Quo Vadis, Chile?

13 de Mar, 2010 | Por | 13 Comentarios

Desde antes del triunfo de Sebastián Piñera en la segunda vuelta de la elección presidencial, y aún más desde entonces, la misma pregunta ha dado vueltas sobre nuestras cabezas en repetidas conversaciones: ¿Qué pasó?

La pregunta es válida. Desde que en 1989 el pueblo de Chile decidió decirle que No a Pinochet y sus secuaces, la balanza política, al menos en el papel, se había venido moviendo desde la centro-derecha hacia la centro-izquierda. Partimos con dos presidentes democratacristianos. Un Aylwin conservador y con historial de derecha, seguido del ingeniero Frei y su proyecto “modernizador”. La elección de Lagos mostró un pueblo chileno que no le temía a la etiqueta socialista ni a los malos augurios conservadores. La elección de Bachelet pareció confirmar un giro hacia la construcción de un modelo de inspiración socialdemócrata: promesas de una red de protección social efectiva y financiada; trizadura en el patriarcado político; y la cuarta derrota consecutiva de la derecha en la urna presidencial que, en un país centralizado y jerárquico como el nuestro, parecía ser señal de agonía ideológica. Los militares estaban finalmente subordinados al poder civil, varios responsables de violaciones a los derechos humanos en la cárcel, y cifras destacadas por expertos en todo el mundo mostraban reducción de la pobreza, crecimiento económico, control de la inflación, y un extenso etcétera de indicadores alentadores. Las cifras de apoyo a la Presidenta, las más altas desde que la medición existe, parecían confirmar la tendencia.

En ese contexto, entonces, ¿cómo fue que la derecha volvió al poder, especialmente contando entre sus filas a varios ex colaboradores cercanos del dictador? Difícil pregunta. Desde antes de las elecciones, la prensa se ha plagado de explicaciones, desde las más simplonas hasta elaboraciones de mayor calibre (pienso en G. Salazar, incluso en Héctor Soto). El tono general, sin embargo, es el de la explicación político-electoral, de la explicación “institucional” en torno al sistema parlamentario binominal, las dinámicas internas de los partidos y sus dirigentes (¿alguien dijo Camilo?), los gastos desiguales durante la campaña. Los que votaron y eligieron al recién asumido Presidente, sin embargo, no fueron las instituciones, sino los ciudadanos, el pueblo. ¿Qué pasó, Chile? ¿Qué cambió? ¿Para dónde vamos?

En estos párrafos, quiero plantear algunas inquietudes y atisbos de respuesta a estas preguntas, para motivar la discusión. Por supuesto, no serán ni las primeras ni las últimas. Sólo un intento más.

El proyecto neoliberal y sus frutos Poniéndolo en blanco y negro, creo que el proyecto ideológico iniciado a mediados de los 70 por los ideólogos económicos de la Dictadura -y por algunos de sus ideólogos políticos-, ha sido básicamente un proyecto exitoso. Iniciado bajo la coerción por la fuerza de las armas, y luego continuado vía hegemonía cultural (Gramsci se haría un pic-nic con el “caso de estudio”) el paquete de liberalización-privatización-apertura de la economía chilena ha sido exitoso en al menos dos sentidos esenciales. Primero, ha generando crecimiento económico y por tanto aumento en el nivel de ingresos y reducción de pobreza. Segundo, y quizás más importante, ha cambiado la manera en que percibimos la vida en común. Chile es hoy una sociedad mediada principalmente por relaciones de intercambio que se transan en el mercado, y en mucho menor medida por relaciones políticas o de carácter no transable. Somos, por tanto, mucho más un mercado que una sociedad.

Con algunas notables excepciones (por ejemplo, el pilar solidario bajo la reforma del sistema de pensiones), hemos privatizado nuestra salud, la educación de nuestros hijos, el sustento de nuestros ancianos, servicios básicos como el agua (que en algunos países se considera un “derecho humano”), y buena parte de nuestro entorno natural (esta semana, al parecer, nuestra costa austral). Soluciones atomizadas para ciudadanos atomizados. Aquello que entre todos queremos construir, se ha ido desvaneciendo. No hay “proyecto país” ni idearios colectivos. No tenemos grandes metas, ni apelamos a grandes principios. Simplemente a un “vamos a vivir mejor”. Por eso en nuestro Bicentenario miramos hacia atrás. Estamos cumpliendo, al  menos en parte, el proyecto del experimento neoliberal (recomendamos leer a David Harvey), que Margaret Thatcher resumiera en una entrevista en 1987: “sabe usted, no hay tal cosa como la sociedad. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias. Ningún gobierno puede hacer nada si no es a través de la gente, y la gente primero debe cuidar de sí misma. Es nuestro deber cuidar de nosotros mismos y después, cuidar de nuestros vecinos.”

