¿Oposición para el Cambio?

22 de Ene, 2010 | Por | 10 Comentarios

“He señalado en múltiples ocasiones que la Concertación debería leer con cuidado lo que significó mi elección […] en términos de protección a quienes más lo necesitan, hasta la demanda por liderazgos más horizontales, más cercanos, que generen más credibilidad en la gente […] En un comienzo, la participación ciudadana recibió un sinfín de críticas desde todos lados, se percibió como una amenaza para el Parlamento y una conspiración contra los partidos, en vez de verlo como una oportunidad para reencontrarse con la base social.”

Michelle Bachelet

Además del hipnótico discurso acerca de la delincuencia y el millón de nuevos empleos, repetido como un mantra, y la “sorpresiva” suba de los títulos de Axxion, los primeros siete días del electo presidente y su “Coalición por el Cambio”, entronada como la nueva fuerza a cargo del ejecutivo, se caracterizó por una sucesión de anuncios y sugerencias, los cuales podrían ser interpretados como un posible preámbulo de los primeros paquetes de medidas que se implementarán de forma más inmediata a partir de marzo.

Las referencias e intensidades de las declaraciones fueron variadas: alguno se refirió a una ley de amnistía referente a las violaciones de los derechos humanos, otro sugirió un toque de queda “cívico” para el 11 de septiembre,  alguno prometió un endurecimiento en las políticas represivas en el conflicto mapuche, muchos dieron un guiño cómplice a la propuesta de la Cámara de Comercio de reducir el salario mínimo para los más jóvenes y acabar con la indemnización por despido equivalente a un sueldo por año trabajado, otro, y todos sabemos quien es, sugirió abrir las acciones de CODELCO a “nuevos capitales” y de paso puso en tela de juicio la legitimidad de la democracia venezolana.

Algunos de lo que declararon, asintieron o sugirieron alguna de estas medidas ocuparán cargos centrales en el ejecutivo.

Una oposición virtual

Pero lo que más llamó la atención fue, sin duda, la insistente referencia a la necesidad de consolidar un gobierno de “unidad nacional”, el llamado a una oposición constructiva y a cumplir  fuertemente su principal rol: fiscalizar (¿?).

Construcción discursiva que invita a sumarse a la “Coalición por el Cambio” a los sectores más liberales y pro-mercado, pero también, y por qué no decirlo, a los “avivados” y oportunistas, para formar una complaciente  “Oposición por el Cambio”, cuyos primeros efectos ya pudimos ver en el Congreso.

Además, el discurso de la “unidad nacional” obliga a responder a una forma específica de oposición: la oposición que no se opone, que no contradice, que no enfrenta, sino que simplemente controla que lo hecho haya sido bien hecho.

Una oposición no moderada, sino neutra, que renuncie a su propio carácter de opuesto, pero que, sobre todo, renuncie a su capacidad de movilización.

Es decir una oposición virtual.

En algún lugar, el teórico esloveno Slavoj Zizek, plantea que la realidad virtual es la metástasis de un proceso que implica neutralizar la diferencia desde un acceso, engañoso, a la posibilidad de todo. “En el mercado de hoy en día hallamos una amplia gama de productos privados de sus propiedades malignas naturales: café sin cafeína, leche sin grasa, cerveza sin alcohol… ofrecimiento de un producto desprovisto de su sustancia: proporciona una realidad desprovista en sí misma de sustancia, del meollo duro y resistente de lo Real, tal como el café descafeinado huele y sabe igual que el café real pero sin ser café de verdad. La Realidad Virtual se experimenta como realidad sin que necesariamente lo sea.”

La propuesta, devenida en exigencia, de la derecha es una oposición descafeinada, sin debates ni critica. Política sin política, oposición sin conflicto, progresismo sin acto, socialismo sin… Oposición neutra, virtual.

La gatopardista “oposición constructiva” y el discurso de “unidad nacional” es sólo la entelequia que esconde la simple intención de lograr tener un gobierno de centro derecha con oposición funcional a la centroderecha.

Volver a las bases

Nuestra vernácula centroderecha sabe ser oposición: sabe trabar leyes, sabe dar ridículos mil pesos de presupuesto al Transantiago, sabe boicotear con ayuda de los monopolios de farmacias la distribución de la píldora del día después.

También sabe hacer borrón y cuenta nueva y pedir un gobierno de unidad nacional, ya lo hizo en los 90’s…

Pero lo que no sabe, y lo que no puede, es manejar el descontento popular expresado en movilización.

Cuando el flamante presidente se enfrente a los deudores habitacionales, a los sindicatos, a los colegios profesionales, a los centros de estudiantes, a los pingüinos, a los pueblos originarios, a las organizaciones sociales que durante los gobiernos de la Concertación y en especial durante el mandato de Michelle Bachelet han tomado fuerza, ¿Sólo veremos una escalada represiva? ¿Se acusará a los miembros de la oposición que vean legítimos estos reclamos de conspirar contra el gobierno, o peor aún, de antidemocráticos? ¿Enfrentará al PS cuando la CUT se enfrente a la flexibilización laboral? ¿Destituirá al PC cuando este lleve la política a las calles?

