Divide ut regnes

05 de Feb, 2010 | Por | 7 Comentarios

Hace unas pocas semanas, la Derecha chilena logró hacer llegar a puerto una de sus empresas más anheladas y por la que llevaban trabajando en vano durante 20 años: volver al poder (político).

Sin embargo, el triunfo de Sebastián Piñera no sólo materializó el desalojo que se venía tramando desde la Alianza, sino que cumplió durante meses de campaña otro importante objetivo: pulverizar a su futura oposición.

El evidente desgaste de la coalición concertacionista, animado por los desencantos y egoísmos de algunos de sus protagonistas, y sacramentado por el discurso de la Derecha, terminó por acuñar la crónica de una muerte anunciada en las filas de la centro izquierda chilena. El escenario era bastante predecible, si tomamos en cuenta que, no por nada, dos de los cuatro candidatos eran ex concertacionistas, que se alejaron por las diferencias ideológicas de uno y el oportunismo del otro.

La debacle concertacionista anunciada a los cuatro vientos si se llegaban a perder, fue preludiada por la exigencia de que los Presidentes de partido ofrecieran sus cabezas tras la derrota de la primera vuelta. Con más visceras que cabeza, la demanda de sangre comenzó a ser transversal, dando paso al apresuramiento de dos de sus cabecillas, quienes se rindieron rápidamente al supuesto clamor popular. Mientras, por otra parte, los más “duros” anunciaban su continuidad reforzado la idea del apernamiento y tozudez. Todo esto, a menos de un mes de una segunda vuelta.

Todos sabemos a los intereses de quién convenía este caos generalizado en las filas oficialistas, y el resultado lo tenemos ante nuestros ojos, ad portas de clavarse la piocha de O’Higgins. Hoy, la derecha se hace del poder político en inmejorables condiciones.

Cimentan su teoría del desalojo (que luego llamaron Cambio) con buena presencia parlamentaria y con una oposición atomizada, víctima de sus propios errores y de una orquestadísima campaña comunicacional de la Derecha, que terminó por convencer a sus propias filas de que estaba todo podrido y que había que quemar la casa para resucitar como el Ave Fénix.

Sin perjuicio de que la Concertación debe imperiosamente reformularse, buscar -a ver si encuentra- nuevos motivos que los reúnan en sus diferencias, el diagnóstico está lejos de ser catastrófico. Los partidos que hasta hoy son Gobierno, han sido los encargados de darle un nivel de progreso nunca antes visto en Chile. Con todo lo mal que pudo haber hecho la Concertación, ha sido los responsables (y principales impulsores) de los grandes cambios que ha vivido el país durante los últimos 30 años. No se trata de ser complacientes con lo tibio y derechamente inoperantes que han sido en muchos ámbitos, pero -perdonando la analogía- ¿qué club deportivo ha evaluado su disolución tras perder un campeonato?

Podremos cambiar los jugadores, los dirigentes, al entrenador y la estrategia de juego, pero no se rasgan vestiduras pidiendo “que se vayan todos”. Argentina lo pidió en su momento y no de la mejor manera, sin embargo ahí vemos a los mismos de siempre sentados en sus sillones y afanando como quieren.

El florecimiento de grupos políticos que pretenden “reencantar el mundo político de la centro izquierda”, tiene mérito en cuanto hay gente aun dispuesta a agarrar la guitarra y subirse al escenario, sin embargo el discurso mesiánico/emocional con que se presentan, no augura grandes transformaciones en el ruedo político. Finalmente, no sería raro que movimientos que comenzaron con auspiciosos 20% o que bullen en caras jóvenes ajenas al juego de la política actual, no logren calentar a un universo que se apresta a 4 años de gente que le dirá cómo se debieron haber hecho las cosas durante mucho tiempo.

En un país en que “los técnicos” se tomarán el poder, repensar Chile no va a ser sencillo. Ya sabemos cómo funciona el aparato comunicacional de la Derecha, la que no vacilará en bajarle el volumen a los disonantes. Mientras la gerontocracia concertacionista pasa a retiro, la patrulla juvenil no la tendrá fácil. Veremos quienes llegan a final de año, si no es que a la mitad, porque aprendimos que las carreras personalistas no se ganan, a menos que salgas en Forbes. Si no, pregúntenle a Sebastián.

