económico y social inclusivo que vaya más allá del crecimiento económico? Más aún, ¿cómo dar continuidad a ese proyecto sin que su éxito dependa de los liderazgos individuales que eventualmente puedan surgir?

La respuesta, me temo, no es nada simple. Se requerirán muchas voces, muchas discusiones y muchas ideas para poder encontrar el camino hacia un movimiento social de izquierda sostenido en el tiempo, resiliente a los embates conservadores y reaccionarios, y conectado con los murmullos y silencios de la calle. Esta columna es sólo un intento más por articular una respuesta, mirando más allá de la frontera.

¿Quién ha logrado, en un período relativamente corto, aglutinar fuerzas dispersas para crear algo que podamos denominar una Verdadera Nueva Mayoría? ¿Qué podemos aprender de esos casos? Paradójicamente, un ejemplo de este tipo de procesos es la experiencia de la derecha económica norteamericana y su alianza con la derecha conservadora durante el período de la postguerra, luego de haber estado “contra las cuerdas” durante todo el período conocido como el New Deal, que surge como respuesta a la crisis de 1929 y sus antecedentes, y en que el “progresismo” del país del norte logró, básicamente, imponer lo términos del debate sobre política pública, especialmente en el área de la política social.

En agosto de 1971, cuatro meses antes de ser confirmado por el Congreso como Juez Asociado de la Corte Suprema de los Estados Unidos, Lewis F. Powell envió un memorándum confidencial a un amigo en la Cámara de Comercio de ese país (el equivalente a la Confederación para la Producción y el Comercio chilena, la CPC). El documento preparado por Powell se llamó “Ataque al sistema de libre empresa de Estados Unidos” (Attack on the American Free Enterprise System) y se convertiría en la hoja de ruta que marcaría el giro de la principal Asociación Gremial de las grandes corporaciones norteamericanas hacia la intervención directa en la política electoral de ese país. Se iniciaba así una nueva alianza de la derecha conservadora norteamericana con los grandes poderes corporativos. “Ha llegado la hora”, recomendaba sin rodeos Powell a los dirigentes empresariales, “de que la sabiduría, el ingenio y los recursos de las empresas estadounidenses sean comandadas contra aquellos que los destruirían.” El Powell memo dejaba claro que involucrarse en política no sería tarea fácil, y que tomaría largo tiempo, pues sólo una acción coordinada y de largo plazo podría tener el alcance que su autor tenía en mente: “Actividades independientes y no coordinadas por parte de Corporaciones individuales, por importantes que sean, no serán suficientes. La fortaleza reside en la organización, en la planificación e implementación de largo plazo, en la consistencia de las acciones a lo largo de un número indefinido de años, en el nivel de financiamiento disponible por medio del esfuerzo conjunto, y en el poder político disponible sólo a través de la acción unificada y de organizaciones nacionales.”

La convincente estrategia delineada por Powell serviría de hoja de ruta para que, a lo largo de las siguientes cuatro décadas, la derecha norteamericana construyera, sin pausa, una infraestructura política que hoy determina en buena medida el escenario político norteamericano. Esto, con casi nula respuesta del partido Demócrata, en parte debido a la creencia por parte de sus dirigentes de que tener a los movimientos sociales y a los sindicatos de su lado sería suficiente, y en parte debido a la dificultad intrínseca de la izquierda de llegar a acuerdos programáticos amplios y a acuerdos tácticos mínimos. Como consecuencia, y si bien han mantenido cierto balance de poderes a nivel del gobierno federal, los demócratas han perdido un enorme terreno a nivel de política estatal: entre 1974 y 2013 sus asientos en los Congresos estatales (que toman la mayoría de las decisiones que afectan más directamente la vida de los ciudadanos) cayeron en 31%. Los demócratas perdieron además 47% de sus Gobernadores, 54% de las cámaras de representantes que lograban controlar, y redujeron a la mitad el número de Estados donde controlaban tanto el ejecutivo (Gobernador) como el legislativo (Cámara y Senado). Estas pérdidas explican, al menos en parte, el deprimente estado de la política social norteamericana en muchos estados, y lo dura que ha resultado la crisis económica de 2007-2009 para las familias más pobres del país.

