La banalidad de la precarización

08 de Ago, 2010 | Por | 1 Comentario

“…el mal no es jamás radical, es solamente extremo, y no pertenece a la profundidad y tampoco a una dimensión demoníaca. Puede invadir y devastar al mundo entero, ya que se desarrolla en la superficie como un hongo. Tal como dije “desafía” al pensamiento, puesto que éste intenta comprender la profundidad, llegar a las raíces y cuando busca el mal, se frustra, debido a que no encuentra nada, esa es su «banalidad» H. Arendt

Mas allá de los entreveros sobre las causas y cuestiones de la pobreza que han resonado estos días, o las acertadas declaraciones de Michelle Bachelet acerca de priorizar de la vulnerabilidad social y la promoción del empleo en los sectores postergados como tarea primordial, fenómenos tan dispares como la radicalización de las posiciones más proclives a la represión respecto al conflicto mapuche, la propuesta de reforma del período post-natal “flexible y renunciable”, y los datos reveladores de la CASEN, nos muestran no sólo las fallas estructurales (del modelo) de un “país líder” profundamente injusto, que no ha logrado (siquiera Concertación mediante) ni frenar la pobreza ni promover la igualdad; sino que -y sobre todo- pueden estar expresándose como síntoma de una creciente banalización de la precarización de nuestras vidas como ciudadanos.

La banalización de la precarización ocurre cuando los procesos de reducción de derechos, criminalización, exclusión y desigualdad que sostienen un modelo de crecimiento y distribución de la riqueza empiezan a operar de forma sostenida en el tiempo, de forma tal que sus efectos y sus resultados se tornan irrelevantes o tolerables. Así también cuando estos procesos se tienden a constituir como parte central del discurso y la práctica de un determinado orden social.  Produciendo un estado de inseguridad e incertidumbre sostenida, que empieza a parecer cada vez menos problemática, menos política y menos discutible. En algunos casos es planteada como inevitable; en otros, los peores, como irrelevante.

La generación de situaciones de precariedad ya no se limita entonces a explicar las situaciones y problemáticas de determinados sectores socioeconómicos, o a  “estados de excepción” como pueden ser en nuestra historia inmediata el terremoto de febrero; sino que estos procesos se enquistan en la lógica misma de la producción de lo social. Así, la lógica de la precariedad ya no opera en ámbitos específicos (como la pobreza) ni sobre relaciones determinadas (como el trabajo), sino que tiende cada vez más a sistematizar y definir la totalidad de las relaciones sociales concretas y cotidianas.

Es preocupante el hecho de que muchas de las cuestiones relacionadas con estos procesos hayan tendido a ser obviadas en los debates políticos y ámbitos de decisión, tornándolas en lamentables -aunque inquebrantables- reglas del sistema, desproblematizando sus resultados, naturalizándolos, volviendo así banales las violentas y trágicas consecuencias que conllevan. O, peor aún, considerándolas como una más de las variables de ajuste de la implementación de la gestión pública.

Quizás el punto de inflexión para lograr politizar estas cuestiones sean los debates que se podrían abrir a partir de un análisis abierto y en profundidad de los complejos resultados de la CASEN, y con vistas al panorama político planteado en la última encuesta CEP.

Si bien la CASEN es una instrumento para medir el nivel de “pobreza de ingresos”, dejando fuera  un enorme número de dimensiones que refieren a la precarización de las condiciones de vida, es innegable que  las cifras que aparecieron esta semana generaron un nuevo escenario político. Uno donde la pobreza aumentó del 13,7 % el 2006 al 15,1% el 2009, revelando la insuficiencia de los sistemas de seguridad y protección social; y la desigual relación entre crecimiento,  generación de empleos y  mejoras salariales. Se expuso una vez más las falacias y limitaciones de la utopía liberal, que tanto permeo la discursiva progresista, sobre la superación de la pobreza en base a la redistribución sobre el crecimiento económico y la fuerzas del mercado.

¿Cuánta potencia democrática se desataría si la cuestión sobre la relación entre estado, mercado y pobreza se comprendiera como una lucha contra la precarización de la vida? ¿Cuántas demandas populares podrían organizarse como una enorme usina política capaz ya no solo de plantear la cuestión del rol del Estado, sino realizando una profunda critica al modelo socioeconómico? Es un desafío central poner estas cuestiones en el programa político progresista, así como también es un desafío inmediato generar las fuerzas y voluntades desde la oposición para defender las conquistas en lo referente a protección y seguridad social que realizó al Concertación.

Quizás a partir de estas cifras, y comprendiendo la magnitud de las consecuencias humanas que implican, se abra la posibilidad de poner abiertamente en cuestión estas prácticas que, atravesando todo el espectro de las prácticas sociales, ponen de manifiesto la necesidad estructural de justicia social que requiere el actual modelo socioeconómico.

1 Comentario

  • Querido profesor:

    Me parece que la “banalidad de la precarización” es un concepto demasiado rimbombante para un fenómeno más simple y de antigua data. A mi juicio, “los procesos de precarización” acompañan a toda evolución social, y no sólo a un sistema en particular. Segundo, la banalidad, entendida como una rutinización del acontecer, es una amenaza latente que enfrenta todo ser humano en el transcurso de su experiencia. Es algo así como una tendencia a la inercia, constitutiva de toda personalidad. En consecuencia, ambos fenómenos, si bien pueden ser profundizados por determinadas estructuras sociales, su amplitud y su límite, dependen en gran medida de cada sujeto. Debido a esto, concluyo que un discurso que tenga como objetivo “politizar” a la población sobre la base de una lucha contra la “banalización de la precarización”, además de innecesariamente rimbombante, es un discurso abortado en su origen. La transformación va por otro lado. Y la unidad en torno a ella, también.

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