7 Comentarios

  • Quienes se consideran críticos de la cultura de la desigualdad optarán por fortalecer la acción y pensamiento concreto en cada aspecto de la vida nacional nacional. No se necesita de los partidos. El futuro será de los FRENTES que reunirán muchos intereses y voluntades. La derecha espera partidos opositores, debe entonces ofrecérsele una multitud.

  • Patricio, creer sólo en los frentes es como confiar el futuro del movimiento político en los Grupos de Facebook.

    Los partidos son -junto a los poderes fácticos- practicamente los únicos grupos de presión que existen en Chile y los “frentes” podrán llegar a ser grupos representativos de intereses, pero faltará un buen trecho para que ese interés genere cambios.

    Yo creo que la ecuación no es, muerte a uno, larga vida a los otros. Una sociedad políticamente sana requiere partidos fuertes, eficientes y representativos, en equilibrio con una sociedad civil organizada entorno a sus intereses y en relación con los partidos, hoy depositarios de la Soberanía Nacional por la vía de la representación parlamentaria.

  • Rodrigo, te agrego que llegar a esa sinergia entre partidos políticos y sociedad civil es hoy por hoy un proyecto que nos fascina a todos quienes estamos pensando y debatiendo qué hacer en estos cuatro años que siguen. La idea de los Frentes que no es desconocida en Chile, permitiría por el momento y a falta de otras salidas, dotarnos de los elementos para encontrar nuestra identidad, que es muy diversa, que no se reduce a aspectos meramente procedimentales, meramente estratégicos. Es un recreo que no nos hemos dado y que lo necesitamos.

  • Guau:

    “…la Concertación, ha sido los responsables (y principales impulsores) de los grandes cambios que ha vivido el país durante los últimos 30 años”.

    Demasiados méritos se están dando a las acciones de la Coalición, dentro de la caída de la Concertación.

    Slds,

    Felipe.

  • Sobre el debilitar a la concertación para que sea una debil oposición es absolutamente cierto. Ya se vaticina que desprestigiar y desdibujar la imagen de Bachelet será una de las primeras tareas de la derecha (como lo habrían hecho con lagos, quien termino también su gobierno con un apoyo de mas del 60%) http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2010/02/05/pizarro-advierte-que-bachelet-es-un-riesgo-politico-para-la-derecha/ ¿Como responderá a esto una concertación sin influencia en los medios?