La historia reciente de la coordinación entre derecha política y empresarial en Estados Unidos deja al menos una lección clara: la generación de grandes cambios en la dirección de la política nacional en general, y de las políticas públicas en particular, requieren de esfuerzos coordinados de largo plazo. Requiere, además, afectar la política a nivel local, como parte de una estrategia nacional. Puede que éste no sea el único camino, pero es uno que se ha mostrado efectivo en un entorno complejo.

Aplicando algunas lecciones a la realidad de Chile, podemos al menos decir que empujar los cambios que hoy se reclaman en las calles requiere de la construcción de una verdadera Nueva Mayoría de izquierdas, que vaya mucho más allá del mero pacto electoral del que hoy somos testigos, por muy exitoso que éste haya sido en la última elección nacional. Requiere, en la práctica, de la generación de una infraestructura política estable y efectiva, que sume actores y empuje una agenda de cambios que logren niveles básicos de consenso entre los actores involucrados en este Frente Amplio. Esta infraestructura política debe ir mucho más allá de la colaboración en período de elecciones, y debe ser autónoma del Estado y sus recursos. Se requieren, parafraseando a Powell, organización, planificación e implementación de largo plazo, consistencia en la acción, financiamiento sostenido, y poder político obtenido vía acción colectiva tanto a nivel electoral como de demandas sociales.

¿Cómo se hace todo esto? El académico y activista Joel Rogers –profesor de Sociología, Derecho y Ciencia Política en la Universidad de Wisconsin-Madison– ha resumido en siete puntos las condiciones que los movimientos sociales deben cumplir para generar una infraestructura política que permita obtener respuesta a las demandas levantadas y representadas por el movimiento. Rogers llama a esta lista las “capacidades funcionales básicas” de los movimientos sociales que buscan sostenerse en el tiempo. Cada una de ellas aplica, habida cuenta de las diferencias de contexto, a las necesidades de la izquierda chilena hoy.

Sangre joven. Todo movimiento social que busque conseguir cambios efectivos requiere de muchos, muchos jóvenes participando. Porque tienen menos temor a equivocarse, porque tienen menos que perder, porque tienen más tiempo (que es, sin duda, el recurso más caro hoy por hoy), y porque traen ideas nuevas, los jóvenes son parte clave de la vida política de izquierda. Una izquierda vieja suele moverse poco a poco hacia la derecha, ya sea en sus principios o en sus prácticas. Y como la juventud pasa rápido, es necesario que el ingreso de sangre joven sea permanente. Lograr esto requiere que la izquierda mantenga sus ojos sobre la cultura “pop” y el “pulso” de la calle. Como innumerables iniciativas -de izquierda, derecha y dizque “apolíticas”- nos han mostrado, el sentido de idealismo y las ganas de servir son claves para lograr que los jóvenes se involucren, y para ello hay que codificar el mensaje de forma que no sólo sea legible, sino también atractivo para las nuevas camadas. Con contadas excepciones, los jóvenes no creen que los partidos políticos sean un espacio de desarrollo de sus intereses. Eso es un dato de la causa. Hay que atraerlos, entonces, desde fuera de ellos. Ya llegará el tiempo en que, entendiendo el valor de la política, algunos se sumarán a las estructuras tradicionales que le dan sustento.

Pero no basta con ser atractivos. Es necesario también incorporar a la sangre joven de manera sistemática al movimiento. Es necesario, entonces, tener mecanismos de reclutamiento, programas de entrenamiento y, muy centralmente, protocolos y canales para posicionar a los nuevos adherentes en espacios de acción política donde puedan crecer como potenciales líderes. Se necesita contactarlos con los “viejos” y especialmente con sus pares, para que se conozcan entre ellos, de modo que formen un sentido de solidaridad generacional. Para que el movimiento social crezca en el largo plazo y acceda a espacios de poder, es necesario promover generaciones de militantes activos, no sólo estrellas políticas aisladas. Serán esas generaciones las que, si somos exitosos, eventualmente llegarán a administrar el Estado, y es mejor que lo hagan con un sentido colectivo. La izquierda, si deja de ser un “nosotros”, deja de ser tal.

