La República es Nuestra

19 de Ene, 2010 | Por | 9 Comentarios

por  Jorge Contesse Singh*

Una de las ideas más poderosas que es posible encontrar en la teoría política y que, sin embargo, no ha echado raíces fuertes en nuestras tradiciones constitucionales, es aquella que sugiere que cada generación es dueña de su propio presente y destino inmediato. Paine y Jefferson, a fines del siglo 18, acuñaban con fuerza esta noción siguiendo la influencia de pensadores europeos y, según ha mostrado Roberto Gargarella, hubo muchos en América Latina que, impregnados de este ideario, avanzaron proclamas a favor del auto-gobierno del pueblo en las épocas en que nuestros Estados comenzaban a tomar forma. Es sabido, en todo caso, que dichas concepciones no lograron penetrar con fuerza y, en general, los países latinoamericanos adoptaron formas más o menos autoritarias de gobierno, con poderes centralizados y una manifiesta desconfianza hacia la capacidad política de las personas.

Hoy, Chile cierra una etapa política y da inicio a otra. Mucho se ha escrito sobre las razones que llevaron a la Concertación a perder el poder y sobre su éxito como coalición que permitió el tránsito del país desde una feroz dictadura a un régimen democrático en forma; él mismo que posibilitó que la derecha fuera ungida como gobierno por vías no violentas después de cincuenta años. Ya vendrá la hora de poner a esta coalición en el lugar histórico que se ha ganado. Antes de ello, no es el tiempo el que debe pasar, sino cosas que deben suceder.

Una de ellas, me parece, consiste en rescatar los ideales que permitieron precisamente el éxito –o simplemente, la formación—de este grupo de personas que quisieron dar cauce a los sueños por un país mejor, más justo, preocupado por la suerte de quienes habitan en él. No podemos sorprendernos por la victoria de la derecha chilena si miramos con cuidado cómo es que los mismos que, primero, invitaron a soñar y, luego, mostraron caminos para transitar dieron la espalda a los ciudadanos, se desconectaron de la suerte de los millones de chilenos y chilenas, y traicionaron las prácticas democráticas que dieron sentido y existencia a un proyecto político cuyas ideas perviven.

“La tierra pertenece a los que están vivos y no hay peor tiranía que aquella que pretende gobernar más allá de su muerte”. Por años esta poderosa noción pareció que nos hablaba sobre la dificultosa manera de sacudirnos de una carta constitucional gestada entre cuatro paredes por hombres –acaso un par de mujeres—cuya preocupación era jalar las fuerzas del progreso que, como nos enseñó Lastarria hacia fines del siglo 19, no pueden fácilmente detenerse, pero que con ingeniería constitucional sí ha permitido un forzado empate de fuerzas políticas que no representan a todos. Hoy, no solo seguimos regidos por una constitución que no lo es –diga lo que diga el ex presidente Ricardo Lagos, lo cierto es que el reemplazo de la firma de Pinochet por la suya en 2005 sirvió poco más que para alimentar su autoestima. Lo realmente grave es que nuestros representantes se acostumbraron y acomodaron a ello.

Por esto, hoy, la idea del autogobierno toma nueva forma. El propio Tom Paine calculaba en 19 años el tiempo en que cada generación no solo tenía el derecho, sino la obligación, de revisar sus fundamentos políticos; vaya coincidencia. La república nos pertenece a todos y, en consecuencia, hoy más que ayer corresponde a los que estamos vivos tomarla entre nuestras manos, hacerla caminar –ojalá correr– por los caminos que nosotros decidamos, sin que nos prescriban lo que es mejor o peor para nuestras vidas. Hubo líderes que perdieron su ethos democrático y confiaron en ellos más que en los ciudadanos que les dieron su confianza. Pero las ideas permanecen y hoy corresponde a otros hacerlas avanzar. Es el tiempo de revisar nuestros fundamentos políticos y actuar en consecuencia. Y ello, a pesar de la preocupación por lo que pueda venir, es, como los perros que ladran, señal que caminamos.

* Jorge Contesse Singh es profesor de derecho y director del Centro de Derechos Humanos de la Universidad Diego Portales . Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales por la UDP, es magíster y candidato a doctor en derecho por la Universidad de Yale.