Este proceso tiene al menos dos consecuencias.

La primera es que este aparente movimiento de los chilenos hacia la izquierda es, en el mejor de los casos, sólo parcial, y en el peor, sólo aparente. Podemos ser algo más liberales en los temas usualmente etiquetados como “valóricos” (sexualidad, libertades individuales, pluralismo), pero en el plano social y económico somos básicamente de derecha. Creemos más en el mercado que en el estado, más en el individuo que en los colectivos. Esto es, en buena medida, fruto de la irrestricta aplicación por parte de los gobiernos de la Concertación de lo que Eduardo Engel ha llamado “políticas de derecha para fines de izquierda“. El problema es que los fines son de largo plazo y están en la mente de los diseñadores de las políticas. Las políticas y sus consecuencias inmediatas, por el contrario, están en todas partes, son tangibles para todos. ¿El resultado, entonces? Indicadores de desempeño que satisfacen la conciencia de la dirigencia de centro izquierda, y un electorado que los manda de vuelta a casa porque prefiere a la derecha y su “eficiencia”.

La segunda consecuencia, es que en una sociedad devenida en mercado, el principal atributo es la novedad. El tan mentado “Cambio”. No importa si el teléfono celular aún funciona y lo tengo sólo hace dos años. Lo que importa es que salió uno nuevo. El valor está en el pequeño diferencial percibido, no en el bienestar de la situación inicial. Y con tal de cambiar, el costo es una variable secundaria. Los efectos electorales de esta tendencia que la gente del retail conoce de memoria, son enormes (si no, pregúntele a Hinzpeter). La Concertación no supo leer este código, porque hace mucho que no sabe conversar con sus electores. Ya lo vimos con Lagos y su casi derrota ante el Cambio de Lavín, y lo vimos con Bachelet surgiendo como “la primera mujer” en llegar a la presidencia. Cambio. El que cambia la lleva. En este contexto, bastaba un candidato mediocre en la derecha para que Frei (la antítesis del cambio y la frescura) perdiera la elección. De hecho, fue Enríquez-Ominami quen mejor captó los vientos que soplaban. Pero no le dio el impulso ni el tiempo, y Piñera y sus boys habían aprendido, finalmente, cómo armar una campaña ganadora.

Sólo este consenso profundamente arraigado respecto de cómo nos vivimos la economía (y por tanto la sociedad) chilena, junto con nuestra obsesión atávica por el orden, y una sociedad civil atomizada (al menos para fines políticos), puede explicar en parte aquello que deja completamente perplejos a los extranjeros: que saltemos de una presidenta agnóstica, socialista, torturada y exiliada por la dictadura, madre soltera, liberal, con un 85% de apoyo en las encuestas; a un millonario de derecha, aliado con el ultra conservadurismo y la elite social y económica heredera de Pinochet. Que demos ese salto democráticamente. Y que no pase nada de nada. Nada. El sueño de Jaime Guzmán, (casi) realizado.

La política y la Administración

En este contexto de un Chile modernizado y neoliberal la eficiencia se ha vuelto, como anticipara Max Weber hace más de cien años, un valor en sí. Su correlato es el “desencanto” que acompaña los procesos de racionalización. La derecha chilena ha sabido profitar del carácter sacro de la eficiencia y el desencanto de la política, utilizando al menos dos herramientas retóricas eficaces.