Comunicaciones. Chile tiene el corazón a la izquierda. Como las últimas elecciones parlamentarias y presidenciales han mostrado ampliamente, son millones en Chile los que se identifican con los ideales de izquierda de mayor justicia social, mayor equidad, y la idea de que un país mejor sólo se logra si es mejor para todos, al tiempo que son conscientes de que el mercado no basta para generar ese bienestar compartido. Estos millones de compatriotas, sin embargo, carecen de canales confiables de comunicación para recibir información, elaborarla y discutir sus alcances. Los medios escritos están, casi en su totalidad, alineados con las ideas de la derecha económica. La televisión entrega escasos espacios a la crítica y el disenso, y es además un canal eminentemente unidireccional. Es necesario, entonces, aprovechar la reciente explosión en acceso a internet y canales de comunicación online –especialmente a través de telefonía móvil- para crear nuevas plataformas de comunicación, en pos de generar una comunidad de usuarios amplia e informada. Estas herramientas deben ser menos expuestas y menos “ruidosas” que Facebook o Twitter, pero más eficientes que una simple cadena de emails.

Los distintos líderes del movimiento social deben, por otra parte, tener canales y espacios de comunicación sistemáticos y frecuentes, que les permitan coordinarse en torno a los grandes temas, aún si difieren en sus agendas individuales (acá una simple lista de mails bien organizada puede hacer buena parte del trabajo). Se requiere también mecanismos de comunicación con la base, y hacia el público. De nuevo: los mensajes por Twitter son insuficientes . Debemos ir mucho más allá, e imaginar cómo se construye una comunidad virtual de dirigentes de izquierda en que la información fluya de manera menos ruidosa, más confiable y más eficiente que hoy. No es necesario inventar la rueda: es cosa de buscar ejemplos exitosos en otros países -que los hay- y aprender, copiar, modificar y diseñar a la medida de la realidad local.

Mensaje y Programa. Si hay un aspecto en que la derecha tiene una ventaja innegable sobre la izquierda, tanto en Chile como en el resto de occidente, es la simpleza de su mensaje. Las ideas sobre el valor de la competencia y las bondades de la economía de mercado, el ideal de la libertad individual, y el valor de la familia tradicional como núcleo de lo social son mensajes que, si no se problematizan, caben en un panfleto, y en torno a los cuales es fácil alinear voluntades políticas. Un movimiento social de izquierdas necesita una declaración simple respecto de sus objetivos, y una lista corta de tareas inmediatas –esto es, un Programa- que permitan avanzar hacia esos objetivos. La igualdad de oportunidades, la idea de vida digna para todos, y la noción de desarrollo como bienestar compartido, son claros candidatos. Esto no es facil, especialmente porque en el mundo de la izquierda problematizar la realidad y enarbolar críticas resulta más natural (y prestigioso) que simplificar las ideas y hacerlas masivas.

Sin embargo, hay esperanzas: articular este tipo de mensaje ha sido una de las claves del éxito del movimiento estudiantil chileno en posicionar sus temas en la agenda política nacional y últimamente en el Programa de gobierno de Bachelet. La idea de educación “pública, gratuita y de calidad” es simple (al menos en la superficie), fácil de recordar, y apela a los dolores y aspiraciones de una gran mayoría del país. Como nos enseñaron los estudiantes, el mensaje debe ser, además, redundante: hay que repetir las mismas frases hasta que se instalen en el ADN, y hay que poner las ideas generales en el contexto de cambios posibles en el corto y mediano plazo. Para que el mensaje sobre la necesidad y posibilidad de cambio sea coherente, masivo y sostenible en el tiempo, es necesario un nivel de coordinación y colaboración que los distintos movimientos y partidos de izquierda hoy no tienen. En esto, la izquierda tiene muchísimo que aprender de la CONFECH y sus dirigentes.