9 Comentarios

  • Y también es el momento de revisarnos a nosotros mismos, cuestionando a la Concertación y sin embargo trabajando en una Universidad Privada, fundada en plena dictadura y por funcionarios de la dictadura. No sólo hay un grupo de dirigentes que perdieron su “ethos” (qué palabra más apropiada para una conversación de café en el barrio alto). No proponga autogobierno a los otros si usted mismo no puede con el “gobierno de sí”. O, más bien, cambie las lecturas y no caiga en lugares comunes (que no es lo mismo que el “sentido común” de Paine) que simplifican la historia hasta esconderla. Reclamar a la concertación por el abandono de la ciudadanía y al mismo tiempo defender una noción de autogobierno (que surge en norteamerica y que por razones de espacio no vale explicar por qué no se divulgó en el continente), no lo entiende nadie, ¿o usted pretendía que estando en el poder la Concertación promoviera los ideales del autogobierno? Este razonamiento no es menos contradictorio que reclamarle a la Concertación por la legitimidad de un orden constitucional desde una tribuna que legitima el orden institucional de la educación superior. Nada es raro, si desde su “centro de derechos humanos” se llegó al disparate revisionista de homologar la “desaparición” en plena dictadura con la “desaparición” de una persona en democracia. Con esa indistición y esa falta de criterio, nada extraña, y puede usted sentar a los otros en el tribunal que quiera mientras continua trabajando en una universidad que, siendo la rescatable de las universidades privadas, tienen el mismo origen espurio que la constitución que usted tanto critica. Nos toca revisarnos a todos.

    • Gracias por el comentario. Estoy de acuerdo con el punto central, aunque reconozco que me cuesta entender algunos de sus argumentos. “Nos toca revisarnos a todos.” Absolutamente, pero la obligación política, digamos republicana, que pesa sobre una universidad o un sindicato o alguna otra agrupación no es igual a la que pesa sobre la comunidad política a la que todos pertenecemos. Parece sugerir que por haber sido fundada la U. Diego Portales durante la dictadura, uno no podría trabajar allí. Eso no resiste análisis. ¿Por qué uno no podía esperar de la Concertación que promoviera el autogobierno? Ud no da razones por lo cual no es posible para mí refutarlo. Sobre el denominado “disparate revisionista”, sugiero leer el Informe 2009 (está disponible en Internet) y verá que el Centro de Derechos Humanos que dirijo no homologa, como usted indica, la desaparición de José Huenante con la práctica brutal de desaparición de personas ocurrida bajo la dictadura. No le va tomar más de cinco minutos leer las páginas respectivas (capítulo sobre derechos del niño).