La primera y principal, ha sido la capacidad de la derecha de reducir, discursivamente, la política a mera gestión. La Concertación, dicen, es ineficiente en la gestión de aquellas cosas que “le importan a los chilenos”. No solucionan “los problemas de la gente”. Sin embargo, como desde hace ya tiempo vienen repitiendo los viejos institucionalistas como Selznick, para entender adecuadamente la idea de liderazgo, es necesario primero comprender la idea de orientación política. La política siempre incorpora, en mayor o menor medida, una lucha por el poder -una disputa de voluntades-, pero también incluye “la continua redefinición del interés público y la incorporación de esas definiciones en instituciones clave”. Los alemanes hacen la distinción entre Politik (política) y Verwultung, o administración no-política. La politik no está tan preocupada de la eficiencia técnica en procesos ya conocidos, como de aquellas decisiones que están abiertas, indeterminadas, y que son, por tanto, potencialmente controversiales. Incluso cuando hay consenso político, esto no quiere decir que los temas sean indiferentes. Vertwaltung, por su parte, lidia con áreas de indiferencia. La existencia de disputas es, al menos en principio, evidencia de que estamos en el terreno de la política, no de la administración de las cosas. La derecha ha logrado oscurecer esta distinción, instaurando la idea de que (a) la administración del estado es esencialmente administración no-política y, peor aún (b) que la existencia de disputas políticas es sinónimo de ineficiencia.

La segunda herramienta retórica de la derecha ha sido la de instalar la idea de que, en este mundo donde supuestamente solo existe gestión, sin conflicto, ellos son mucho más eficientes que la centro izquierda. Para ello, han usado hábilmente la identificación de su sector con el mundo empresarial. Es cosa de mirar el gabinete recién designado. El mensaje es “el Estado es ineficiente, las empresas privadas son eficientes”. “Ellos” son ese estado burocrático, dicen, “nosotros” somos los dueños y gerentes de las empresas. Nosotros somos mejores gestores, y por tanto podemos ser mejores gobernantes. Resulta curioso constatar, sin embargo, un par de elementos.

Primero, como ya discutimos en otro artículo, la derecha tiene escasas credenciales que mostrar en la administración estatal. Cuando estuvieron en La Moneda hasta hace dos décadas atrás, dejaron bastante que desear. En la administración local en épocas más recientes, sólo han estado en las alcaldías. Es posible encontrar excelentes alcaldes tanto de la Alianza como de la Concertación, y corruptos e ineptos también de ambos bandos. Si de probidad a mayor escala se trata, también hay pecados que mostrar en ambos bandos, tanto históricos como más recientes. La negación del adversario acusándolo de corrupto parece ser, a estas alturas, una especie de dilema del prisionero: todos se acusan con todos, todos salen perdiendo.

Segundo, Chile es reconocido en el extranjero como un ejemplo de un país en el cual el Estado funciona, y funciona bien, pese a evidentes falencias y temas pendientes. Para muchos observadores, somos un ejemplo en la región y un caso a mirar dentro del mundo en desarrollo (pregúntele a la OECD). Por otra parte, con muy contadas excepciones, no somos reconocidos como un país particularmente excelente en términos de nuestras empresas o nuestros empresarios. Tenemos algunos buenos productos, pero nada inigualable. Muchos, además, son producidas en Chile por capitales extranjeros. Tenemos buenas y malas empresas, pero nada que nos destaque globalmente. Son nuestras instituciones, muchas de ellas desarrolladas y mejoradas durante las últimas dos décadas, las que nos distinguen como un caso de interés. ¿Quién puede, entonces, en términos agregados, reclamar para sí el campeonato de la gestión? Si el tema se resuelve por aplausos del público, la respuesta la tuvimos el pasado 17 de enero. Si se resuelve por puntos adjudicados por jueces externos, el resultado es bien distinto.

Quo Vadis, Chile? (o ¿quién le teme a Hugo Chavez?)

He expuesto un par de hipótesis de cómo llegamos acá. Por supuesto que la Concertación también carga con responsabilidades específicas. Sólo por nombrar algunas: el abandono del trabajo de bases en beneficio de la administración del aparato estatal, entregando así las comunas, barrios y ciudades al aceitado aparato de bases de la UDI; el movimiento hacia el centro y la extensión innecesaria de una tibia “democracia de los acuerdos”, aún cuando la ciudadanía los empoderaba pidiendo cambios mayores; problemas evidentes de probidad e incluso responsabilidad penal en varios casos; falta de sensibilidad política en proyectos emblemáticos como Transantiago; el privilegio del “orden público” y la “gobernabilidad” por sobre la existencia de disenso político y el reconocimiento de una ciudadanía activa y crítica; la total falta de formación de una generación de recambio que pudiera tomar las riendas de la tarea realizada, parchada apenas por dos o tres figuras que, por más que posen juntas frente a las cámaras, no constituyen un cuerpo político; y la casi total marginalización de la crítica y la tradición intelectual de izquierdas de la que la gran mayoría de los dirigentes concertacionistas provenía. La política concertacionista se vació de contenido, y perdió contacto con los murmullos y silencios de la calle, reemplazando el diálogo por relaciones clientelares o asistenciales.

