El desafío de la izquierda democrática

25 de Ene, 2012 | Por | 1 Comentario

“…Aun tenemos un gran trabajo por hacer: trabajo de interiorización, trabajo de intensificación de la vida moral. (…) El error, el mal, estaba en nosotros, estaba en nuestro diletantismo, en la ligereza de nuestra vida, estaba en la tradición política general, de cuya perversión participábamos sin saberlo. (…) Cambiar las fórmulas no significa nada. Es necesario que cambiemos nosotros mismos, que cambie el método de nuestra acción”.

Antonio Gramsci, Hace falta que cambiemos nosotros mismos, Noviembre de 1917.

Tras un 2011 movilizado, la reciente encuesta CEP muestra varios datos interesantes respecto a la opinión ciudadana de la calidad de la democracia, un 49% encuentra que funciona “regular” y un 29% que funciona “mal o muy mal”, el 60% cree que el sistema binominal “en lo esencial debiera cambiarse”. Paralelamente las coaliciones políticas reciben un fuerte rechazo y un 60% dice no identificarse con ninguna, claramente hay desafíos en estas materias que son necesarios de afrontar hoy. Por estas y otras razones constituimos el movimiento político Revolución Democrática.

La democracia representativa tiene límites, lo sabemos, lo que se gana en “gobernabilidad” se va perdiendo en “legitimidad”, en la idea de construir soberanía en los subvalorados, los excluidos, los ninguneados. No hay política de izquierdas si no se corren las barreras que el poder va construyendo para autonomizarse de las mayorías elitizando la toma de decisiones, la definición de lo posible y el diseño y la construcción del futuro. Una democracia viva aumenta su legitimidad ampliando el espacio para deliberar colectivamente, no solo representativamente. Una izquierda democrática debe tener por norte permanente ampliar los espacios decisionales para que la mayoría defina hacia donde se dirigen las organizaciones, los territorios y los países.

Los déficits democráticos del presente no son tan solo responsabilidad de un orden institucional creado en dictadura, son también el resultado de una práctica política que excluyó sistemáticamente a amplias porciones de la población de la toma de decisiones. En Chile hay un sistema extrainstitucional de toma de decisiones, al decir del difunto Antonio Cortés, que atenta contra la democracia.

Esta forma de dirección “elitizada”, centró su accionar de los últimos años en la disputa por el control del Estado para el diseño de políticas públicas que aminoraran los efectos no deseados del modelo de desarrollo chileno y olvidó dos ámbitos centrales de una práctica política socializante y democratizadora: la lucha por la hegemonía en el plano cultural y la democratización de la sociedad en el plano político.

En el plano cultural la sociedad chilena en los últimos 20 años se vio enfrentada a una exposición brutal al consumo vía endeudamiento, a una precarización masiva del estatuto del trabajo y una atomización de las personas atizonadas por la retórica del esfuerzo individual y la recompensa focalizada (el bono), minando las bases sociales y culturales de la solidaridad, la reciprocidad y la vida colectiva.

En el plano político las estructuras partidarias clausuraron el acceso al sistema de representación deslegitimando la propia democracia como espacio de acceso al poder de las mayorías.Para ambos fenómenos hay buenas explicaciones y un conjunto de artefactos discursivos que permiten a quienes tuvieron la responsabilidad en sus manos mirar  hacia atrás y enarbolar con pesadumbre un “no pudimos hacer todo lo que queríamos”. Pero esto no basta para las nuevas generaciones de demócratas de izquierda, necesitamos volver a conquistar las voluntades de la mayoría, construir un vínculo social con quienes están con el cambio cultural y la transformación –democrática- de la política.

Chile y su ciudadanía lo está diciendo por todas partes: la asonada neoliberal está en retirada en la conciencia de muchos, en las movilizaciones del 2011 la gente –y no sólo los jóvenes- salió a marchar no sólo por la educación, salió a manifestar su descontento con el estado general del país y de su democracia. Está en aquellos que creemos que más democracia es mejor para volver a construir un proyecto de sociedad que tenga a la política y sus prácticas en el centro del debate, a la calidad y profundidad de la democracia como horizonte de construcción de futuro y a la disputa cultural con el individualismo negativo como eje de acción para contrarrestar el proyecto de sociedad de los que concentran el poder económico, cultural, político y que no quieren que nada cambie.

Ante una ciudadanía cada vez más exigente, necesitamos nuevas prácticas políticas, un nuevo hacer y como nos interpela Gramsci desde su aprendizaje del fracaso político: Hace falta que cambiemos nosotros mismos para poder cambiar a la sociedad.

1 Comentario

  • Super buena columna Sebastián! Totalmente de acuerdo, y para que esos cambios se produzcan, es necesario cambiar tb los rostros que guíen a los líderes de los procesos, no pueden liderar escuchando a los mismos, tienen que tener sus propios intelectuales orgánicos, y dejar un poquito más de lado a los sospechosos de siempre.

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