¿Asamblea Constitucional? primero el Binominal y el quorum calificado.

21 de Jul, 2011 | Por | 2 Comentarios

Por Osvaldo de la Fuente

Se ha hecho frecuente oír demandas por una nueva constitución y que ésta sea resultado de un proceso particular: una asamblea constituyente. La actualmente vigente adolecería de una falta de representatividad, ya sea por su origen espurio o porque contiene disposiciones que contravienen profundamente el sentir generalizado de lo que es correcto.

Se le acusa, en definitiva, de ser la causa de malas decisiones públicas. De permitir el estado de cosas que provoca un repudio generalizado y que motiva las diversas manifestaciones que se han desarrollado este año.

Sin embargo, la solución que se sugiere no es eliminarla de una vez, sino reemplazarla. Se le reconoce, de alguna manera, una función. A continuación presentaré algunas ideas sobre este punto y los límites que tienen los textos constitucionales, es decir, aquello que podemos razonablemente pedirle. Creo que una revisión detenida de ello, aconseja pensar dos veces el asunto.

Las constituciones tienen un objetivo bien preciso: regular el ejercicio del poder. Establecen las reglas del juego que permiten nuestra convivencia y son el consenso mínimo que permiten que nos sentemos a conversar con aquellos que no invitaríamos con gusto a nuestro cumpleaños. Su función es dar certeza respecto a cómo se adoptarán decisiones públicas y sus límites ¿cuáles límites? Nuevamente, los que nos permiten sentarnos a conversar con, permítanme ilustrarlo de este modo, una vieja pinochetista.

Todo lo demás, lo contingente, las materias con las cuales no estamos de acuerdo, queda entregado al juego de las mayorías y al debate democrático que permite el proceso legislativo.

Para que puedan efectivamente regular el ejercicio del poder, es necesario que los textos constitucionales tengan cierta estabilidad en el tiempo y que existan mecanismos que impidan o repriman decisiones que se salgan de los límites que éstos establecen.

Para la primero, esto es, asegurar su estabilidad en el tiempo, se le otorga una supremacía frente a otros textos normativos (leyes, reglamentos) exigiendo para su reforma de un quórum de aprobación bastante mayor que la simple mayoría que requieren los acuerdos en democracia. Ello implica que aquello que dejamos en la Constitución se encuentra excluido del proceso de toma de decisiones del Poder Legislativo. He aquí, un primer límite: las constituciones, paradójicamente, tienen un matiz antidemocrático al excluir del debate democrático determinadas materias. Por eso, establecen el mínimo para nuestra convivencia. El máximo, esto es, aquello en que no estamos de acuerdo, va al proceso democrático de mayorías en el Congreso.

Respecto a lo segundo, para asegurar su respeto, se han creado tribunales especiales. En nuestro caso, el Tribunal Constitucional es el órgano que se pronuncia en única instancia si las decisiones que se adoptan en el proceso democrático regular se conforman o no con el texto constitucional. Las constituciones, como todo texto jurídico, requieren de alguien que las interprete y determine si las decisiones públicas se enmarcan o no con los límites que establecen, a pesar que sean adoptadas por una enorme mayoría. Esa es precisamente la función del Tribunal Constitucional y explica su carácter contra mayoritario. Por eso, la idea de una Constitución que representa “el espíritu del pueblo” ha quedado atrás para ser lo que el Tribunal Constitucional dice que dice el texto de la Constitución Política.

Y acá tenemos un nuevo límite. Abandonar esta idea de Constitución mínima y enfocarse en la lucha por incorporar en este texto cuestiones más bien controvertidas, excluyéndolas del proceso democrático normal, es ingenuo. Se intenta dejar fuera del proceso de decisión parlamentario materias contingentes, pero se lo entrega a otro órgano: el Tribunal Constitucional.

No deja de llamar la atención que en el bicentenario de nuestro Congreso se escuche con tanta frecuencia demandas por una nueva constitución y una asamblea constituyente, que no es otra cosa que restringir el ámbito de decisión de nuestros representantes. Si bien en parte puede ser explicado por el descrédito de nuestros parlamentarios, hay una fuerte responsabilidad en nosotros como ciudadanos/as, ya que a fin de cuentas, son las personas en quienes confiamos nuestro voto.

Hasta ahora, pareciera existir consenso que el debate democrático y el juego de mayorías resulta ser una forma aceptable de adoptar decisiones públicas. Dejar atrás este proceso para entregárselo al Tribunal Constitucional, a mi modo de ver, no soluciona el origen de las demandas por una nueva constitución. Al menos, es aconsejable conocer en forma previa a quienes integran el TC y qué decisiones ha adoptado recientemente.