  • Si ustedes me permiten, copio aquí un comentario entregado en otra columna, pero que se relaciona con las reflexiones que han entregado y con la columna, y la cuestión derecha-concertación: Estos temas son muy interesantes porque revelan lo problemático de nuestro ordenamiento constitucional y de la “transición”. Ayer Bachelet firmó una ley que somete, hasta cierto punto, a los militares al poder civil. Ayer. Entonces, lo problemático y lo abiertamente anti-democrático. Es muy interesante esto, y aprovecho la ocasión para una reflexión. Pienso que un ejercicio básico de análisis es no difuminar los puntos y las diferencias, no blanquear la política y no homologar. La “retórica pro-derechos humanos” (que menciona Jorge Contesse) ha sido de la Concertación y de la izquierda durante los 20 años, de manera que, asumimos, en el comentario anterior quienes ostentan esa retórica serían un grupo de dirigentes de la Concertación que no han hecho mucho para corregir el orden jurídico e institucional. Eso se contradice con lo afirmado más abajo, esto es, que el proyecto de justicia militar no tiene asegurada su viabilidad legislativa. Esta no-viabilidad es por la intervención de la derecha. De manera que en vez de difuminar y hacer un revisionismo a la moda que crítica a la Concertación, pongámonos serios y hagamos una crítica permanente a la derecha. Por lo demás, el mismo informe aludido en el comentario anterior (informe de la UDP), si bien es francamente débil en su crítica política, señala: “Las opiniones de los auditores del Ejército y Carabineros, de los jueces citados y del senador que representa posturas de derecha reflejan una realidad inquietante: no se comprende o simplemente se ha decidido ignorar el papel que cumple la justicia militar en una sociedad democrática, y que la Corte Interamericana ha definido como excepcional”. Más arriba consigna lo dicho por Alvear, a saber, que la derecha y los militares siempre se han opuesto a esta reforma durante los 20 años de democracia. De manera que nos enfrentamos a un conglomerado político que ni siquiera legisla sobre la base del sentido común (muestras de esto hay varias, “desaparición forzada”, leyes de iniciativa ciudadana, leyes de educación, de pensiones, reformas constitucionales, leyes “indígenas”, participación democrática en las elecciones, aumento de impuestos a las mineras, derechos individuales, en fin, la lista es larga y probablemente sin esta derecha se podría haber llevado a cabo, por vía legislativa y no en el discurso, una agenda más inclinada a la izquierda). Que tengamos un gobierno apoyado por un sector que no habita el sentido común, implica que además un amplio sector elector del país no vive en el sentido común (base, por cierto, de un posible “autogobierno”), que, como dice Salazar, no tiene conciencia de clase, y cree, dicho muy burdamente, que no es pobre gracias al endeudamiento permanente. Uno de los problemas marcados es la difuminación adolescente de las líneas de demarcación política entre la derecha y lo que comienza desde el centro a la izquierda, lo que nos hace caer en una serie de mesianismos e idealismos políticos sobre “lo social”, los movimientos sociales, la política de base, la “izquierda” pura, las manifestaciones encapuchadas como derechos de expresión, etcétera. Además de omitir cuestiones esenciales del proceso de modernización y capitalismo en Chile, ese análisis tiende a difuminar las cuestiones, cae en el revisionismo “a la chilena”. Los que antes nos decían que entre la democracia y la dictadura no había diferencia, y que la Concertación sólo administró un orden establecido, hoy pueden sentirse refrendados por el discurso de derecha que afirma que estamos en una “nueva transición”, que hay que reeditar la “política de acuerdos” y que la Concertación deja “leyes de amarre” como dejó la dictadura (ojo, “leyes de amarre” posibles: nombramiento del jefe de estado mayor conjunto por el poder civil, AFP estatal, reformas laborales, etcétera, notemos el nivel de esta derecha). Es decir, la Concertación ha sido una dictadura, han seguido las torturas, las políticas de desaparición forzada (al menos esto se desprende de la cobertura de prensa del último informe de derechos humanos de la UDP), las privatizaciones… a lo más ha sido un gobierno de derecha moderada. Esto es un disparate revisionista. Por supuesto aquí el discurso de cierta izquierda se encuentra en una hermosa coincidencia con la derecha, lo que no es extraño, puesto que hay fascismos de izquierda y de derecha. Me asombra que la moda sea criticar más a la concertación que a la derecha, como si el gesto fuera la intelectualidad más allá de la concertación, una pureza que desanda una traición política articulada desde lugares de enunciación hegemónicos y por lo demás nacidos de esa misma traición. No hay política sin normalización, esa línea enseña la confluencia de Rancière, Badiou y Habermas. Línea triste para las “performance” pero seria. Tal vez sea la propia concertación la que ha pavimentado esa lectura escolar, esa lectura que afirma primero lo que quiere y después lo que se puede, y esfuma a la derecha detrás de una imposibilidad política permanente. Pero lo cierto es que uno de los escenarios posibles de oposición es la comodidad de demarcar las fronteras entre derecha e izquierda y no tener que transar aunque el país no avance. Dejar de inmolarse, en definitiva. La concertación en la oposición podrá marcar los límites y, en cierto modo, deslegitimar mucho de lo hecho y lo que no se ha hecho, y eso será bueno. Pero después volveremos a cierta adultez, porque para llegar al poder en Chile, un país donde los únicos que votan siempre por lo mismo son los electores de derecha, necesitamos un sector de centro-izquierda. Así de simple es la vejez. Habremos matado un muerto, la concertación, para conjurarla después. Antes de eso, el ejercicio consistente será marcar las diferencias y denunciar a nuestra derecha, no sin descartar una crítica a la Concertación. Pero la crítica a la concertación es lo más fácil, ese es el problema, porque la crítica a la derecha es una crítica al espacio donde estamos y lo que hemos terminado siendo en muchos aspectos, con tarjetas, bancos, vacaciones, vistas al mundo televisivo, en fin. Dejémonos de resentimiento contra la realidad des-ilusionante de la concertación. Eso ha permitido a la derecha darle un discurso que surge de la izquierda (y la derecha le ha pasado otro a cierta izquierda, el de la “corrupción”, el de un desapego de los ideales, el de los instalados en el poder, los apernados, los apitutados, los flojos de la Concertación). Como dice Carlos Pérez, “Segunda pérdida: la transición a la democracia (que coincide con la desaparición de los ‘socialismos ‘reales’) representa para el pensamiento de izquierda el descubrimiento de su radical imposibilidad. Pérdida de la pérdida: la estructura fantasmática que sostenía la realidad y le daba coherencia (abriéndola a la promesa) se desmorona. Si la transición negociada es posible, entonces el ideal deseado –el fantasma sublime- nunca existió. ‘Con la segunda pérdida –dice Zizek- perdemos la pérdida en sí y su dimensión fascinante, perdemos la falta que captura nuestro deseo’. Entonces, resentimiento contra la realidad des-ilusionante. Se tiene entre las manos, es cierto, una democracia posible. Sin embargo, justamente la existencia de ese estado de cosas –que reproduce las instituciones de la dictadura- representa la negación definitiva del ideal, el desvanecimiento del objeto sublime. El pasado perdido cuya restitución daba objeto y sentido a las víctimas de la dictadura, a sus sobrevivientes, ha desaparecido para siempre. Del Chile de la batalla –perdida la esperanza de su retorno futuro- no queda más que restos mínimos, ausencia de restos.” Revisamos el proceso, marcamos las diferencias sin difuminación y revisionismo en cuestiones básicas. Menos escolaridad, menos estómago, que fue lo que nos mantuvo en cierto modo hasta el punto de votar por Frei. Tenemos que saber, empero, que ahora viene una pausa anacrónica, una pausa para tomar aire mientras los otros, nosotros, la izquierda mesiánica o no, respiramos y vivimos la vida que ya estamos viviendo como si fuera una vida prestada.

