Estrellas, padres, monitos: La franja electoral presidencial

29 de Nov, 2009 | Por | 3 Comentarios

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p style=”text-align: right;”>por Andrés Kalawski *

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Si le hago una pregunta a mis estudiantes, una que empiece con cuándo, con dónde, con por qué, habitualmente su respuesta comenzará con un “no, es que”. Siempre me ha maravillado esa negación curiosa, que no se refiere a la pregunta, que afirma débilmente, ni a la respuesta sino más bien a unas voces que en su interior reemplazan mi pregunta por una acusación que es necesario refutar con urgencia. También empiezo entonces, acallando las voces que me acusan y por las que nadie ha preguntado.

Al acercarme a pensar las franjas televisivas de los candidatos a la presidencia, me excuso del horizonte de la eficacia (¿se han fijado lo mucho que le gusta a los niños la franja de Marco Enríquez?). Para pensar si funciona, tenemos que dejar en sombra lo que significa, que es lo que aquí interesa. No se trata de ser funcional a los comandos mostrándoles sus aciertos y sus errores, sino de resistirse por un rato a la funcionalidad para crear nuevos espacios de pensamiento. Tampoco pretendo pensar la originalidad de las propuestas (se han hecho denuncias más o menos serias sobre la proximidad de algunas, sobre todo respecto de Sebastián Piñera). El problema autoral está siempre más cerca de una disputa económica que creativa. Quien se arriesgue a leer, asume el peligro de la paranoia y el oráculo. Como nos enseñó Ginzburg, la interpretación está tan ligada a la cacería como a la adivinación y la magia. Por último, sobre la sistematización del objeto, no soy más que un espectador ideal, no en el sentido de un muy buen espectador, sino en el del espectador proyectado por los equipos creativos, uno que no ve todos los capítulos, pero que cada uno que ve, lo recuerda intensamente.

1.- Las canciones:

Dije ya en un par de lugares que lo interesante de las franjas es que son la primera oportunidad verdaderamente visible para la ciudadanía de mostrar cómo cada candidato es capaz de convocar a un equipo y ponerlo a trabajar, es decir, el primer lugar visible donde la persona candidato se articula en proyecto (esto es particularmente relevante en una elección en que los programas de gobierno se han jibarizado en presentaciones powerpoint, como ya se ha dicho en este blog). Entonces, la manifestación más intensa de la articulación de un proyecto podría darse en la canción de la campaña, pensada para multiplicar, mediante el coro ciudadano, el alcance del candidato.

Como ha sugerido Claudio Rolle, la política chilena abandonó hace un rato la idea de construir himnos, reemplazándola por la de construir jingles. La transformación no obedece sólo a la maldad, a la poquedad de nuestros políticos, sino también a lo que hay quienes llaman postmodernidad. Ahora que una margarina, que una lavadora, puede construir un himno de su imagen, la política tiene no sólo competencia sino espacio que aprovechar entre las melodías de incitación al consumo que son los jingles.

De las cuatro campañas, resulta muy curiosa la escasez de música en la franja de Jorge Arrate. Constato en su sitio web que tiene dos buenas versiones de una interesante canción que ensalza la posibilidad de abrirse al futuro (no deja de ser simpático en una campaña obsesionada con cambio y progreso). Y sin embargo, la música no articula, como en las otras, el discurso de imágenes, ejemplares hipertrofiados de videoclip. Arrate prefiere las palabras a la música. Otra vez, por sobre el proyecto popular, el proyecto racionalista de la izquierda.