No me considero un defensor de la Constitución del 80. Comparto el diagnóstico de su origen espurio y los elementos antidemocráticos que se insertaron en su texto. Pero no veo la necesidad de un nuevo proceso constitucional sólo por ello, porque (i) en gran parte repite disposiciones presentes en nuestra historia constitucional; (ii) en general las constituciones tienen un origen espurio, más que mal muchas son resultado de quiebres constitucionales, y (iii) los déficits democráticos que quedan se encuentran identificados hace tiempo y son bastante acotados.

Mi conclusión preliminar es que en términos constitucionales, necesitamos eliminar el sistema binominal y las leyes de quórum calificado porque afectan seriamente la representatividad de las decisiones públicas. Con relación a nuestra práctica democrática, poner atención y tener una opinión crítica sobre la actividad parlamentaria, para ver en quienes confiamos nuestro voto (lo que supone una ciudadanía informada que hace uso de su derecho político básico de votar), y estar atentos a las decisiones que adopta el Tribunal Constitucional.

2 Comentarios

  • El tema fundamental es que sino se plantea Asamblea Constituyente , no se puede luchar contra un cambio Constitucional pero mediante los mismos mecanismos que la propia constitución plantea seria tirado de las mechas osea ¡¡POR ALGO SE IMPUSO EN DICTADURA!!!. Por eso el mecanismo AC tiene fuerza y no es un mero capricho, pues es una vía extrainstitucional para superar los problemas de una institucionalidad hecha para durar hasta la eternidad, una vía que plantea que la superación de los problemas está en nosotros y no en ellos (sentados en el Congreso Binominal). Voy a dar por sentado que el título de su columna (y su tesis) es una broma, y si no es así ¿cúánto tiempo pretende esperar para superar el binominal y los quorum? sino se ha cambiado en 20 años es , primero, por la poca voluntad política de “nuestros representantes” salvo una que otra excepción (dentro de los márgenes que nos da un Congreso Binominal) y segundo, porque ambos mecanismos se retroalimentan para impedir cambios sustanciales en el monstruo legal engendrado e impuesto a sangre y fuego (el “plebiscito” del 80 fue sólo estrategia y formalismo a un decreto de facto). Me parece que su mirada es bastante ingenua, es la tipica mirada de un intelectual de escritorio que piensa que los cambios se dan gratuitamente cuando “otros” están dispuestos a hacerlos. El derecho y las leyes, las crean las personas (sociedades y no la providencia divina) y por ello a algunos les beneficia y a otros no, en esa medida el orden constitucional impuesto condiciona y determina un tipo de “orden” que satisface a quienes todos nosotros sabemos. No hay que esperar nada, ni reformar el binominal ni “bajar” los quorum hay que botar la Constitución completa y crear una nueva, con todas las virtudes y defectos que ella tenga, pero nueva y con pluralidad en la elaboración no impuesta por una dictadura terrorista, sólo esta pequeña diferencia ayudará a crear y superar el engendro de 1980. Por supuesto el paso para lograrlo es exigiendola en las calles, el derecho siempre es una consecuencia de una acción social, o a los “representantes” se les ocurrió reformar la LOCE para crear la LGE?,no , obvio que no , fue una consecuencia del descontento.

    • Al margen de las descalificaciones y lugares comunes, agradezco que te hayas tomado la molestia de comentar mi columna. Me da la impresión que enfrentas a fantasmas que no están en lo que he escrito.

      Mi punto es el siguiente: creo que la práctica democrática se desarrolla, en primer lugar, en el debate ciudadano (por ejemplo este blog), y en segundo lugar, en el Congreso.

      Hacer un llamado a un “nuevo momento fundacional” no creo que cambie las cosas, porque hemos sido nosotros los que hemos fallado en nuestra práctica democrática. Y yo creo que sí es posible cambiar esta práctica, y es la razón que me motiva a escribir acá, opinando y esperando encontrar puntos de vista diferentes que enriquezcan la discusión.

      Puedes revisar la historia del texto del artículo 8º de la Constitución (originalmente proscribía la ideología marxista, fue derogado y ahora consagra el principio de transparencia) como ejemplo de que somos capaces de cambiar las cosas. Obviamente, no es fácil: necesitamos una ciudadanía que se interese, que opine, participe y llegado el momento vote. Y eso, no lo cambian los textos legales de ningún tipo, es un ejercicio permanente y que en definitiva le da fuerza a la democracia.

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