Los achaques de la señora Sociedad Civil: ficha médica e indicaciones

31 de mar, 2007 | Por | 8 Comentarios

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La teoría política de comienzos de siglo, los conductores de matinal, los voceros políticos y la banca multilateral de desarrollo (BID,BM) han caído rendidos en los últimos años al celebrado regreso del viejo término “sociedad civil”. En efecto, tras la constatación de la parcialidad de enfoques totalizadores del Estado y del Mercado, el tercio con menos mala prensa –hasta cierto punto, el tercio residual-, que además emergía con la marca heroica de haber dado las peleas para terminar con los regímenes autoritarios en tantas partes del mundo, era la Sociedad Civil. Así, flamante, se inició su meteórica carrera hacia el cielo de las invocaciones políticamente correctas.

El cúmulo de virtudes con las que se ha cargado al concepto es amplio, tanto que es evidente que no es posible que estemos todos (republicanos, neoconservadores, activistas, liberales, neoliberales, hippies) hablando de lo mismo. Cada mirada le agrega méritos que coinciden con lo que ella encuentra bueno y deseable, llegando a transformarla en una panacea, en un Frankenstein para resolver todos los males de la complejidad socio-política contemporánea. Esta prodigalidad es la que da lugar para imaginar a la sociedad civil como “una señora que entiende muy bien las cosas, sabe lo que quiere y lo que tiene que hacer, es buena, buena, y, desde luego, la única adversaria posible de la perversidad estatal. seniora.jpgEn tan virtuosa y tiene tanta seguridad en sí misma, que da miedo”[1]. Algunas de las “gracias” que más conspicua y unánimemente se le atribuyen a esta señora son la autonomía, la autorregulación, la diversidad, la civilidad.

Muy brevemente aquí quisiera nombrar algunas de sus “miserias”, pocas veces pronunciadas:

  • Particularismo: los intereses de los grupos que entran dentro de lo que se entiende por sociedad civil la gran mayoría de las veces están más cerca del corporativismo que de objetivos colectivos de carácter amplio.

  • Desigualdad: dentro de la sociedad civil se reproducen -no tendría cómo ser de otra forma- las desigualdades en recursos de poder del conjunto de la vida social. Y como las personas con más tiempo y dinero pueden organizarse mejor, “el coro de los grupos de interés canta con un acento decididamente de clase alta”[2]

  • Incivismo en su interior: los movimientos sociales, agrupaciones, organizaciones comunitarias, suelen dejar mucho que desear en cuanto al carácter democrático de sus procedimientos internos. Piénsese en el presidente de la junta de vecinos eternizado en el poder. Horror.

  • Anemia: Por los mismos procesos de ajuste estructural, modernización y otros “shocks” de las últimas décadas, la sociedad civil de la que hablamos se encuentra probablemente demasiado anémica, en varios sentidos, como para hacerse cargo de tareas de la magnitud que se le imputan: ni más ni menos que el desarrollo social y la profundización de la democracia.

Por todo lo anterior, hay algunas “alertas” que puede ser saludable mantener a la hora de poner a la sociedad civil sobre la mesa:

  • Ojo con la idea de “la” sociedad civil, es decir, con pensarla como una unidad. El riesgo es negar su diversidad interna y estereotiparla como un dechado de virtudes.

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  • Ojo con totalizar la sociedad civil, cayendo en la tentación de volverla panacea y darle una vocación universalista y utópica de la que en principio carece. La tendencia a seguir buscando principios únicos de organización de la vida social nos puede jugar una mala pasada.

  • Ojo con la sociedad civil como fantasía funcional al neoliberalismo, que entiende la desregulación como un proceso unilateral de devolución de responsabilidades a la sociedad civil (en último término, a las familias y los individuos) al mismo tiempo que se reducen los apoyos sociales que podrían hacer esta devolución mínimamente factible.

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  • Ojo con la “oenegización” de la sociedad civil, es decir, homologar sociedad civil con ONGs -especialmente en el campo de la gestión de políticas públicas-, dejando fuera a organizaciones muchas veces más contestatarias como los sindicatos, gremios, organizaciones campesinas, populares y cívicas.

Con estas cosillas en mente, podemos al menos devolverle parte de su carácter polémico a este concepto, que históricamente siempre había representado una postura crítica frente a las prácticas y representaciones del poder predominantes en su momento. La señora solía ser una jovencita intrépida. Su actual placidez y corrección no es más que una calumnia levantada en su nombre y en su contra.


[1] Soledad Loaeza, “La sociedad civil me da miedo”, Cuadernos de Nexos, 69, marzo de 1994.

[2] Schattschneider citado en Karl, T.L. “América Latina: Círculos Virtuosos o Perversos” en O’Donnell, Iazzetta y Vargas Cullell (comps.) Democracia, Desarrollo Humano y Ciudadanía. Reflexiones Sobre la Calidad de la Democracia en América Latina, Ed. Homo Sapiens, Santa Fé, 2003.