Mensajeros. Para que el mensaje cale en la política y en la conversación cotidiana, se requiere de muchas voces repitiéndolo, ojalá desde tribunas lo más públicas y variadas posibles. Se requiere, sobre todo, de “voceros” compitiendo en elecciones locales, regionales y nacionales. Tal como nos han enseñado los dirigentes estudiantiles y su reciente éxito en las elecciones parlamentarias, es más fácil entrenar a una joven de izquierda para que aprenda a ser buen candidato, que “entrenar” a un político experto en elecciones para que cambie sus valores e ideas y gire a la izquierda (esto también lo comprobamos, una y otra vez, durante la transición).

Si queremos gente capaz y comprometida visibilizando las ideas y programas que muevan el espectro de lo posible, deberemos generar líderes locales, que compitan como concejales, como consejeras regionales, como presidentes de la junta de vecino, como presidentas de federación, como presidentes de sindicato, como diputadas. Poner a competir a mucha gente de manera coordinada no sólo servirá para probar la efectividad del mensaje que se logre articular, sino también para generar economías de escala en la provisión de servicios a los candidatos (contenidos, material, manuales, manejo de bases de datos, etc.). Para ello, un primer paso es sistematizar las experiencias de éxito y fracaso de los candidatos de esta última elección parlamentaria. ¿Qué hicieron bien Jackson y Revolución Democrática en Santiago? ¿Cómo se impuso Boric? ¿Y Cariola y Vallejo? ¿Qué le faltó a Francisco Figueroa? ¿Qué hay de replicable en la experiencia de Iván Fuentes en Aysén? ¿Cómo se dobló en distritos clave? Sistematizar estas experiencias significa avanzar buena parte del camino que se requerirá recorrer para formar de manera efectiva a los nuevos Mensajeros.

Modelos. En muchísimos casos, para poder cambiar en grande hay que dividir los problemas en partes manejables, y se debe tener un buen modelo para luego ensamblar esas partes y poder escalar las soluciones, aplicándolas a problemas más complejos. Se debe promover, así, modelos de gestión y políticas locales replicables a pequeña escala: en municipios, en ministerios, en organizaciones vecinales, en partidos políticos, en sindicatos. Podemos pensar en estos modelos como piezas de una “política Lego”, que permita armar luego modelos más complejos de gestión administrativa y política, abriendo espacio para la experimentación, pero sin perder las cualidades y calidad de los programas que sabemos que funcionan. El efecto demostrativo de políticas públicas y programas alineados con los ideales de izquierda que efectivamente funcionan a nivel local puede ser enorme. Esto se traduce, en la práctica, en dos cosas. Primero, debemos tener un gran repositorio de buenas prácticas, con descripciones detalladas de cómo es que se hizo funcionar programas exitosos, y por qué fallaron los demás. Segundo, se debe promover reuniones y espacios de interacción entre líderes que se encuentren en el mismo nivel de acción: concejales, alcaldes, subsecretarios, dirigentes sindicales a lo largo de Chile, que pongan en el espacio común de discusión aquellas políticas que funcionan y que promueven los idearios políticos de la izquierda. Probar, sistematizar, compartir, replicar y modificar.

Dinero. Para poder pensar en el largo plazo se requiere de flujos de caja confiables en el corto y mediano plazo. Se requiere de financistas, grandes y pequeños, que demanden resultados por sus aportes, pero que al mismo tiempo estén dispuestos a arriesgar en experiencias que puedan resultar menos exitosas en el corto plazo. Hoy el financiamiento de partidos y movimientos políticos es, en el mejor de los casos, opaco. Si un movimiento amplio de izquierdas quiere restaurar la legitimidad de sus programas y propuestas, se debe empujar una nueva forma de financiarlos. En parte, pidiendo aportes a pequeños donantes que estén dispuestos a sostener campañas, candidatos y acciones específicas, y en parte buscando grandes financistas –individuos, empresas, fundaciones, fondos internacionales- que estén dispuestos a involucrarse en proyectos mayores de forma transparente, a la luz del día. Esta es probablemente una de las tareas más difíciles que tenemos por delante, pero sin duda es una de las más importantes. El crecimiento económico de las últimas décadas permite comenzar a pensar en modelos de financiamiento que difieran de los modos tradicionales de financiamiento que caracterizaron nuestra política de país de bajos ingresos. Por razones obvias, no será la derecha la que los genere. La tarea es nuestra.