Ser oposición es la oportunidad de los partidos progresistas de ir más allá, de reencontrase con la base, en la posibilidad de formar movimientos desde abajo, amplios, democráticos y populares, capaces de plantear la posibilidad de transformar el modelo económico y social que hoy tenemos en Chile. No haber aprovechado plenamente esta oportunidad, y jugar funcionalmente en esa trampa de la política de los acuerdos, fue el principal error de la Concertación durante sus años de gobierno.

El pasado domingo la historia pasó la cuenta…

Palabras Clave :

10 Comentarios

  • No creo que decir constructiva sea lo mismo que neutra, lo que pasa es que a diferencia de la derecha, la Concertación tiene dos alternativas: Cae en una oposición de bajo calibre, sin argumentos e invocando el terror de la ciudadanía ante la catástrofe de tal o cual ley. Busca los argumentos técnicos e ideológicos para sostener su oposición, en base a ideas y propuestas.

    La derecha quisiera que cayéramos en la primera, aunque pide la segunda. Será sicología inversa?

    En resumen, creo que debemos cuidar los términos que empleamos y no meter el término “opsición constructiva” como algo neutro o sin valor. Digamos que si, pero hagámoslo bien.

  • Concuerdo, pero la última línea cae en un revisionismo clínico de la historia política y reincide en la lógica de la traición por parte de la Concertación, en circunstancias que precisamente se ha dicho en el artículo que la propia derecha y seguramente el propio sistema forzó un estrategia de acuerdos. ¿Cuál debió ser el sendero de la concertación, si nos puede ilustrar? ¿No llegar a acuerdos en los primeros años, con el boinazo en la esquina? ¿Omitir el parlamento, como quería el proto-fascismo infantil de los pingüinos? ¿Cómo podía “desde abajo” articular lo que está abajo, estando arriba? ¿Cómo sería el proceso de transformación omitiendo al 44% que vota derecha en las últimas dos elecciones? ¿Qué debió hacer Bachelet con la ley de educación: enviar un proyecto que sería rechazado por composición y lógica de las leyes en el parlamento, es decir, no inmolarse como lo hizo? Explique un poco este punto, ¿qué hacer con una derecha que no apoyó leyes de iniciativa ciudadana, defensor del pueblo? ¿Omitirla? ¿Llamar a plebicito, a una asamblea y ponerse fuera de la constitución? ¿Cómo es que la Concertación perdió la oportunidad? ¿Acaso eso abyecto, eso que está abajo, lo social -que usted identifica muy bien, policialmente diria Ranciere, como inclinado políticamente por la transformación- necesita de la Concertanción, entonces, o en realidad lo que usted dice es que el movimiento de transformación debió pasar por encima? En este imaginario también podríamos recurrir a Zizek, por cierto, pero recurro a Derrida: ¿Cómo lo hará esto que está abajo a continuación de la derecha? ¿No habremos matado a un muerto, la Concertación, para conjurarlo después? Tal vez por eso en los medios aún no se habla de la derecha y se sigue hablando del espectro de la Concertación.

  • Podemos jugar a hacer espectrologias de la Concertación al estilo del finado Derrida, y decir que el espectro de la concerta ronda por la política, penando con lo que no se pudo, no se quiso, no se alanzo a hacer…. pero la verdad es que, como dicen los mexicanos, “nadie patea un perro muerto”. La Concertación todavía ladra y por eso es pateado, por eso la propuesta va por otro lado. La Concerta debió, a veces heroicamente, sacrificar mucho para conformarse lograr gobernar en un sistema a medida de la derecha que se sostenía sobre senadores designado y boinazos. Pero también tuvo la oportunidad, y por eso me pareció pertinente la cita de la presidente, de construir y movilizar bases sociales para sostener “desde abajo” muchas políticas que se tendían a trabar “desde arriba”. La Concerta no es un perro muerto, por eso la patean, peor aun, tiene la posibilidad de ser el perro mas fuerte de la perrera, en tanto se conforme como jauría, podríamos decir, jugando con la filosofía zoológica de Deleuze. O simplemente podríamos decir que el futuro de la centro izquierda, si la hay, es en función de reconstruir una política de bases, popular, ideológicamente firme y políticamente fuerte. Eso es lo que humildemente creo, y lo que me gustaría.

  • […] Piñera hablar de un gobierno de unidad nacional, tuve más o menos la misma reacción de Juan Carlos. Y aunque parecía evidente que hacer cualquier cosa que no sea sonreírnos de la retórica de la […]

  • Ivan,

    Para muchos de nosotros, esta claro que la Concertación no estaba en la posición de tan poco poder que tu describes. Y con “Concertación”, tampoco se puede meter a todo el mundo en el mismo saco, pero hay muchos a los que, después de la época de los acuerdos de principios de los 90, y cuando ya no se justificaba, siguieron haciendo política con ese espíritu porque les convenía.