      • Reconozco su punto. En efecto, la fundación (nunca mejor usada esta palabra, “fundación”. Eufemismo inmobiliario. Su rector se oponía al fin del lucro… en fin) de una institución en determinada época no invalida el ejercicio del trabajo, lo que sí pone en juego es la figura del ethos perdido que usted supone en “algunos dirigentes”. Puestos a hilar fino, ¿qué vocación ciudadana tiene su universidad? ¿Abundan las críticas al ámbito privado, a la derecha (incluso en el informe referido)? Muy poco. ¿Y los aranceles? También en eso se juega la república. Habrá que responder estas preguntas cuando se inquiere a un grupo difuso de “dirigentes”. Lo del “autogobierno” confieso que suena más elegante pero igual de problemático en términos de análisis que apelar al espectro de lo social, aunque prefiero el segundo. Empero, como diría Sartre, en Chile ese espectro está en la fase colectiva de la “serie”. Tampoco usted entrega razones atendibles tanto de la extrapolación del concepto como del hecho que, según se colige de su columna, la noción de autogobierno parece despertar sin la Concertación en el poder, de manera que usted contesta su pregunta. Sobre el “disparate revisionista”, que por cierto no es monopolio de la derecha, recorra usted los medios de comunicación al momento de publicación del informe y no encontrará ningún desmentido sobre la “homologación” a la que aludo. Abundan los ejemplos en la prensa (en El Mercurio se dice que su informe “denuncia el primer caso de un detenido desaparecido en democracia”) o en la web de su universidad (“Informe Anual de Derechos Humanos UDP denuncia primer caso de desaparición forzada en democracia”). Al contrario, el centro que usted dirige no hizo esfuerzo por desmentir la manera de cubrir el informe, por lo demás interesante y necesario en varios aspectos, escuálido en materias privadas y de crítica política. No lo hizo, entre otras razones, porque efectivamente incurre en un revisionismo al señalar que tal caso “ha venido a rememorar prácticas propias del peor período de la dictadura militar: el drama de la desaparición forzada de personas”, lo que resulta además contradictorio con el planteamiento del propio informe sobre el hecho que estas prácticas no se aplican en Chile, y porque no se cumplen dos puntos esenciales de la definición legal de la “desaparición forzada” que encabeza el sub-capítulo, y en lo que no redundaré. Ahora bien, si usted pretendía llamar la atención sobre el funcionamiento de la institucionalidad, lo cual es atendible, debió anticipar, qué se yo, leyendo a Debord, el estado del espectáculo y el revisionismo latente en cierta izquierda (que confunde Concertación con derecha, democracia con dictadura, e informó con sentido revisionista la noticia en sus medios) como en la derecha. En este caso, la rememoración supone una homologación para sostener el argumento. También el revisionismo alemán se dedicó a estas prácticas de “rememoración”, ámbito del asunto donde sobran ejemplos. Un poco de mediología no hace mal en estos casos, y la ilustración reflexiva que usted promueve debiera tomarlo en cuenta. Yo no le sugiero leer su propio informe y el punto de la “rememoración”; lo que le sugiero es hacer un estudio sobre la repercusión mediática de su informe, la ausencia de clarificación y la homologación cimbrada en los titulares. La única respuesta es de Domingo Lovera, que atiende a la importancia de las palabras en el caso del ministro, pero no de su informe ni de la prensa, e insiste, subrepticiamente, en que este es un caso de desaparición forzada, o al menos que tal práctica no se ha erradicado. De manera que usted comprenderá que la tentativa del informe no es suficiente y siempre hay que atender a los efectos, del mismo modo que un discurso sobre el “autogobierno” requiere varios niveles de análisis, entre otros el acostumbramiento en los lugares de enunciación de los discursos.

        • Estimado Iván,

          Me admito asombrado que después de una diatriba tan larga como el artículo mismo te las hayas arreglado para decir tan poco sobre el tema de fondo del artículo ni menos de los argumentos que ahí se plantean, y lo que hay se confunde en una cadena de ataques personales que no sé exactamente a donde te llevan, excepto tal vez al desahogo.

          Si tienes algún problema con el centro que dirige J. Contesse, me parece muy bien, pero esta discusión es sobre el artículo de más arriba, y este espacio no se presta para ataques ad hominem.

          Saludos.

