El Estado como botín y la política Pirata

15 de abr, 2010 | Por | 1 Comentario

En época de terremotos y reconstrucciones (reales y políticas) no es fácil salir de la escombrera para mirar los procesos con algo más de perspectiva. Pero intentando el ejercicio me queda la sensación de que el problema de más Estado o menos Estado es irrelevante. Es el tipo de Estado y el nivel de injerencia que los gobiernos de turno tienen para modificar su accionar  lo que deberíamos mirar más a fondo. Cuando decidamos sobre eso nos pondremos a pelear sobre su tamaño.

Sin ser experto en el tema, creo que, profesionalizar los niveles operativos y técnicos de ministerios, servicios y municipalidades, modernizar la carrera funcionaria (haciéndola atractiva y competitiva), abrir el Estado a la incorporación de nuevos cuadros y aumentar el “accountability” de su accionar son direcciones necesarias más no suficientes para el tipo de país que soñamos. La promesa de “más eficiencia” de la campaña de Sebastián Piñera no basta, y no sólo porque en la práctica no se está realizando, sino porque es irrealizable hoy en los términos en que funciona nuestro Estado.

Todos hemos sabido de reparticiones en las cuales gente no ha llegado, gente no se ha ido, gente no sabe qué hacer y gente no hace nada. Eso es un síntoma, no la enfermedad.

La enfermedad es que en muchas reparticiones no hay plan, no hay dirección, no hay estrategia, no hay una política definida para enfrentar el tipo de riesgos y problemas que la sociedad enfrenta en la actualidad. Y esto es parejo para la Concerta y la derecha. Los casos del SHOA, la ONEMI, el apagón, el corte de comunicaciones, las caídas de carreteras, los edificios colapsados y los devaneos de la reconstrucción muestran la precariedad de nuestro Estado, sus instituciones y nuestra política; nos evidencian su rasquerío.

Creo que la enfermedad del Estado chileno es, en parte, su nula capacidad prospectiva, su exagerada dependencia del gobierno de turno, su, como diría Beck “irresponsabilidad organizada”: estar preparadísimo para lo irrelevante e inerme ante el verdadero riesgo, el que destroza todo, el cataclismo natural o social. Se rigidizan procesos, controles y burocracias para la conocido, y no se hace nada para lo que pudiera destruirnos; la urgencia mata a la importancia, de forma crónica

Y esto no tiene que ver con tiendas políticas, tiene que ver con un déficit país en la manera en que hemos construido el presente e imaginamos el futuro. Benito Baranda en RadioZero, ante la pregunta por su opinión de los saqueos, hizo luz sobre un punto relevante:

“el modelo de desarrollo que hemos adoptado en Chile hace años atrás te estimula una cultura del saqueo, porque tú tratas de aprovecharte de las oportunidades para ganarle al otro. Pienso que la competencia es buena, pero si puedo aprovecharme del otro, me aprovecho,  y eso no es competencia sana, tenemos una cultura de aprovecharnos de los demás, el saqueo fue transversal”.

Podemos diferir en mucho con Benito (poner en una misma frase  las palabras competencia y sana por ejemplo), pero estoy de acuerdo con él en esto, pienso que toca la raíz de lo que nos pasa como sociedad: la cultura del saqueo, la “pillería del chileno”, el “hacer la pasá” y la idea de “ganar” y no “cooperar”, tienen también a nuestro Estado sin capacidades para enfrentar su misión, su razón de ser: proteger a la sociedad de fuerzas destructivas (naturales y sociales) y servir de motor para la consolidación de los sueños colectivos. Con el agregado de que en democracia eso se tendría que hacer públicamente, donde todos pudiéramos verlo y fiscalizarlo.

En este tema, gobierno y oposición tienen responsabilidades compartidas, y el pato lo pagamos entre todos por 20 años de suma cero, porque jugamos al empate; porque para los dos bandos las críticas al modelo siempre fueron “leseras” de gente poco “realista”.

Las tiendas políticas y sus discursos electorales no dan cuenta de este problema con el Estado, su discurso ideológicamente chato de menos o más (una cuestión de cantidad) no les deja ver las diferencias de calidad (¿qué?, ¿cómo?, ¿por qué?, y sobre todo ¿para qué?). Su correlato institucional es que la “voz” representativa de los ciudadanos, el parlamento, es un actor de cuarto o quinto nivel en la toma de decisiones. Nuestros representantes no nos representan. En los Estados institucionalmente mejor construidos, el parlamento tiene una voz clara, fuerte; ahí pasa la política, no en las internas de los partidos, ni en citas empresariales, ni por los diarios.

El Estado con diferenciación de poderes supone un balance que en la práctica en Chile no se da. El botín está tan concentrado en el ejecutivo (lo que está en disputa en las elecciones presidenciales), que fomenta la política del Pirata, ese “principio de saqueo” que tenemos dentro y que hace cada vez más difícil los procesos de reconstrucción colectiva del Chile que queremos.

Los de la trinchera de la Alianza piratean al Estado desde la economía de ganancia inmediata, y los de la trinchera de la Concerta piratean desde la política privatizada por lotes, caciques y componendas. Piratas todos en busca del gran-botín-Estado.

Sacar al Estado de este “mercado” donde es materia de caficheo, significa rebalancear poderes, fortalecer la participación ciudadana, territorializar las decisiones y miles de otras iniciativas exitosas y en implementación en los países a los que nos gusta mirarles la economía pero no la Política.

Si la Concertación, ahora en la oposición, no ve que esta es la única manera de reencantar a quienes les dieron la espalda; y la derecha, ahora Gobierno, no reacciona ante la crítica callada pero persistente que empieza a surgir en los ciudadanos ante tanta desprolijidad y ninguneo de las promesas de campaña, habrá que hacerle frente a estas hordas de Piratas con las pocas armas con que contamos los ciudadanos: la organización del descontento, el activismo, la movilización social y el voto.

1 Comentario

  • No me había dado el tiempo de leerlo, y, pese a una contradicción un tanto evidente en materia de competencia, esto me gustó mucho:

    “Nuestros representantes no nos representan. En los Estados institucionalmente mejor construidos, el parlamento tiene una voz clara, fuerte; ahí pasa la política, no en las internas de los partidos, ni en citas empresariales, ni por los diarios

    Slds,

    FS

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