    Aún peor, a muchos la infraestructura política y social que dejó la dictadura los empezó a convencer y a crear oportunidades tremendas de negocios y de progresar en la escala social. Para ellos, las reformas democráticas y sociales que querían la fracción más a la izquierda dentro y fuera de la Concertación dejaron de ser prioridad, o de frentón dejaron de ser deseables. Y eso incluye, entre otras cosas, la ley de educación que tu mencionas.

    Saludos.

  • Concuerdo en lo medular con Carlos y Juan Carlos. Lo que me interesa acentuar empero es una imposibilidad sistémica que ustedes mismos no logran dilucidar cómo resolver, reincidiendo en tres lugares comunes: uno, el revisionismo inmaterial, clínico y policial, de la Concertación; dos, el espectro de lo social que tendría que conformarse; tres, que el movimiento social fue traicionado. Me basta con que, efectivamente, la propia concertación se re-defina y se reconstituya en sentido ampliado, no veo otra manera de conformar una mayoría. Movimiento social habrá, pero no bajo las lógicas de la izquierda tradicional (sí, según Zizek, Deleuze, Lyotard, Derrida, Sloterdijk… en fin, toda esa valiosa conciencia de la derrota). Ahora bien, una vez logrado eso, probablemente tendremos como un déjà vu y la pregunta será nuevamente cómo transformar constitucional y económicamente el país. El espectro de la concertación ronda en todos los discursos de la traición y restauración de sus ideales; ronda porque su vigía (y vigilia) es la confesión de una imposibilidad política, por eso matamos un muerto para conjurarlo. Juan Carlos, la espectrología es mucho más que una cuestión de muertos y mucho más que una cuestión de perros, y se roza en el fondo con ese otro espectro de lo social, de lo bajo, de las bases, de la serie devenida fusión de grupo, del grupo devenido organización (Sartre) que un análisis ingenuo del capitalismo quisiera restaurar. Lo otro del capitalismo está en el propio capitalismo. Ahora bien, puestos revisar, ¿cómo sostener desde abajo lo que se caía desde arriba, Juan Carlos? ¿Cómo hacerlo? Y nuevamente la evidencia: fuera de la constitución, fuera del parlamento (que yo no defiendo en su legitimidad, pero sí en su crudeza, en su realidad cruda). Estoy absolutamente convencido que la derecha no se habría movido una línea con ese soporte desde abajo. ¿Cómo fue esa oportunidad? ¿Cuándo? ¿Se imagina usted llevando al parlamento la ley de educación que habría diseñado la concertación en un país que no existe? Porque lo otro era no llevarla al parlamento y promulgarla… ¿Cómo? ¿Cuál era esa posición de tanto poder de la Concertación que ustedes ven, Carlos? ¿Cómo hacer esas reformas que queremos en la izquierda, como la ley de educación? Parece que me perdí esa parte del argumento en sus columnas. Yo tantearía algo así: la situación de Chile se puede pensar filosóficamente en al menos tres sentidos, apoyándonos en Ranciere, en Badiou y en Habermas. El primer sentido es el de una política pura sin normalización; el segundo sentido es el de una política sin Estado, vale decir, una política que llega a sus objetivos por otros medios, o que llega a una política de izquierda por los medios del capitalismo ya establecido. El tercero es el de una política autotransformadora. En tal perspectiva, tenemos que evaluar negativamente el papel tanto de la izquierda como de los movimientos sociales. Chile vive un desfase que no es comparable con otros países de Latinoamérica, principalmente porque el proceso de modernización, iniciado en nuestras latitudes, se inició en Chile con una revolución de derecha bajo dictadura que en términos económicos, y para los parámetros de la lógica del capitalismo avanzado, no es un fracaso, pero es un fracaso para los parámetros de modernización institucional, democrática y social. Este desfase ha convertido al Estado chileno no en un agente de transformación, ni si quiera en un agente de profundización económico-social de derechos, sino en un agente de corrección económica. Una gran crítica a la Concertación sería que para su propia cohesión habría sido necesario deslegitimar los logros de su economía. Allí empieza la crisis interna y externa de la Concertación: el momento en que no se distingue la crítica del orden con la posición en ese orden. El momento en que ya no hay un afuera. Si ustedes leen el último discurso a la nación de Bachelet, podrán advertir que ella define el Estado en términos que no existen en Chile, y que son la