Con todo, el hecho es que ya tenemos nuevo Presidente. Es de derecha y gobernará con (y para?) la derecha. El conservadurismo se instala en las carteras de política social (educación, sernam, salud, cultura, por nombrar sólo algunas), y el liberalismo económico, en nombre de la eficiencia, en las carteras donde aún hay terreno por ganar para los privados (vivienda, minería, nuevamente educación, economía, transporte, obras públicas, energía). Son cuatro años. Mucho y muy poco tiempo. Pero, ¿para donde vamos, mas allá de 2014?

Creo que, si bien evidentes con antelación, algunas pistas al respecto se han hecho particularmente patentes como consecuencia del terremoto de fines de febrero.

Respecto de para dónde vamos, muchos políticos, periodistas y comentaristas varios, se han mostrado más o menos atemorizados -o francamente histéricos- ante la posibilidad de una expansión del modelo venezolano de “república popular” en el resto de América Latina, incluido Chile (ref. El Mercurio). Yo creo, por el contrario, que el modelo más peligroso para la región es el que parecen ofrecernos Colombia o México (quien primero me planteó este argumento fue Patricio Meller. Nobleza obliga).

Somos la región que presenta mayores niveles de desigualdad en el mundo. Nuestros ricos son muy ricos, y son pocos. El resto conforma, dependiendo del país, una vasta clase media y una cantidad aún importante de pobres, como en Chile; o bien una vasta clase pobre y una cantidad importante de miseria. Tenemos políticas de libre mercado y apertura comercial implantados bajo la doctrina del Consenso de Washington, que ya hemos comprobado, si no son compensadas, tienden a perpetuar o acentuar la desigualdad. A partir de esto, hemos generado una lógica de consumo que eleva los estándares de vida deseados y el acceso a crédito, pero que no se condice con los niveles de ingreso de la gran mayoría.

Cuando marginalidad, pobreza y presión social hacia el consumo van de la mano, un mecanismo natural de redistribución, tanto real como simbólica, es la violencia. La elite, viendo amenazado el “orden” por este mecanismo informal de redistribución, responde con el poder coercitivo del Estado. Si hay factores que permiten que la violencia del margen se organice y/o se vuelva masiva (por ejemplo, factores geográficos, étnicos, o económicos como el comercio de drogas), la respuesta estatal es la militarización. La erosión institucional que produce la entrega de poder a los militares (o para-militares) para actuar dentro del país es una historia que conocemos bien en América Latina. Está en nuestro pasado cercano y, me temo, puede estar en nuestro futuro no tan lejano.

Miremos los niveles de densidad de población carcelaria que tenemos en Chile; el nivel de violencia de clases -y otras- en el discurso cotidiano, en la prensa, en la calle; el discurso de nuestro nuevo Presidente y sus asesores más cercanos en torno al “flagelo de la delincuencia”; el manejo cuasi militar y abiertamente represivo de la demanda mapuche durante los últimos años, por parte de gobiernos dizque progresistas; la reacción “consumista”, durante los saqueos, por parte de los más pobres y marginales entre los afectados por el terremoto; y nuestra inmediata reacción (más o menos justificada, más o menos necesaria) hacia el uso de la fuerza militar para proteger la propiedad privada (que incluía las casas de las clases medias, pero cuyo icono fueron los supermercados de algunas de las familias más ricas de Chile). Como plantea Joseph Singer, la noción de propiedad, la institución de la propiedad privada, depende del reconocimiento y el compromiso de otros, de todos quienes deben reconocer la propiedad que un individuo reclama, y estar de acuerdo, al menos tácitamente e incluso en contra de su propio beneficio, en permitir que ese individuo mantenga dicha propiedad en su poder.

