La (R)evolución del Movimiento Estudiantil Colombiano

02 de dic, 2011 | Por | Sin Comentarios

Por Javier Corredor*

La semana pasada el  movimiento estudiantil colombiano logró que el gobierno retirará un proyecto de ley que apuntaba, entre otras cosas, a importar el “exitoso modelo chileno” para la educación superior en Colombia. Este proyecto ampliaba los recursos disponibles para  la financiación de la demanda a través de créditos y permitía la introducción de universidades con ánimo de lucro, en la versión original del proyecto, y mixtas (mitad privadas, mitad públicas, como un monstruo de dos cabezas) en las versiones posteriores. Este proyecto además reglamentaba un aumento marginal en los presupuestos base de las universidades públicas, y las condenaba a tomar la difícil de decisión de morir lentamente, o subir las matriculas hasta hacerlas inalcanzables para los  estudiantes de menores recursos.  Lo más sorprendente es que los estudiantes lograron detener el proyecto de ley  frente a un gobierno con más del 70% de aprobación y con un congreso controlado mayoritariamente por la Unidad Nacional liderada por el Presidente Santos. Cuando pocos le apostaban al movimiento estudiantil, éste fue capaz de superar dos debilidades históricas de la izquierda en Colombia: la división crónica y la estigmatización a través de la asociación con la violencia.

En relación con el primer punto, el movimiento estudiantil colombiano convergió en la MANE (Mesa Amplia Nacional Estudiantil), un espacio de discusión amplio que unificó las múltiples asociaciones   (FEU, FUN, OCE, ACEU y MEUP) en las que se encontraba divido el movimiento estudiantil. Mientras en Chile el movimiento estudiantil se moviliza mayoritariamente a través de las organizaciones estudiantiles de las principales universidades agrupados en la CONFECH, en Colombia el movimiento estudiantil se había fragmentado en organizaciones que cruzaban las fronteras de los campus universitarios, y se concentraban en divisiones ideológicas que, para ser honesto, eran difíciles de seguir. Lo cierto es que en el mismo año en que el polo democrático –el partido de izquierda con mayor convocatoria en Colombia– se deshacía en disputas internas y perdía varias de las pocas figuras con impacto nacional, los estudiantes lograban unificarse alrededor de un objetivo común.

En segundo lugar, el movimiento estudiantil trabajó intensivamente para separar su imagen pública de la estigmatización causada por los enfrentamientos violentos entre la policía y grupos de encapuchados que había sucedido cíclicamente en las Universidades Públicas durante los últimos 30 años. La identidad de los encapuchados y sus vínculos con los grupos estudiantiles es un problema complejo y materia de debate. En términos generales, las organizaciones estudiantiles no respaldan ni justifican estos enfrentamientos, pero los medios masivos intentan mostrar a toda costa una asociación directa entre estos. El hecho es que la repetición de estos enfrentamientos, denominados popularmente como pedreas, y sus efecto contraproducentes en la opinión pública habían hecho crecer la idea de que era necesario reconstruir la imagen del movimiento estudiantil. Este sentimiento terminó por traducirse finalmente en capital político durante las marchas contra la reforma a la educación superior de este año. Es justo decir, sin embargo, que el sentimiento y las estrategias contra la violencia habían empezado a crecer e implementarse desde hace rato. Buscando detener las pedreas, los estudiantes recurrieron a estrategias creativas y valientes. En algunos casos, por ejemplo, grupos de estudiantes actuaron como escudos humanos y se ubicaron frente a las fuerzas de choque de la policía (ESMAD) para evitar que infiltrados y ruedas sueltas pudieran iniciar un enfrentamiento. En otra ocasión, los estudiantes convocaron a una “abrazatón” que bajo el lema “Abrazo al mundo, vivo y no ruego, amo y resisto sus tiranías”, tenía como objetivo construir una cadena de abrazos a nivel nacional, para defender la educación como un derecho básico. La apuesta de los estudiantes era lograr de esta manera convocar a poblaciones no universitarias a las manifestaciones. Por esto, en las redes sociales se apuntaba sobre el evento: “si esto es masivo y logramos que las personas presentes (no estudiantes), también se unan al evento, haremos una cadena de abrazos y de besos”. Durante la manifestación las cosas se salieron de control y grupos de estudiantes empezaron a abrazar espontáneamente a los policías del ESMAD. El efecto mediático de estas acciones fue gigantesco, y difícil de predecir para los escépticos,  y transformó la imagen del movimiento estudiantil de un conjunto de revoltosos sin causa, a la de un grupo de muchachos normales protestando pacíficamente por un derecho de todos. Tanto la prensa escrita como la televisión, que normalmente construían un framing negativo de las movilizaciones, reseñaron la actitud pacifica y los reclamos de los estudiantes. La estrategia estudiantil también incluyo el rechazo público a las acciones de vandalismo y la organización de actividades culturales de alto impacto como conciertos masivos en la plaza de Bolivar.