La canción de Piñera, de la que se ha hecho notar que guiña, mediante quenas y charangos, una cierta musicalidad de izquierda, llama la atención por tres cosas: primero, por la marcada ambigüedad semántica de declarar como lo deseado un “Chile así” que permite la máxima adaptación del ideal a casi cualquier cosa; segundo, por la soterrada tristeza que porta su melodía. Todavía no entiendo qué hay en la pena que fascina a la derecha. Si no me cree, revise la franja parlamentaria de Renovación nacional del ’89 y escuche la franja de Büchi, fíjese en las tristes cuerdas que acompañan ¿Qué les atrae de la melancolía a ellos que andan con el poder en el bolsillo?; tercero, que los testimonios hablados, intercalados en la versión radial de su jingle, riman (“alto / abajo”, “problemas / queman”). Estas sutiles rimas asonantes, al contradecir la norma de verosimilitud de los testimonios (deben parecer espontáneos por su capacidad de mimetizarse con el verdadero lenguaje de todos los días), revelan que, en el fondo, su énfasis en la libertad y el poder del individuo sólo corren para algunos. Los que están abajo, los que testimonian desde el margen, deben resignarse a rimar, acomodándose al ritmo de la letra para servir al individuo que está al centro y arriba.

La canción de Eduardo Frei, en tanto, usa como modelo  el soul y el gospel. Es una bonita forma de traslucir que, mientras el discurso de campaña llama a la construcción de una especie de socialismo europeo, los moldes de su pensamiento, su idea de la felicidad, vienen aún de Norteamérica.

La canción de Marco Enríquez (tiene dos, pero son intercambiables para estos efectos) es probablemente la mejor, juzgada con los parámetros del pop. Es energética, recordable, cantable, urbana. Y está pensada para cantarla solo, para escucharla en audífonos, nunca para corearla entre multitudes. Aquí aparece pura y magnífica la adoración de este candidato por el individuo por sobre la comunidad.

2.- Los símbolos

Mientras suena de fondo la canción ¿Qué es lo que vemos? Además de los clips, de los montajes veloces y atractivos, las campañas se centran en una figura, ojalá una fácil de recordar, que se queda en el ojo del votante incluso después de que ha terminado la franja o se ha separado del letrero. En el caso de Frei, la flecha que une al individuo emergente y recalca su filiación democratacristiana, se multiplica, se dobla, se fríe, se transforma queriendo decirnos que nosotros también estamos ahí, que nosotros somos todos emergentes y todos Frei. Que la mayor parte del tiempo avance hacia la derecha no es culpa del candidato sino de las convenciones cinematrográficas. En cambio, Piñera y ME-O, eligen la estrella pitagórica, el símbolo solitario de nuestra bandera, nuestro destino iluminado y nuestro aislamiento. Es verdad que Piñera quiere hacer una estrella diversa, llena de colores. Pero fíjese usted en los colores. Un rosado, como las líneas verticales en las camisas de los miembros de su comando, un amarillo entre damasco y mostaza, como los chalecos de los miembros de su comando. Un celeste y un azul, buenos para camisa, para pantalón o para uniforme de gendarme. Una diversidad hecha de lo mismo.

3.- Las figuras tutelares

La estrella de Marco Enríquez, protagonizada por la firma de su apellido, nos lleva a preguntarnos por las figuras tutelares que apadrinan y dan continuidad a estos proyectos políticos en la franja. Arrate usa, como es de esperar, la figura de Allende. Se la invoca siempre, como un talismán, pero, oh, curiosidad, se la muestra poco. Quién sabe si por problemas de derechos de autor, por el deseo  de innovar en la imagen o por lo que sea, se vuelve un padre ausente, nombrado, por el resto de la familia, pero que no aparece, que no puede volver a aparecer.

Piñera, por supuesto, no invoca a nadie más que a sí mismo. No hay pasado, no hay historia ni filiación. Sólo un hombre poderoso rodeado de sus asesores. Un hombre poderoso, muy poderoso, hasta el punto de la compasión, al escuchar a los pobres mortales. Y es evidente que en ese deseo de no tener historia y en ese despliegue de poder toda la historia de la derecha chilena está presente.

La Franja de Frei oscila entre la tutela del Frei anterior y la de Bachelet y se decide por esta última, llegando a niveles ridículos cuando su apellido rellena la flecha que deja escrito “Frei” tras su paso. Uno casi espera que el candidato se trasvista.