Un régimen de propiedad privada como el que tanto se valora en el Chile actual depende, entonces, en gran medida en la cooperación, la confianza y el auto-control por parte de las personas que la poseen, y de las que no. Esa precisamente esa legitimidad, ese sustrato no contractual del sistema económico, el que es puesto en duda por los altos y sostenidos niveles de desigualdad que no se condicen con un proceso de modernización evidente para todos. Este es el detonador dentro del sistema. La derecha chilena no lo ve, o no lo quiere ver, pese a que siempre ha estado ahí. Simplemente lo condena como síntoma de una decadencia moral.

Nos hemos movido a la derecha, y el riesgo de que desarrollemos un estado policial-militar para lidiar con mecanismos violentos y más o menos organizados de reacción a un orden social a todas luces injusto, me parece no despreciable. Así las cosas, el modelo que ofrece la escalada de violencia estado-margen en el norte de México, la selva colombiana, o algunas zonas metropolitanas de Brasil, me parece un fantasma mucho más oscuro, más grande y más inminente, que el proyecto Chávez.

El lado amable

La buena noticia en este contexto es que, si bien nos movimos a la derecha, Piñera sólo logró la presidencia tras conceder, al menos en el discurso, varios puntos que no habríamos esperado en la derecha de hace cinco años: mantención y ampliación de una red de protección social que huele mucho a socialdemocracia europea, al menos en sus principios; la posibilidad (quizás-tal-vez) de revisar la norma tributaria; el foco en la calidad de la educación; la posición respecto de la píldora del día después y las uniones homosexuales; entre otras concesiones discursivas más o menos relevantes. Incluso, pragmático como es, tomó (o literalmente copió) conceptos, cuñas e ideas de José Luis Rodríguez Zapatero, de Lula, de Obama. Discurso de izquierda para fines de derecha.

Todo esto, sumado a la alta votación de Enríquez-Ominami (que es, básicamente, un liberal de derecha) hacen sospechar que el movimiento hacia la derecha del electorado chileno no es un movimiento hacia la derecha ultraconservadora representada por la UDI, sino hacia una derecha algo más moderna que, aún confiando ciegamente en los mecanismos de mercado y manteniendo ciertos niveles de conservadurismo en lo moral, al menos reconoce, a diferencia de la Thatcher, que existe algo así como la sociedad, y que aún hay cosas que podemos -y debiésemos- hacer en común.

Será tarea de la izquierda rearticularse para volver a hacer latir el corazón de Chile, ese que siempre ha estado del centro a la izquierda. La tarea no será facil ni breve, y requiere arriesgar un buen poco de capital político, cosa que hace rato que no pasa en las filas de la nueva oposición.

13 Comentarios

  • Buen comentario. Un placer leer una escritura extendida y no contra el tiempo y los límites. ¿Dónde vamos? es también ¿Dónde está la fuga?… y las fugas se hacen desde dentro o desde fuera? Por otro lado, concordando con varias cosas, consolidaría más esa relación entre “culpa” de la concertación con “éxito” del sistema implantado por la dictadura. No es muy claro que sea mero continuismo, incluso si se mantienen las privatizaciones… ¿te imaginas si hubiera gobernado la derecha? Bueno, puestos en ese escenario, no hay continuismo en ese sentido, y ahora se hace evidente con la derecha en el poder. Las lógicas que describes como lógicas de la concertación parecen ser, antes bien, las lógicas que preceden a la concertación como resultado de la única “revolución” que conoce Chile en el siglo XX, que por lo demás son lógicas dispersas en otras partes del mundo donde no hay algo así como “concertación”. Cambiaría un poco el espectro de visión y el espectro de la Concertación, de otro modo seguiremos sin ver la escena, que es la transformación de la sociedad a pesar de la izquierda. Los inconmensurables están adelante, no atrás.

  • … Eo Romam iterum crucifigi

    Muy lúcido Matías. Creo que el “lado amable” da para mucho más, que han ocurrido en estos años procesos tanto de individualización como de colectivización novedosos en Chile que son esperanzadores. Tenemos un futuro disputable! Si no fuera por el lado amable.. se nos viene un futuro oscuro que ya sabemos dónde puede terminar… en el calvario otra vez.

  • Muy buena columna Matias. Como dice Ivan, da gusto leer una pluma con mas esfuerzo que los famosos 140 caracteres. Que pena opinar enumerando.

