Arauco tiene una pena…

02 de Sep, 2009 | Por | Sin Comentarios

Por Juan Carlos Moraga*

“A los vascos, como a los mapuches, se les enseñó en el colegio que eran un pueblo originario, el orgullo de la reconquista y los detentores de una sangre y una lengua única. Pero a la vez se les aplastó esta lengua y esta sangre.” Rafael Gumucio

Recortamos sus figuritas en los Icarito, comemos merquen, el semblante del cacique reluce veleidoso en el escudo de uno de los equipos de fútbol más populares, adornan mujeres mapuches las monedas de 100 pesos, nos emocionamos escuchando a Elicura Chihuailaf conversando con Cristián Warnken en la tele, nuestro finado escritor nazi Miguel Serrano los proponía como el eslabón más cercano a los rubricos Arios, nos venden diccionarios de mapudungun en la micro, Piñera rodeado de niñas y ancianas vestidas de mapuches por YouTube…

Una especie de chiste siniestro, de hipócrita tolerancia, en contrastarse con los hechos de violencia que se han dado en la pasada semana en el Sur de Chile; tan siniestro, tan hipócrita como los debates en torno a la pena de muerte que ha remecido la buena conciencia de algunos y las ansias represivas de otros…

Quédense tranquilos, la pena de muerte nunca fue abolida, al menos no en el caso de la protesta social… y menos en el sur de Chile.

El nombre de Jaime Mendoza Collío, se suma a la triste lista integrada por Alex Lemún Saavedra, Matías Catrileo Quezada y Juan Collihuin Catril, entre otros, todos muertos en democracia, bajo gobiernos de la Concertación.

Jaime Mendoza Collío murió el pasado miércoles, baleado por la espalda mientras fuerzas de Carabineros realizaban un operativo de desalojo en el fundo “San Sebastian” perteneciente al particular Sergio González Jarpa, tras la toma del predio  por numerosas familias que reivindican derechos ancestrales de propiedad.

Durante el operativo además fueron heridos y arrestados ocho comuneros más.

Hasta la fecha las manifestaciones y expresiones de repudio al accionar policial y estatal a lo largo de Chile no han cesado, y no es difícil suponer que lleven a nuevas expresiones de violencia, hasta cierto punto comprensibles.

Pero pese al incremento de las tensiones entre los actores sociales antagónicos y la solución al llamado “conflicto mapuche” parece más empantanada que nunca.

¿Por qué?

No es por el simple problema de la tierra, ni el largo historial de exclusión y pobreza, ni siquiera por la deuda largamente ignorada del pueblo chileno para con sus pueblos originarios. El problema es que nos negamos a discutir lo central: así como los vascos o los catalanes no se sienten españoles, los chechenos no se sienten rusos y los irlandeses no se sienten británicos, los mapuches no se sienten chilenos, no se sienten ni quieren ser chilenos.

Los procesos de colonización, desigualdad y exclusión han logrado, a base de violencia física y simbólica, sembrar las bases de esa forma tan particular de la lucha de clases: el conflicto de nacionalidades.

No importa el territorio, no importa la bandera, ni siquiera importa, como señalaba Engels, que los mestizos chilenos pobres sean explotados por los mismos patrones que los mapuches pobres. Lo que importa, lo único que importa realmente, es que los miembros de un pueblo ancestral han decidido que, siendo el chileno el que los persigue, los discrimina y los explota, no tienen ningún buen motivo para ser chilenos.

Los comuneros mapuches se han organizado y realizado acciones directas de forma continua y metódica, logrando insertarse socialmente en las bases de todas las comunidades a lo largo de La Araucanía, alcanzando cada vez mayores grados de organización, sin la necesidad de un uso desmesurado de la violencia y con la claridad de comprender que en su situación, la de los que no tiene nada que perder porque todo les fue arrebatado, cualquier logro es victoria.

Además, el movimiento ha sido lo suficientemente activo y perspicaz como para lograr aglutinar numerosas fuerzas sociales que le acompañan y legitiman. Logrando posicionar los problemas de la “cuestión mapuche” en un lugar central, y por qué no hegemónico, dentro de las reivindicaciones de la izquierda en su conjunto.

Este conjunto de factores nos debe obligar a reflexionar, pese a lo que digan los patriotas miembros de la derecha, sobre el hecho de que en Chile tenemos nuestro propio, original y, por ahora, moderadamente sangriento conflicto de nacionalidades.

Hasta lograr aceptar y convivir en esa (y con esa) diferencia de identidades no habrá posibilidad de paz.

Camilo Vial, Obispo de Temuco, con sus declaraciones, logró poner en la opinión pública este problema: “lo primero que tenemos que hacer como pueblo chileno es tratar de conocer a las personas con que estamos tratando”.

Para el Obispo, que reconoce en su declaración el claro conflicto de nacionalidades, “no hemos sabido vivir dos pueblos en un mismo territorio haciendo vida juntos y hoy, ad portas de la celebración del bicentenario de la República, es importante que cada institución asuma su rol, favorezca el diálogo y trabaje por el encuentro entre estas dos culturas”.

Si bien el clima de violencia es real, como en todo conflicto de nacionalidades, hasta la fecha se mantiene, salvo trágicas excepciones como la de la pasada semana, en un estado latente o potencial y sin los niveles de brutalidad y tecnología que marcan los conflictos de nacionalidad en otros continentes. Pero no sabemos realmente por cuánto tiempo podrá permanecer así.

La cuestión radica ahora en si estamos dispuestos a tolerar más violencia o estaremos dispuestos a abrir el diálogo acerca de la cuestión mapuche dejando de lado ímpetus coloniales, prejuicios raciales, intereses económicos, y patriotismos sin sentido.

Sin duda la “cuestión mapuche” es una de las tantas disputas que se cierne sobre la izquierda democrática que nos obliga a alejarnos de la asfixiante coyuntura electoral y nos exige posiciones y respuestas efectivas y no sólo declaraciones testimoniales.

Con cierto optimismo se puede creer que estas acciones más violentas y confrontacionales son la consecuencia del agotamiento de los grupos más combativos y radicalizados frente a la los logros en la materia que ha logrado consensuar el gobierno, como señaló en una declaración pública el Secretario General de la Presidencia José Antonio Viera-Gallo.

Pero lamentablemete no es tan fácil. Si bien el gobierno ha logrado devolver muchas de sus tierras a algunas comunidades, los sectores mas politizados y que buscan además de la reivindicación territorial un mayor grado de autonomía, siguen siendo no sólo perseguidos política y policialmente sino además postergados en los procesos de reasignación de tierras, como ha ocurrido concretamente con la comunidad Requem Pillan, a la que pertenecía Jaime Mendoza Collío.

Además, el proceso de criminalización, persecución y control de identidad y portación de armas ha sido absolutamente desigual: mientras las comunidades son perseguidas, los hacendados y latifundistas se apertrechan, dispuestos a defender su propiedad a sangre y fuego, además de contar con el pleno apoyo policial.

Políticas activas de integración, negociaciones sinceras y justas, grados de autonomía real y creciente dentro de los márgenes posibles para un Estado nación, son los temas a discutir.

¿Habrá voluntad política para hacerlo?

¿O preferimos arriesgarnos a tener nuestra pequeña Irlanda del Norte por defender unas hectáreas de tierra, unos tractores y los intereses de un puñado de latifundistas?

*Juan Carlos Moraga es Sociólogo. Reside en Buenos Aires. Columnista del Centro de Estudios Sociales AVANCE (Donde este artículo fue publicado orginalmente)

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