La franja de Marco E. en cambio, tiene tantas figuras paternas que cualquiera podría marearse. Mientras invoca a Bachelet, la imagen endiosa al candidato, lo muestra potente, veloz, energético, deseable (una señora lo besuquea). Pero, al mismo tiempo, su padre, el guerrillero más energético y más deseable de lo que nunca podrá ser su hijo, sólo por estar vivo, ronda con su sombra y eclipsa al candidato en una adoración dudosa. Vi el capítulo cuarto de la biografía de ME-O. El cuarto. E iban en orden crronológico. En el capítulo cuarto murió su padre. Marco Enríquez estaba yendo al jardín infantil ¿Cuántos capítulos serán?

4.- Monitos animados. La lógica episódica tras la biografía viene, es claro, del modelo de novela por entregas que, alimentándose del melodrama teatral, lo llevó a nuevas alturas y dejó listo el campo para la aparición de las teleseries, nuestro formato madre de la ficción televisiva latinoamericana.

Todos los candidatos quieren encontrar algo que sea tan bonito, tan recordable, tan emocionante como un teleserie. Incluso Arrate hace una, que sigue los códigos de las más antiguas, con una moral rígida y maniquea, en la que, por ejemplo, el consumo de drogas aparece como algo muy censurable. Lo curioso es que todos quieran un formato que retrocede. ¿Se han fijado cuánto marcan en rating las teleseries actuales de las 8 de la noche?

Así, al final, acorralados, a los candidatos sólo les queda ofrecernos animaciones. Hermosos (lo digo en serio) monitos animados que nos emocionan como a niños. Y así la franja se resigna a ser televisión cualquiera, de horario familiar, llena de dibujos.

Cuatro franjas profesionales, con buena imagen y buen sonido. Cuatro buenos programas de televisión (bastante más entretenidos que otros que ofrece la parrilla actual). Pero sospecho que tras la fachada de profesionalismo, reina el desconcierto que se revela en su enorme simulitud. Los cuatro candidatos, quizá cabizbajos, han aceptados ser tratados como productos de mercado. Obedientes, participan en los spots que los promocionan como a cualquier yogurt. Pero una vez más la política llega tarde. Son productos profesionales, pero bajos en diferenciación.  ¿Sabremos nosotros,  consumidores ciudadanos, distinguirlos?, ¿nos resignaremos a las marcas genéricas?, ¿nos cambiaremos de supermercado?

* Andrés Kalawski es actor, dramaturgo y guionista. Magíster en Literatura. Profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Universidad Mayor.

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3 Comentarios

  • Claudio Fuentes Bravo says:

    Andrés, certero análisis, te felicito por invertir tiempo en algo tan simbólicamente mal pagado como escribir columnas en la web. Creo que la franja es una especie de huella de una tradición que se percibe hoy (para muestra tu análisis) como superflua e inútil. Mirar la franja es como mirar el cielo para contemplar el pasado (recuerda a C. Segan presentado por H. Olguín en los 80) Seguro vivimos una transición a formas menos torpes de captar adhesión para un candidato. No imagino cuáles podrían ser esas estrategias… me gusta la ciencia ficción pero no la ciencia política. Seguramente algo entre “la fantasía tecnofacista de elegir al mejor o más dotado” y el ensalsamiento (en todo su campo semántico) kitsh del actual sistema.

  • Andrés, gracias por tu columna, me evocó la necesidad de re-pensar la politica desde códigos más complejos que la izquierda/derecha, compro/no compro, pasado/futuro. Es tan pobre la épica de supermercado que nos tratan de vender que cuando los políticos “bajan” a la tele nadie les cree. Es demasiado disonante su actuar eleccionario con su actuar en los cargos que ganan (o pierden). La movilización que las campañas podrían generar entre los adherentes (los que no son pagados que son cada vez menos) se pierde porque no hay nada que organizar, todo es vender, mentir, engañar, hacer como si les importara algo las millones de historias de la gente que no salen en TV.

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