meta, el afuera pronunciado desde dentro, de cualquier cambio constitucional y asamblea constituyente. Deslegitima el orden establecido. Define el proyecto llevado a cabo en su gobierno según cita textual de la reforma ingresada el 2005, bajo el gobierno de Lagos y que se incluía en las reformas constitucionales, y que fue rechazado por la derecha, pues no olvidemos que la discusión de esas reformas incluía varias cuestiones que no fueron aprobadas por la derecha, varias que hoy reclamamos, y que significaban la paradoja de unas reformas que negarían la misma vía con que se llevaron a cabo. Insisto en ese gesto moribundo de Bachelet. Ese es el último gesto moribundo de una forma de enfrentar la política que hace la Concertación. Esa forma establecía que los cambios se producen como autotransformación política, y a diferencia de Habermas, la Concertación consideró suficiente el proceso eleccionario y no el espacio de opinión pública, que por lo demás en Chile no existe por varias razones. Ahora bien, ¿cómo explicar este infortunio, este proceso? Una gran línea es que la modernización que llevó a cabo la revolución de derecha (revolución en la medida que toda revolución se mide por las transformaciones económicas) se introdujo, ya desde antes del retorno a la democracia, en la conciencia social. Otra gran línea es que la institucionalidad política-estatal se asentó como agente correctivo por el ordenamiento constitucional; y una tercera línea no menor, es que toda la derecha no ha hecho ningún reconocimiento tanto sobre las violaciones a los derechos humanos como sobre los basamentos sociales y económicos del orden imperante. Ambas cosas van unidas. Piñera es el paradigma de esta disfunción que adorna (y enriquece) el antejardín con muertos en el patio trasero. Este orden no sólo no tiene legitimidad social, política y constitucional en el sentido clásico, sino que además no tiene una “legitimidad moderna”, lo que nos lleva a la paradoja de un reclamo constante social –que sería el trasfondo moderno no reconocido, no legitimado- formulado por una sociedad que ya está modernizada según la lógica del capitalismo avanzado. Es una conciencia desfasa. La inexistencia de movimiento social, antes, ahora y después, no es endosable del todo a la Concertación. Es un proceso vastísimo, que lo tenemos en todos los países del primer mundo, pero en Chile ocurre la paradoja que hemos llegado a ese estado sin un proceso de modernización social y económico. Los movimientos sociales en Latinoamérica responden a un desfase distinto y menos acentuado, o porque la cohesión y la identificación proletaria e indígena permitía eso, o por una ausencia de revolución radical de derecha, o porque la política misma no está cooptada por un proceso de modernización, que a la vez es un proceso de normalización política en el sentido del capitalismo avanzado. En Chile no habrá un proceso de movilización política como en el resto de Latinoamérica; lo que habrá será un movimiento político que canalizará demandas sociales y de izquierda, que será un movimiento similar a la Concertación. Como lo demostraran los pingüinos y que la izquierda no capitalizó –y en esto no culpemos a la Concertación, sino a ese desfase que voy describiendo y del que la misma Concertación es parte-, lo que se necesita es cierto infantilismo político desapegado de la legitimidad del sistema y que no tenga la necesidad de defenderlo y de reformarlo. Según nuestro ordenamiento, para capitalizar un movimiento hay que tener mayorías parlamentarias que rompan los quórums imperantes, y eso no lo ha tenido nunca la Concertación. Nunca. Es decir, el movimiento político requiere, tal como en el retorno a la democracia, a la sección de izquierda de la Concertación, todos esos de izquierda que votamos por la Concertación por la evidencia de esta tercera línea gruesa que consiste en la presencia de la misma derecha en el parlamento y por la necesidad de distinguir entre economía y conciencia política. La Concertación, si se la evalúa como una connivencia con la derecha, que se la evalúe entonces como tal, no como si no existiera la derecha, y eso incluye por cierto la reforma educacional y todas las reformas que se plantean justamente para que sean aprobadas, no para que sean rechazadas en el parlamento. La Concertación no argumenta con imposibles políticos para fundamentar su posición política. Hasta Bachelet en su discurso ante la nación. La Concertación se inmola sin quemarse, no llega