Para entender la importancia de construir una imagen pública separada de la violencia, ademas de los imperativos éticos y morales que todos compartimos, es necesario entender las características particulares del contexto Colombiano. Colombia es, como lo señaló un columnista hace poco, un país donde la izquierda se tiene que poner apellidos.  A diferencia de sociedades postdictatoriales, donde los procesos de transición han creado en una fracción importante de la población poca simpatía frente a la represión policial, Colombia es un país altamente militarizado donde las atrocidades cometidas por la guerrilla han generado sospecha contra las formas de protesta, en particular cuando estas pueden ser asociadas con la violencia. A diferencia de sociedades con líneas más o menos claras de transición entre dictadura y democracia, en Colombia se vive un ambiente similar al de la guerra fría donde es común oír justificaciones a la arbitrariedad por parte del estado, como una necesidad para detener al enemigo interno.  Para citar un ejemplo y orientarles, vean las declaraciones de Pachito Santos, vicepresidente de Uribe, en relación con las marchas, donde pedía que se inmovilizara a los estudiantes con “armas no letales, como esas que les meten voltios a los muchachos”. Esta tolerancia con la arbitrariedad es en alguna medida la explicación de que, mientras el continente se movía hacia la izquierda al final de los noventas, Colombia eligiera con una vasta mayoría el gobierno más conservador de los últimos años. La respuesta que encontraron los estudiantes a este contexto adverso fue innovar en las formas de manifestación y protesta.

La transformación en las formas de participación es difícil de explicar, pero pasa, como en el resto del mundo, por la revolución digital. Por un lado, los estudiantes perciben que con los nuevos medios pueden hacerle contrapeso a los monopolios mediáticos. En las primeras marchas de este año, los estudiantes establecieron estrategias para hacer frente a la desinformación creada por la televisión y la prensa escrita, que se concentraban en los aspectos negativos de las manifestaciones (e.g., actos vandálicos) e invisibilizaban las demandas estudiantiles. Esas estrategias eran en gran medida posibilitadas por los nuevos medios digitales. Carolina Castro, miembro del colectivo de estudiantes de psicología de la Universidad Nacional, proclamaba en esos momentos en el Facebook ” ¿Quieren pelea informativa? La daremos! Nosotros también tenemos nuestros reporteros.” y después recordaba a los estudiantes participantes en la marcha: “no olviden llevar sus cámaras fotográficas ó filmadoras, registraremos los verdaderos acontecimientos de nuestra marcha, y seremos reporteros de nuestra noticia”. Este nuevo equilibrio permitió que los estudiantes capitalizaran en acciones pacificas de alto impacto mediático. Otras acciones implicaron la difusión de actividades por Internet, o “la saturación de redes” como ellos la llamaban, la construcción de diversos websites  informativos e incluso la búsqueda de desarrollos tecnológicos criollos para mejor la conectividad durante las marchas. También incluyó como en otros lados la comunicación en tiempo real via Twitter que permitía informar rápidamente lo que sucedía en las asambleas, y el uso de las redes sociales que permitía trabajar en colectivos pequeños en las diferentes unidades académicas; esto, a su vez, horizontalizaba el proceso de construcción política y permitía construir participación desde abajo.

Si a algo se parece el movimiento estudiantil actual en Colombia es al Movimiento de la séptima papeleta que, impulsado por los estudiantes, inició la construcción de una nueva constitución a finales de los noventa y que fue el único capaz de pensar como rescatar un país al borde del abismo. El reto del movimiento estudiantil colombiano es ahora complementar la movilización mediática,  los ambientes digitales, con un proyecto de educación popular, que permita alcanzar poblaciones cuyo uso y acceso a dichos medios es limitado. Por el otro, es reconstruir el liderazgo de la  izquierda Colombiana que aún resiente los asesinatos sistemáticos llevados a cabo durante los ochentas y noventas, y que significaron la eliminación de casi todos los líderes con una proyección de poder real. En Colombia, como en Chile, los estudiantes son los llamados a alimentar la movilización popular y a renovar el liderazgo de la izquierda para las próximas décadas.

 

  • Javier Corredor es profesor del Departamento de Psicología de la Universidad Nacional de Colombia, doctor en cognición y educación de la Universidad de Pittsburgh, interesado fundamentalmente en entender los efectos de la revolución digital en el aprendizaje, el afecto y los procesos de participación ciudadana.

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