          • No veo ningún ataque ad hominen ni nada por el estilo. Por lo demás, el autor no ha señalado nada al respecto y precisa que concuerda conmigo en lo central, por lo que no veo la procedencia de su vocería. Lo que sí ocurre es que ni él ni yo vemos la manera de refutar lo que dice el otro, porque no vemos lo que dice cada uno, y por eso a veces ocurren los rodeos. Pero nadie ha llegado al punto de hablar por otro ni al rodeo de callarlo, que es lo que usted hace sin decirlo. Por cierto veo una diatriba, si respetamos el sentido etimológico y no el sentido que usted quiere darle. Es perfectamente aceptable que un artículo presente un tema y abra otros de acuerdo con el lector, y de acuerdo con la propia presentación del autor. Estoy cuestionando el lugar de enunciación, más que lo enunciado y quien enuncia, concuerdo, y concuerdo que es infructuoso, pero siguiendo la lógica de la traición política que esboza el artículo, el autor podrá aceptar que su objetivo se difumine al ritmo de la difuminación política público/privada de los últimos 20 años. Generalmente el chivo expiatorio para explicar el derrotero, la derrota política, y la traición borrosa van de la mano. También he dicho algunas cosas simples sobre la extrapolación de un concepto sin un análisis riguroso. Si dependiera del espacio, podría fundamentar más el punto, pero el propio artículo tampoco deja grietas por donde iniciar otro tipo de discusión, puesto que desglosado reincide en lugares comunes de análisis político. De una descripción de hechos no se desprende la idea de “autogobierno”. ¿De qué se desprende? ¿Dónde? ¿Basta la coincidencia cronológica supuesta; basta la lógica de la traición descrita? ¿Qué “autogobierno”, en qué sentido, puesto que la palabra tiene una historia que no se limita a Paine? ¿Liberalismo clásico? ¿Acción formativa de los ciudadanos con excepcionalidad institucional y estatal? ¿Cómo hacerse cargo de la extrapolación de un concepto sin sopesar esa distinción entre libertad anglicana y libertad galicana? Hay una tradición fuerte alrededor de este concepto en el siglo XIX en América Latina, ciertamente, pero esta constatación no es un argumento, como no lo es, por otro lado, que una veta importante en Paine es la centralidad financiera, liberal, del Estado. ¿Qué condiciones presenta Chile para dar lugar a la idea de “autogobierno” que sean distintas de otros países, de otros momentos de nuestra historia y de la historia de América Latina? ¿Por qué ahora? ¿Por los 20 años? Seguramente desde ciertos lugares de enunciación se comprenda más esta inclinación por la idea de “autogobierno”, pero eso, ¿debemos suponerlo y callarlo? Es cierto que la mención de Paine despeja algunas dudas sobre el sentido del término “autogobierno”, pero precisamente por eso la extrapolación del concepto sin situarlo en la situación histórica es insustancial, y la apelación a una autoconciencia generacional es insuficiente. Parece un discurso… en efecto, una diatriba. Este paisaje revisado, clínico, coincide, a mi modo de ver, con cierto revisionismo. La repercusión mediática de último informe de derechos humanos desplegó un revisionismo difícil de refutar, un revisionismo que de pronto pasa sin sobresalto por la descripción, bajo la lógica de la traición, de la Concertación, sin un mínimo análisis político de la situación. Veo una relación que usted no ve. Lo ideales son materiales, y el primer suicidio de la idea es siempre la realidad que nos toca vivir. Depurar a la Concertación de esa realidad histórica es un revisionismo político insostenible, y para fundamentarlo se recurre a la traición, ora del espectro social ora, aquí, de un “autogobierno” aplazado, coartado por la propia Concertación, que una vez fuera del poder permitiría recuperar no los ideales traicionados por la Concertación, puesto que no fueron los del autogobierno como sabemos desde su origen, sino los ideales de un autogobierno que no sabemos qué define, qué es y qué implica más que la suave claridad de que deberíamos revisar ciertas cosas. Lo más interesante del artículo era el acostumbramiento en el lugar del enunciado, puesto que ya estamos habituados a escuchar sobre “autogobierno” en tiempos de pérdida, crisis, revisión, autocrítica, sobre todo habituados a la apelación generacional y a la velocidad, a correr más rápido, a la inmanencia y a la inminencia, a la jubilación de las mediaciones por la inmediatez de las “decisiones sin determinaciones”, al llamado a un “nosotros”, a una “comunidad”. ¿Pero quiénes? En comparación con eso las diatribas e intercambios que vienen aquí abajo son un poco más saludables.

  • Sin querer creer que la columna está realmente seleccionada para pensar en un “auto-gobierno” propiamente tal, lo cierto es que entiendo el actual “auto-gobierno” de aquellos dirigentes que tomaron un mal camino. No tengo dudas que la Concertación durante su trayectoria hizo un buen trabajo: lo que afirma con precisión las palabras de Jorge -lo cual comparto- es que en sus últimos pasos en el poder, el gobierno termino por gobernarse a ellos mismos perdiendo su ethos democrático. No hubo silencio ni oídos para escuchar a sus propias bases; no fue capaz de escuchar a millones de estudiantes gritar por una buena educación. El gobierno ciudadano y participativo nunca llegó. Con justa razón, e independiente del lugar donde uno esté, se puede pensar cómo el autogobierno se debe ejercer asumiendo los nuevos tiempos y, por cierto, las nuevas ideas.