a quemarse inmolándose. Con el panorama del desfase, sucesivos gobierno de la derecha no sólo no habrían alterado nada, sino que habrían profundizado el sistema, y tendríamos un movimiento social igual de inexistente, y unas limitaciones políticas para cualquier movimiento político. La viabilidad de ese movimiento sólo se plantea ahora, y como dice Salazar, no es cierto que existiera un movimiento social viable antes del retorno a la democracia que la concertación hubiera anulado. Lo que había era un movimiento político que surge en plena crisis económica y cuya reclamación fundamental era un retorno, simbólico y tangible, a una democracia. Ese es un gran mito que hay que despejar, pues no nos permite dimensionar el alcance social y político de las transformaciones económicas de la derecha, que aún se conservan. Me temo que con la lógica del capitalismo avanzado, con la injerencia mediática, tendremos un movimiento político que tendrá que enfrentar un paraíso artificial donde ya no existirá la corrupción, la delincuencia, el desempleo, y hablaremos de crecimiento. El movimiento será político, y no social en los términos clásicos de la izquierda, porque se sustentará en las abstracciones necesarias, pero abstracciones finalmente, de las transformaciones constitucionales que requiere Chile. En tal escenario, la política deberá recuperar los tres sentidos: política pura como ejercicio de manifestación no cohesionada y no articulada en la calle; política sin aparato ideológico identificable (eso ya existe en Chile y es propio del capitalismo como lógica que difumina el estado, las empresas, los empresarios, las escuelas, las universidades. Es la gran transformación de la urgencia existencial mediante el endeudamiento individual, que limita toda aventura política. Se llama estar “endeudado hasta el cogote”. Las reformas económicas duras, las privatizaciones y la municipalización de la educación no se hicieron en dictadura sin antes endeudar a todos los estudiantes universitarios para controlar su conciencia política, mediante la privatización de la educación superior y el autofinanciamiento de las universidades públicas -de ahí el disparate de un autogobierno proclamado desde la privatización en otro artículo en esta web. Es la lógica de la trascendencia indiferenciada, de la que se alimenta el anarquismo y la apatía política); y, finalmente, política autotransformadora, es decir, política normalizable por vía institucional en algún sentido. A mi modo de ver, la normalización de la política, que es siempre el lugar de la traición política -algo en todo caso infinitamente menos grave que el terrorismo de estado y la negación de la política-, es lo más difícil de pensar. ¿Qué hacemos con el espectro de la política, del movimiento político? Esa es la respuesta que da la normalización, y es eso lo que cuesta pensar. Mayo del 68 es un gesto sin normalización, es el miedo a la normalización, con el mesianismo y la impolítica subsiguiente. El problema para la izquierda es que la normalización económica sobre la que descansa el capitalismo, que está depositada además en la escala del deseo, es más fuerte que la normalización de la política, y el gesto de contrapeso en la izquierda ha sido la negación de la política. Conjura su propio espectro. La fusión de los tres sentido es indispensable. La Concertación sigue ofreciendo sólo la tercera forma de política, y veremos si, incluso por esa vía que implica, por ejemplo, comisionar una reforma constitucional y forzar en sus mismos cambios constitucionales la consiguiente asamblea constituyente, se niega a sí misma, que es el extremo de la autotransformación. Si no ocurre eso, seguiremos en lo mismo, tesis cuya homogeneidad no explica, por otra parte, por qué si seguimos en lo mismo no hubo antes un movimiento social de izquierda. Veremos entonces el ejercicio de oposición, que también tendrá que justificarse como la Concertación justifica su inmolación permanente, porque, bajo mi perspectiva, sigue siendo sencillo apelar a la conformación de un amplio referente de izquierda social en un país que vota, incluso desde el retorno a la democracia cuando existía (supuestamente) aquel movimiento político, sobre el 43% por la derecha. Sigue siendo sencillo argumentativamente apelar al espectro social, y atractivo políticamente, pero habrá que hacerse cargo del desfase modernizador que existe en Chile, donde ese espectro se ha conjurado económicamente. El acto de Bachelet de definir el