La triste verdad de las Universidades Estatales

05 de Jul, 2010 | Por | 3 Comentarios

El que escribe esta entrada trabajó por primera vez en una universidad estatal haciendo labores de contraloría interna, y luego de asesoría jurídica en lo que llamo el “servicio militar del Derecho Administrativo” (las normas que rigen a la Administración del Estado). Si el mercado de la educación superior fuera una carrera de 100 metros planos, las universidades estatales, desde el punto de vista de su gestión, son un obeso mórbido que corre con tres sacos de arena encima,  versus varios africanos descalzos.

Y es que cuando quieren robarle lo poco que queda de su monopolio legal a las universidades estatales ( tomar la mayoría de las decisiones en educación superior en el Consejo de Rectores, la toma de la PSU, algunos bienes patrimoniales en legado, entre otros), algunos chicos de la competencia rasgan vestiduras y se atreven a decir que vivimos bajo una especie de dictadura de las estatales.

Y tienen razón. Y es lógico que  las estatales se defiendan con uñas y dientes: los espacios y la brecha entre la tarea solicitada para varias de las mejores (pensemos en la U y en la USACH) se estrechan cuando se pide autonomía financiera y sujeción a las normas del Derecho Administrativo (limitación para endeudarse, revisión de la Contraloría hasta por comprar un lápiz, gestión de recursos humanos muy deficiente).

En una lógica de negocios, como la de estos corredores ligeros, hace mucho tiempo hubiera sacado de circulación un Instituto de Sismología y una Orquesta Sinfónica, lo que en lenguaje MBA se dice “grasa”. Asimismo, un ballet.  Y probablemente una facultad de medicina con un hospital clínico propio, que investiga y que hace mucho tiempo que no logra salir del hoyo presupuestario en que se encuentra.

La verdad es que los analistas de “la-revista-política-de-papel-couché” se encuentran enrabiados de muchas cosas malas del Estado, menos de ésta, porque añoran que el mercado se liberalice para hacer suyas en sus universidades cota mil, estas capacidades ociosas que dan potencialmente estos buenos estudiantes y profesores, en el rol seguro  de directores de escuela, decanos y de profesores maquillados y buena onda en un spot televisado.Con todo, el obeso mórbido que he descrito aún respira y trata de correr.

3 Comentarios

  • Estimado don Rodrigo:

    Si la intención de este texto es defender a las universidades estatales, creáme que no se nota.

  • La verdad, me perdí con el artículo. Ciertamente, hablar “monopolio legal” pone la conversación en el mismo de lenguaje que pareces (pero no me queda claro: “Y tienen razón” – ?????) criticar. Evidentemente, el “monopolio legal” (que no es tal) viene con bastante más ataduras que ventajas: dudo que una universidad privada cambiara un 13-15% de financiamiento por una prohibición de crecer.

    Tampoco entendí eso de la U. Pública como un obeso mórbido… ¿de que estamos hablando?

    Saludos…

  • Probablemente no me he hecho entender en este pequeño comentario y pido las excusas del caso para exponer de nuevo el argumento.

    He dicho: “Las universidades estatales, desde el punto de vista de su gestión, son un obeso mórbido que corre con tres sacos de arena encima, versus varios africanos descalzos”.

    En lo particular, si la palabra monopolio suena mala o descuadrada (la ejecucion de la U de Chile de la PSU sin posibilidad de competencia es un monopolio creado por ley, así como otros mercados que describo), en mi parecer, es justa si de estas materias se trata y así debe continuar mientras permanezca la situación aberrante de brecha entre la misión encomendada y las herramientas que el Estado otorga para hacerla real.

    Las universidades estatales (no las tradicionales como la de COnce o la PUC) son jurídicamente hablando servicios públicos descentralizados, tal como el INDAP, como la CONICYT, como el SII. Merecen no un “nuevo” trato, sino que el trato al cual el Estado se obligó con la Nación al fundarlas, el cumplimiento de lo pactado. Por supuesto que, en caso de no cumplirse o no desear persistir en ello, más vale, como creo que insinúa Carlos, renunciar al exiguo financiamiento estatal para poder asemejar su gestión al resto de sus competidores, una bastante más libre por supuesto.

    Saludos

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