    Saludos.

  • Una pena que el primer comentario carezca de todo contacto con la realidad. Derecho en la UDP es en este momento el proyecto académico progresista más sólido en Chile en el plano jurídico. Es super fácil teclear un par de pachotadas desde la nada (o mas bien, desde nada más que un computador) y desde el anonimato, anonimato que seguramente recubre la irrelevancia personal de quien los escribe.

    Sobre la columna, me parece muy adecuado el paso que da el columnista de enmarcar la discusion de futuro con un relato (que no meta-relato) que nos permita poner en perspectiva los aspectos mas detallísticos de qué rol tomarán la sociedad civil y la oposicion política en este nuevo gobierno. El relato del autogobierno ha sido tremendamente fecundo en la historia política, como el columnista prueba conclusivamente. La pregunta central, en mi opinión, es si arraigará en Chile. Y no es una pregunta con fácil respuesta.

    ¿Cuáles son los cambios más importantes de la sociedad chilena en las últimas décadas? Uno de ellos, la lucha contra la dictadura, pareciera a primera vista presentar a los integrantes de nuestra sociedad como ciudadanos y en ese sentido enlazar con el relato del auto-gobierno. Sin embargo, también se puede entender como una lucha del individuo contra el Estado desatado, un relato alternativo que paradojalmente se enlaza con el relato fundacional mismo de la dictadura. El otro cambio social importante es, como argumenta Tironi en La Irrupción de las Masas y el Malestar de las Élites, el acceso al consumo (y a través de éste a la modernidad) por parte de un creciente número de individuos, La traducción política de este análisis fue la “mediática” inclusión del gásfiter Faúndez en la campaña de segunda vuelta de Ricardo Lagos. A diez años de ese hito, muchos argumentan que Piñera supo interpretar mejor a esos “emergentes” y “aspiracionales”, mientras que la Concertación prefirió anclarse en un tercer relato, “todos contra la derecha”.

    El relato “todos contra la derecha” puede ser muy bueno para aleonar a la militancia, pero no sirve para darle sentido a un gobierno y menos aún para ganar elecciones. El relato individualista y libertario parece haber tenido más resilencia y éxito de lo que hubiésemos querido. La pregunta, de nuevo, es si el relato de autogobierno que el columnista propugna y defiende podrá ganar terreno en nuestra república.

  • Fernando, el hecho de no poner más que el nombre en el comentario (no sabía que había que poner el curriculum en este blog) no permite ningunear al otro por el rodeo de apoyarse en su anonimato circunstancial. Sobre todo, después de lo que escribe: por un rodeo pseudo-sociológico llega a lo mismo. Como los autores ubican su procedencia bajo las columnas, es bueno también hablar sobre los lugares de enunciación. Por cierto “derecho” de UDP es un proyecto interesante, lo que aún no podemos afirmar de la institución en su conjunto, cuya posición (y la del resto de las universidades privadas) en el debate sobre educación superior está lejos de seguir una línea de “autogobierno”, si quiere usted llamarlo de algún modo. Dicho esto, si usted además de ningunear, o, como decía Octavio Paz, además de convertir a nadie en ninguno, lee los comentarios verá que ya está planteado lo que usted dice sin rodeo, a saber, que no hay análisis sobre el concepto y la realidad chilena. Análisis un poco más sofisticado que el que usted, desde tan alto vuelo, nos propone. Eso se ha trabajado en dos tesis recientes, sobre las que no cabe volver aquí y que seguramente ustedes conocen. Sobre el otro punto, bueno, allí está… en la prensa y en la web de la universidad privada. Si usted comprende la noción de “autogobierno” a la que se refiere el autor aquí, y le añade incluso la categoría de “relato”, me parece que existen líneas que yo no he leído, que son conversadas en algún pasillo y que un lector tendría que adivinar. Confieso eso. Supongo que se conocen, y usted comprende más que yo a qué se refiere el autor. ¿”Relato de auto-gobierno”? No sé, me parece que tendrían que trabajar más el tema.

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