Estado fuera de la constitución es un acto político puro sin normalización aún, tardío como toda autoconciencia. A mi modo de ver, esta fue una elección contra la derecha, y entre una Concertación que se inmola consensuando (Frei) y una Concertación que debería abandonar esa lógica (Arrate en mayor medida que Enríquez, pero los tres son parte o fueron de la concertación). Fue también una elección sobre la velocidad: el fascismo veloz de la derecha que pretende la inmanencia de la familia en la sociedad, la lentitud de la Concertación cansada y la rapidez de una Concertación hastiada que preferiría omitir las mediaciones institucionales. En la rapidez, la izquierda y la derecha son igualmente fascistas en su desprecio por las mediaciones. El extremo de la democracia indirecta (sin la mediación del pueblo) y de la democracia directa (sin la mediación institucional), es justamente esto. Es el extremo en el que, por otra parte y en otros rumbos, se tocan el neo-capitalismo y el anarquismo. Me considero mucho más cercano a la izquierda de las mediaciones, cuya lentitud no la hace menos efectiva. Estoy de acuerdo en que la Concertación debiera dejar de inmolarse en el parlamento y proponer un programa de izquierda, tal como está planteado en las bases programáticas de sus partidos. No inmolarse significa presentar este programa sabiendo que no se llevará a cabo, es decir, no inmolarse significa poder argumentar con la imposibilidad (que no es lo mismo que el argumento utópico, desgraciadamente), y este es el actual argumento de la izquierda no Concertacionista. Dicho esto, tenía claro que la Concertación nunca presentaría un programa de izquierda radical mientras exista este sistema electoral, pero también tengo claro que el hecho de no presentarlo no me hastiaba tanto como para preferir un gobierno de derecha, que es donde llevaron por un rodeo los votos nulos y blancos y los que no votaron, los no inscritos, etcétera. Hay un deseo de probar, tantear, ensayar al país con la derecha en el gobierno, un deseo escondido en el discurso sobre la Concertación hastiada que llega al disparate de confundir la democracia con la dictadura o a la Concertación con la Derecha –como si no conociéramos la diferencia; un deseo que se nota en la prensa (de derecha y de izquierda), en los jóvenes, en los intelectuales, un deseo que tiene al fondo un jardín antagónico leído en los manuales de filosofía política que describe “la reagrupación de la izquierda gracias a la agudización de las contradicciones”. Esta idea es muy bonita, muy marxista pero no por eso menos decimonónica: en primer lugar, Marx no pensó la “deuda monetaria” como dispositivo de la existencia individual en el nivel del capitalismo avanzado. La deuda es la mundanización de la culpa cristiana, es su capitalización, y en una sociedad de deudores es muy difícil esperar un desprendimiento político como el que espera cierta izquierda. “La pureza desprendida del sistema para cambiarlo”: por eso una parte de la izquierda puede cometer el “descriterio” (no existe esta palabra me parece), por proyección psicoanalítico-política, de etiquetar de “revolución” el movimiento de unos niños (los “pingüinos”) y encontrar “lógico” que ellos sean interlocutores con los partidos y el gobierno, y puedan incluso proponer una ley que no necesite la mediación del parlamento (dicho sea de paso: eso era el movimiento pingüino en su núcleo inicial, en su mezcla de adolescencia-fascistoide-de-izquierdo-derecha). Tienen un margen de libertad que no tenemos, y ese margen encandila a una parte de la izquierda. No se trata de la clásica oposición entre estudiantes y trabajadores, entre no asalariados y asalariados, porque el endeudamiento imaginario y real que produce el capitalismo no está condicionado por el trabajo, y es allí donde el propio sistema tiene uno de sus ejes de conservación (el otro podría ser el deseo). En seguida, la agudización de contradicciones es pensada sobre la base de los modos de producción, mientras que en nuestra época todos los modos de producción son modos de información. En tercer lugar, la nuestra es una cultura terciaria (como dicen los pragmatistas) y la agudización extremará posturas sólo para favorecer la formación de un centro, de una centro-izquierda como es la Concertación, de modo que me pregunto: ¿para qué hastiarnos ahora de la Concertación, matarla y en el impulso perder cuatro o más años con un gobierno de derecha, si después vamos a conjurarla nuevamente?