  • Una aclaración: me refiero al “revisionismo” de izquierda y no al “revisionismo” con el que el MIR analiza cierta izquierda. En realidad, el término tiene relación con un ejercición de homologación de la excepción y está tomado más de la situación alemana. Ahora bien, el “revisionismo” del MIR dice relación con que, por ejemplo, Arrate se presenta como candidato de “izquierda” y “popular” no siendo de izquierda ni popular, es decir, este término plantea la difuminación de ciertos conceptos, desde una tribuna que escribe como si viviéramos en los años 60. Cito aquí unas líneas sobre este otro “revisionismo”: “Pero las masas no dejaron de luchar y ni siquiera la unidad popular las pudo contener (con el MIR como vagón de cola), por lo que Allende ya no les servía y lo botaron, tuvieron que reestructurar el aparato estatal, para poder arremeter contra las masas, las que fueron cobardemente masacradas por los malditos sanguinarios del ejército reaccionario chileno. ¿Y los dirigentes de la UP? Un par de días en isla Dawson, y después a Europa, el otro imperialismo en pugna, el europeo, los recibió con los brazos abiertos. Esta tragedia para los explotados y oprimidos del país nos entrega una gran lección: las elecciones no nos sirven para nada, porque este viejo estado puede concederte algunas garantías seudo democráticas, pero si se amenaza su poder, no dudaran en recurrir a las formas más brutales de represión para poder conservarlo. La sangre de las masas es nuestra mejor enseñanza: el revisionismo hoy día no tiene ningún peso, y su putrefacción es total: la mayoría de la gente no está inscrita; de los que votan un gran porcentaje se abstiene y otros votan nulo, de esa minima cantidad de gente, el 1% dice apoyar al candidato revisionista. En otras palabras existen solo gracias al dinero de la concertación. Frente a esto las masas siguen luchando, en los campos, las poblaciones, los trabajadores forestales, los estudiantes empobrecidos, son solo ejemplos que ninguna muerte ha sido en vano…”

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