    (1) No creo que seamos más mercado que sociedad. Si creo que somos una sociedad que confía un poco mucho en el mercado.

    (2) La dilución de los idearios colectivos me parece un fenómeno bastante global por lo que me parece injusto enfatizar que es nuestra sociedad la que se ha perdido.

    (3) No me gusta cuando se dice que la liberación en temas valorices es un movimiento “hacia la izquierda”. Es un movimiento en un eje diferente. Quizás podamos decir que Chile se ha hecho más “libertario” si combinamos el movimiento en los dos ejes. Quizás la izquierda de la concertación temprana escondía muchos libertarios que sin Pinochet no se sienten incómodos transitando hacia la derecha. Quizás…

    (4) Si hablamos de retail, tanto más importante que la novedad es la lealtad. Si no pregúntele a la Coca-Cola. El cambio la lleva solo cuando no hay diferenciación. El error de la concerta no es haber leído mal el valor del cambio. Es no haber transmitido mejor el “No da lo mismo” que sonó con tibieza al final de la campaña.

    (5) No creo que el discurso de la derecha sea que el Vertwaltung domine a la politik (que cara de palo soy para poner artículos a estos terminos!). La derecha saco partido a que la concerta no supo diferenciarse en su politik. La derecha propuso que iba a hacer lo mismo que la concerta, pero mejor (no que iba a hacer cualquier cosa, pero mejor). A mí me sonó que las herramientas de la derecha para convencer que lo iban a hacer mejor se fundamento más en la alternancia (que hipotéticamente permite sacar a muchos mandos medios ineficientes que persisten por reglas de cuoteo) y en la evidente ineptitud de la concerta en algunos casos emblemáticos (EFE y demases)

    Muy de acuerdo con el resto del articulo…

  • Excelente artículo, buena síntesis de lo que ha sido el devenir del país durante los últimos 40 años, comparto la opinión que el merito principal de la derecha y finalmente la causa de su triunfo, radicó en su capacidad para insertar en la opinión pública el concepto de la ineficiencia de la concertación, su incapacidad de gestión; sin embargo, durante este periodo podremos ver que es más fácil criticar desde el pulpito que ejercer en terreno. La derecha mas temprano que tarde comprenderá que un país no funciona del mismo modo que una empresa, aunque se esmeren en hacernos creer lo contrario. Hay asuntos que requieren de soluciones que no funcionan en la lógica de mercado. Eso si, se nos viene una campaña dura de lavado de imagen de la derecha, que será insoportable (sobre todo de las fuerzas armadas, a los que, comentario aparte, les vino de perilla este terremoto, para revalidar su existencia)y frente a las cuales habrá que estar atentos, si no queremos otro periodo igual. Felicitaciones al autor del artículo, quien tiene todas las habilidades para continuar en esta senda.

  • Escribir “Aylwin conservador y con historial de derecha” me parece una patinada tan grande como escribir “puebo”. Solo logra socavar la discusión misma que intentas generar.

  • Un buen artículo, pero tengo mis reservas. Dos precisiones: 1.- Mencionas que el corazón de Chile ha estado siempre del centro a la izquierda. Mi apreciación personal, que podemos discutirla, es que hemos estado de la derecha a la extrema derecha desde el 11 de Septiembre de 1973. Recordemos que Hernán Somerville dijo de Lagos: “Los empresarios lo aman”. Pues lo aman con mucha razón. 2.- A la pasada y al final, insultas a Enriquez-Ominami quien es para ti, básicamente, un liberal de derecha. ME-O y Arrate suscriben las peticiones de la Agupacion de Familiares de Detenidos Desaparecidos. Eduardo Frei, no. Patricio Aylwin, Eduardo Frei, Ricardo Lagos tenían miedo a siquiera hablar con la AFDD. ¿Quién es el de derecha?