Centros de Servicio. Las acciones concretas que hoy subyacen la política de izquierda ocurren de forma no coordinada, al menos cuando ocurren fuera del Estado. Las cosas en general se hacen bien, en parte gracias al compromiso político de miles que trabajan por sus ideales, y a la alta calidad técnica y política de muchos que han estado involucrados directamente o indirectamente en la administración del Estado desde 1990. Estas acciones no coordinadas, sin embargo, no permiten explotar economías de escala. Una agenda de izquierdas tendrá más posibilidades de imponerse si logramos ponernos de acuerdo, organizando muchas de estas acciones en un número limitado de centros: escuelas de liderazgo; asesoría en organización de campañas políticas y ciudadanas; asesoría en diseño de políticas públicas locales; bases de datos de votantes y adherentes; centros de estudio que apoyen la generación y manejo de datos cuantitativos respecto de regiones, industrias, o temas que requieren conocimiento experto; aplicación y análisis de encuestas; relaciones públicas y manejo de crisis; entre otros. Todo esto existe hoy, pero de manera difusa y desorganizada. Comenzar a explotar economías de escala, concentrando esfuerzos y recursos, es una tarea pendiente que requerirá de la buena voluntad y visión política de quienes llevan años corriendo en paralelo en la misma dirección. Hay insumos de sobra. Organizarlos podría generar grandes avances en una agenda de izquierda para Chile.

Finalmente, si queremos articular el movimiento social en torno a una verdadera Nueva Mayoría, debemos poner en el centro de nuestras preocupaciones un elemento que la lista provista por Joel Rogers no incluye, en parte por las diferencias entre la realidad estadounidense y la chilena: el impulso decidido al fortalecimiento y la creación de organizaciones de trabajadores, que luego de casi un cuarto de siglo desde el fin de la dictadura sigue siendo uno de los actores de nuestra vida democrática que no hemos logrado revivir.

Trabajadores y sindicatos. Un proyecto de izquierda que aspire a ser una verdadera Nueva Mayoría debe poner toda su infraestructura política al servicio del fortalecimiento de las organizaciones de trabajadores. Volver a involucrar a los trabajadores y trabajadoras de Chile en la vida política, facilitando su organización en la búsqueda de salarios y condiciones laborales dignas debe ser parte central de cualquier proyecto de izquierda que aspire a convertirse en una mayoría estable. Países con organizaciones de trabajadores fuertes y comprometidas con el desarrollo del país y el bienestar de sus afiliados y de todos los trabajadores, que tengan la capacidad institucional y el marco legal para sentarse como pares con las asociaciones de empleadores y con el Estado para negociar los términos del contrato social, son países con menores niveles de desigualdad. Son, a la vez, lugares donde todos los actores son parte de un diálogo nacional respecto del proyecto de desarrollo, que hoy en Chile se da básicamente al interior de una elite económico-política a la que los trabajadores no tienen acceso.

¿Cómo comenzar a hacer todo esto? ¿Cuál es la unidad organizacional básica en torno a la cual comenzar a articular un proyecto de largo plazo de esta envergadura? La pregunta queda, por ahora, abierta. El atisbo de una respuesta puede ser tema para una nueva columna y debiese llenar varias páginas de debate y muchas horas de conversación sin medias tintas. Por lo pronto, es de esperar que desde la izquierda comencemos a pensar cómo hacer para articularnos de manera estable en el largo plazo, de modo de empujar los cambios que Chile sin duda requiere. Concretar las promesas del programa de Bachelet será un buen primer paso, pero la tarea que tenemos por delante es mucho, mucho más grande.

 

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  • […] una próxima columna desarrollaré algunos elementos que pueden aportar a la discusión respecto de cómo articular una […]

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