  • Estimado Ivan, Antes que todo agradezco tu dedicación, así como la de Carlos con su columna, en el desarrollo de este comentario, que excede en extensión largamente a mi humilde texto. La verdad no comparto tu opinión sobre el peso y significación de los movimientos sociales, tampoco creo estancarme en el solipsismo de un revisionismo inmaterial, y mucho menos policial, de la Concertación; no creo que sea correcto tratar a la Concerta ni a lo social como un “espectro”, y por sobre todo no creo que el movimiento social fue traicionado. Solo trate de hacer mención a un mecanismo discursivo que intenta generar un clima propicio a desprestigiar cualquier tipo de oposición que valla mas allá del “rol fiscalizador”, obligando a una moderación y una complacencia que me parece peligrosa y por sobre todo muy cómoda para algunos oportunistas. Peligrosa por que no solo es una descalificación a priori de la protesta social, sino además por que genera un efecto muy fuerte sobre la opinión publica, en tanto la creciente criminalización de los movimientos sociales (recordemos el mecanismo que se ha aplicado sobre los conceptos de “encapuchado”, “infiltrado” y “mapuche”) genera una imposibilidad para los partidos de izquierda que tiene representación en el Congreso de apoyar estos movimiento, en tanto arriesgarían demasiado capital político. Para usar una metáfora felina, ya no se puede apoyar ningún gato, si todos son pintados como pardos. (Tratemos de ponerle un poco de humor….) Cómoda, por que una oposición que no molesta se sube muy rápido a los carros de los triunfadores, cuando lo hacen bien (y es lo que paso con RN y la UDI bacheletista aliancista), y se baja del barco muy rápido también cuando hay algún problema, la política de estar “donde calienta el sol” siempre ha sido lo mas sucio y lo mas triste. Me daría mucha pena, y creo que a muchos, muchísimos, de nuestros compatriotas, que alguno de los políticos, o incluso partidos, de la Concerta, abrazaran ese tipo de practicas… Estoy plenamente de acurdo contigo y con G. Salazar en al idea de que “no es cierto que existiera un movimiento social viable antes del retorno a la democracia que la concertación hubiera anulado. Lo que había era un movimiento político que surge en plena crisis económica y cuya reclamación fundamental era un retorno, simbólico y tangible, a una democracia.” Lo que no comparto para anda es que no existiera la posibilidad, una vez retornada la democracia, de construir un una política de bases (permítame sonar setentista con esta idea) que generara no uno, sino muchos movimientos sociales, o ciudadanos, que fueran la usina de la reflexión entorno a las políticas publicas, a todo nivel. La UDI, si lo logro, sentando las bases para ser un partido popular. La Concerta, en parte por el marco constitucional, en parte por la enorme presión de la derecha, en parte por las transformaciones propias y las experiencias e influencias de los grandes partidos de la socialdemocracias europeas, tecnifico la decisión , la reflexión y la gestión de las políticas publicas. No me atrevería a decir que fue una traición, pero si me atrevo decir que fue un extravió, un “perder el rumbo”. Creo que existe un texto que es central, fundacional, para el ideario de la concertación, y en particular para el PS, también un texto muy olvidado, y es un breve artículo de Clodomiro Almeyda (gestor si los hay de grandes acuerdos nacionales), publicado en La Nación el 9 de julio de 1992 (reeditado posteriormente por la Fundación Almeyda y Ediciones Tierra Mía en las “Obras Escogidas 1947-1992” ), el cual creo, debe dar las líneas directrices para cualquier movimiento progresista, si pretende realmente construir una sociedad más justa y igualitaria. Es un texto mucho menos metafísico que los de Ranciere, Deleuze o Zizek, pero es una herramienta política central. Dejo aquí un breve fragmento: “Un partido que represente una acción por la justicia y al razón y capaz de levantar una alternativa democrática avanzada frente al neoliberalismo, al populismo demagógico y al testimonialismo contestatario, para que sea apoyado por las grandes mayorías nacionales (…) de democratizar profundamente el país, sacando adelante las reformas propuestas de orden constitucional y modificatorias del actual antidemocrático régimen electoral, (…) que promueva una política economía para la actual situación nacional que, manteniendo el control sobre los factores macroeconómicos y combatiendo sin reserva los brotes inflacionarios, oriente a la economía nacional en función de las necesidades populares, otorgando la adecuada primacía al gasto social en salud, educación y vivienda y procurando una más justa distribución de los frutos del crecimiento económico en provecho de los sectores populares (…) cuyo programa económico compatibilice la necesaria inserción de Chile en la economía internacional – vía desarrollo de las exportaciones con el mayor valor agregado posible -, con al sustitución de importaciones que sea posible desarrollar en el Apis sin artificiales proteccionismos y le otorgue debida prioridad al proceso de integración económica latinoamericana, profundizando los vínculos de toda índole con los países del Cono Sur (…) que reconozca en un Estado democrático de derecho, fuerte y descentralizado, el principal interprete de los intereses populares y nacionales, y, en consecuencia, el sujeto político que con perspectivas estratégicas oriente e incentive al quehacer nacional en los diversos ámbitos de la sociedad, a favor de una sociedad siempre mas justa, más humana y solidaria (…), abierto a la comunidad y puesto a su servicio, que promueva el desarrollo de las organizaciones sociales en el seno del pueblo y no intente aprovecharse de ellas para fines estrechamente partidistas.” (Clodomiro Almeyda, “El Partido Socialista como yo lo quiero.”) Creo que este fragmento deja claro todo lo que quiero que sea la Concertación, ya que en mucho aspecto no fue esto, convirtiéndose así en una expresión política popular y ciudadana, transformadora y por sobre todo comprometida con la defensa de los que han sido históricamente postergados. Espero poder haber dejado un poco mas clara mi posición y mi critica. Nuevamente agradezco tus comentarios Ivan, al igual que el articulo y las ideas planteadas por Carlos. Espero que intercambios así se sigan dando en este espacio.