  • Muy bueno el artículo. En Chile ha sido claro el paso a un gobierno de derecha, y como tú mismo dices, muy bien planeado desde la época de la dictadura. El permitir a “fuerzas progresitas, tildadas de izquierda” ha sido una táctica de gran exito. Se crearon expetativas, se demovolizó al pueblo. Genial. Desmovilizacón y esperanzas de cambio. Visto en la perspectiva del Cono Sur, exactamente ha pasado en Brasil, en Argentina. Uruguay fue algo diferente. El Frente Amplio llega con mayoría parlamentaria, con el famoso dicho de Tabaré Vázquez: “Ha nacido una esperanza”. La esperanza, la apunalaron primero, colocando la estatua del Papa en el medio de la ciudad, de un país, laico. De un Papa, que bendijo a Pinochet. La segunda el veto de Vázquez al aborto, cuando la mayoría, más de un 60% de la población estaba a favor. La tercera, y no por ello menos importante, la llegada de Bush, al cual abrazó como amigo fraterno. Poco a poco se fueron definiendo en su contenido. Ahora la llegada de Mujica, no deja la menor duda de los rumbos de ese FA, Derecha. Lo que no hizo Vázquez, lo hará Mujica. Libertad a los pocos asesinos y torturadores del tiempo de la dictadura. Continuará la Impunidad, “los pecados del pasado, son eso pasado”. La famosa reunión de Mujica con empresarios y su muy famosa promesa: “aquí no vamos a expropiar a nadie, no habrá retenciones, no pagaran impuestos, etc”. Y si Vázquez se abrazó a Bush, Mujica comenzó con Piñera, no tardará en abrazarse con Obama. Mujica de todos los tiempos, se abrazó siempre con todo el mundo. Menos con Raúl “Bebe” Sendic, al que traicionó más de una vez. También estoy de acuerdo con lo que dices de la izquierda chilena, que poco difiere con el resto del Con Sur. Es cuestión de tiempo en Chile, para que los que hoy se encuentran detenidos por crímenes de lesa humanidad, salgan en libertad. No vamos a sentir protestas de la ONU, ni de Amistía Internacional, ni de Unión Europea. Un lento camino de recuperación de la izquierda debe comenzar, uniendonos en temas comunes. Honduras es una lección a aprender, la Resistencia. Y es justamente en esto que debemos basar nuestra Unión.

  • Lidia, pisa el mundo que está inclinado. Tiembla. Mientras te demoras en la reunión de no sé qué resistencia, la derecha nos mete el dedo (como aquí, ganando la elección). Si no ves la diferencia entre la concertación y la derecha (entre cierta izquierda y la derecha es muy fácil, claro), mira un poco la prensa: “reconstrucción nacional”. Ideas de Larraín, Montes, Piñera: licuar la normativa medioambiental, bajar impuestos para donaciones, endeudar con créditos al estado, privatizar empresas públicas, extender la militarización… Por favor, terminemos con el bla bla, el mundo es ahora, y después del terremoto la derrota de la concertación ha sido doble.

  • muy buen articulo, tras el terremoto nos llego al hroa de regresar a la critica

  • Son los momentos de derrota en los cuales es necesario volver al re-arme crítico. Pero creo que antes que un re-arme político inserto en la clásica fórmula de la política chilena, es necesario re-pensar el proyecto de sociedad al cual aspiramos y fundamentalmente el papel de los silenciados actores sociales. Y eso es una tarea titánica de creo yo, larga duración.

    Saludos.

  • Muy bueno el análisis, si la política intenta mejorar la vida de los ciudadanos, la pregunta es ¿cómo el discurso de eficiencia-solución de problemas cotidianos- esta coptado por la derecha? Sin duda, se relaciona con lo que afirmas que la Concertación se alejo de los murmullos de la calle. Creo, que la “izquierda” tendría que darse cuenta de la potencia de este discurso para volver a dialogar con los ciudadanos.

  • […] La ideología de la reconstrucción no es inocente, nunca lo ha sido, y esta no es la excepción. Lo decíamos en un principio, será sin duda el slogan de la eficiencia el que servirá de justificación para todas las decisiones que aquí se tomen. Una eficiencia que ha servido de escudo en la designación del ingenieril gabinete y autoridades en general; una eficiencia con calendario y calculadora en mano; calendario y calculadora que nos llevan a casas prefabricadas y que poco se preguntan por el país de 3, 5 o 50 años más. Una eficiencia que parece en realidad el discurso mejor aprendido de la que el propio Lavín llamó la revolución silenciosa de los ochenta, aquella revolución cultural en la que nuestro presidente participó y que, como algunos dicen, nos convirtió más en una economía que en una sociedad. […]

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