  • La muletilla del “gobierno de unidad nacional” que usa Piñera se basa en una falacia tan burda que cuesta creer que los medios y los analistas políticos que en ellos pululan no la hayan desmentido. Los gobiernos de “unidad nacional” se dan en situaciones de quiebre (real o aparente) de las instituciones democráticas o en situaciones de agudas crisis económicas. Ninguna de las dos situaciones ocurre en Chile. Chile no está quebrado y no requiere un gobierno de unidad nacional, ni una reedición de una democracia de los acuerdos. Lo que Chile necesita es una oposición firme, teniendo claro que es muy probable que esa oposición no venga (por lo menos durante un buen tiempo) de los partidos políticos de la Concertación. Buena entrada y mejor conversación.

  • Estimado Juan Carlos: tal como decía en el primer comentario, el asunto que despertó mis respuestas son las últimas líneas, porque con el artículo concuerdo en las líneas fundamentales sobre una oposición aséptica, lo que sería nefasto. En realidad, en el fondo me parece atractivo estar en desacuerdo en el acuerdo. En las últimas líneas tal vez sospeché más de lo que había: un revisionismo clínico (inmaterial, depurado de política) y policial (todo ese discurso sobre corrupción, pitutos, dirigentes apernados, etcétera, que abunda por aquí y en otras partes); una apelación al espectro de lo social y una tesis sobre la traición (no sólo de lo social, de las bases, sino de los ideales. Sobre todo esa traición, que es siempre la mejor, la más llamativa: esa que traiciona lo intangible). Con lo primero además de hacerle el juego a la derecha, no se analiza del todo el contexto político y se suponen posibilidades políticas que no existen y no existieron; con lo segundo, se trata lo social como si no viviéramos en el año 2010; con lo tercero, opera una expiación para confesar la incomprensión de lo social (es decir, se adjudica la ausencia de movimiento social a la concertación y no a otros factores harto más complejos) y se reitera una estructura yo diría psicoanalítica de reificación de la política. No es que tenga una opinión (mala o buena) sobre el peso y significación de los movimientos sociales; tengo una opinión sobre la larga duración del capitalismo, y desde esa perspectiva lo que llamamos (ahora) “movimiento social” es un espectro (un espectro, aquí, en el sentido menos filosófico: la imposibilidad esencialista, el fracaso del sujeto social y su identificación, el problema de la conciencia, el problema de la clase. Sin ir muy lejos, el hecho que consideres que la UDI tiene una política de bases confirma esa cuestión; más bien la UDI extrema la situación, su política de bases es no tener política). Por otro lado, advierto que en el último comentario insinúo que la política tiene tres niveles, donde por cierto va considerada aquella referida a esa “pasión de lo real” del siglo XX: la manifestación, el aparecer, la protesta. Esta política supondrá su dispersión y su normalización, su ausencia de aparatos ideológicos y su autotransformación, de otro modo encalla en el gesto y en la gestualidad, en la fila del paradero esperando la micro y alegando por su demora. Yo no pondría en el mismo nivel la calificación de “mapuche” con la de “encapuchado”: en general, no me parece necesario ni político estar encapuchado bajo los gobiernos de la concertación, ni veo en eso un síntoma de “movimiento social”; al contrario, mantener esa estructura es propia del revisionismo que difumina el término de la dictadura y su excepcionalidad radical, y desconoce en realidad la larga historia del rostro descubierto de los movimientos sociales. En general, yo diría que ningún partido de izquierda con representación en el congreso apoyaría un movimiento encapuchado, y me parece bien; tampoco un anarquista, del tipo de neo-anarquismo que tenemos escenificado. Haría ciertas precisiones con esa “criminalización de los movimientos sociales”, porque en los ejemplos aludidos no veo “movimientos sociales”, incluido el ejemplo mapuche. Los partidos de izquierda apoyarán los movimientos sociales, no tengo dudas; incluido el resto de la concertación. ¿Te parece que el gobierno de la concertación criminalizó el movimiento de los pingüinos? ¿Qué es lo que debió hacer con el movimiento? Nuestro sistema no opera, desde el principio, por mayorías ni elegidas ni sociales. Es una imposibilidad política. Juan Carlos, política de bases ya no se hace desde el poder, nunca se ha hecho en realidad (sí, en un momento…), y si se ha hecho se ha hecho bajo la idea del juramento y la traición del partido. Era muy difícil que la concertación generara las condiciones, estando en el poder, para ese tipo de políticas, que por lo demás en la actualidad se hacen vía internet y por televisión y medios de comunicación. Los evangélicos tienen excelente política de bases, si omitimos ciertas consideraciones del estado de la cuestión económica y política. Hemos llegado a la ausencia de opinión pública y política de bases con un desfase entre modernización económico-social y política. La economía va más rápido en las conciencias que la ideología. Dicho burdamente: nuestra superficie es posmoderna mientras que su espesor no llega aún a la modernidad. Nos preocupa la transparencia sin pasar todavía por la opacidad. Lo que hay que hacer es recortar la brecha, trabajar el espectro, deconstruir la “diferencia”. Digo “hacer” no como si fuera algo deliberado, un movimiento filosófico. Es retórica, pero ocurrirá eso: la política volverá a su demora, volverá a trabajar en ese desfase, y el tipo de movimiento social que surja tendrá el tatuaje de ese desfase. En realidad, el Estado correctivo implementado por la concertación, que en realidad consiste básicamente en corregir los restos de lo público dejado por la dictadura, era ya eso, y tal vez fue necesario para plantearnos este otro proceso, el del Estado social, democrático y de derechos del que habla Bachelet en su último discurso.

  • Ivan, Una breve aclaración al pie. Cuando me refería a la idea de “encapuchado” e “infiltrado” no hacia una apología, solo planteaba el hecho de que ante una eventual movilización callejera, bajo consignas que merecen apoyo explicito de los representantes de la Concerta en el Congreso (frenar un aumento de la flexibilización laboral, por ejemplo, o el tema CODELDO) con solo la eventual presencia de algún “encapuchado”, se daría material al discurso de la derecha sobre la “oposición destructiva” y hasta “antidemocrática”. Para muestra un botón: mira este videíto de los mismo que en marzo gobernaran Chile y el uso de este mecanismo.

    http://www.youtube.com/watch?v=RxuRWmEg8oE&feature=player_embedded

    prometo un post mas largo y claro en breve.

    Gracias a todos por sumarse a este debate.

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