(La imagen de la “última comilona” es de acá, de la señora de acá, de los achaques de acá y de los ojos de acá)

8 Comentarios

  • Rocío: Gran post. certero y con mucha reflexión teórica atrás. La “sociedad civil” como concepto creo que falla en el apellido “civil”. Como que nos cuesta hablar de sociedad a secas. Las antiguas “fuerzas vivas” han sido cooptadas por el clientelismo político y por los intereses corporativos de grupos sectarios. En Chile además la vinculación sociedad-partidos se “oenegeneizó” en demasía. Chile requiere sociedad, discusión pública, y tematización crítica de la contingencia, medios de comunicación propios, una voz distinta a las dominantes. Mientras el discurso público sea Uno, La sociedad civil será sólo un receptáculo de los acuerdos de quienes lo producen y reproducen.

  • La sociedad civil es un concepto que tampoco me agrada, pero prefiero el de “sociedad libre”, vale decir, una sociedad formada por individuos autónomos, sin depender de colectivismos o de asistencialismo estatal.

  • Un saludo cordial de LGA para ustedes, estimados republicanos, por su primer año de vida. Siempre nos brindando buenos artículos y comentarios.

  • Rocio,

    Buen artículo. Creo que tengo que estar de acuerdo con Sebastían acá, y con Carlos (ChL) en cierto modo también. Creo que el clientelismo de la política que esta implicado un poco con el apellido “civil” es de cuidado.

    Efectivamente, necesitamos una sociedad más “libre”, en el sentido de gente usando más efectivamente sus derechos para dejar de ser parte de un público que vota cada X años.

    Por supuesto, esa libertad incluye la libertad de asociarse, aunque a nuestros colegas en ChL eso no les guste.

    Saludos.

  • Super bueno tu artículo Rocío, me sumo a las opiniones de Sebastián y Carlos (DLR). Hoy La Sociedad Civil, tiene poco de civil, como acertadamente lo indicas en el post, el clientelismo y el mal uso de los pequeños espacios sociopoliticos (junta de vecinos etc), han llevado a perder civilidad. También va perdiendo harto de Sociedad, se está tendiendo a lo que CHL dice “individuos autónomos”, que no tienen mucha autonomía, y poca individualidad y harto individualismo. Los colectivismos no son colectivos, en fin… la señora requiere de observación y quizá un cambio de receta porque algunos tratamientos la han empeorado y no mejorado.

  • Estimados DLR e invitados, Gracias por la lectura y los comentarios. Llama la atención que, al parecer en nuestro país, varios de los problemas más evidentes de la sociedad civil provienen de su falta de autonomía respecto del mundo de lo político. Como dato histórico parece que no es menor que nuestro Estado haya nacido -a diferencia de los otros de la época en el siglo XIX en América Latina- sin libertad de asociación (el famoso estado portaliano).

    A quien le interese leer más, en http://cariari.ucr.ac.cr/~oscarf/socied.pdf pueden encontrar un artículo bastante completo sobre la discusión teórica en torno a la sociedad civil, aparecido en Boletín Electoral Latinoamericano.

  • Interesante artículo… Sociedad Civil es un concepto que suena tan difuso en mi cerrado cráneo como “Inteligencia Militar”, pero veo que vamos evolucionando: hemos pasado de chusma querida a pueblo y luego ciudadanía para terminar inmersos en “la” sociedad civil. Una sociedad que, con nuestra diversidad, nos hace a todos “iguales” en el momento de emitir un voto, pero que al día siguiente nos recuerda que emitir la dichosa rayita fue nuestra función, como el raspe que me da la misma oportunidad que a todos los apostadores de hacerme millonario, pero termina en “siga participando”…

  • Gracias, Rocío, por esta columna. Da para reflexionar y abre flancos importantes de discusión interna, de manera de aprender de la experiencia. Entre éstos, creo que será clave y súper iluminador sistematizar el proceso seguido por la “sociedad civil” en Chile en el período de redemocratización en los noventa.

    Con matices y una gran diversidad de expresiones, hay dos tendencias que marcaron este tiempo, en mi opinión. Por una parte, se hizo la traumática distinción por parte de las elites políticas de la época entre tercer sector virtuoso / funcional -clave para la terciarización de políticas a las que aludes- y el indeseado – crítico y , al cual se dejó explícitamente fuera del pacto y proyecto político tras dictadura-. Por otra parte, y asociado a lo anterior, se estratificó en la práctica entre una sociedad civil “profesionalizada” y otra “destinataria de apoyo”. Lo anterior operó bajó un modelo en que integrantes de ONGs capaces de proveer de servicios al estado trabajaron para “empoderar” a las comunidades, brindando asistencia a organizaciones de base compuestas, en varios casos, por antiguos compañeros de movilización y sobrevivencia en la década de los ochenta. En paralelo, se avanzó en impulsar enfoques participativos para la gestión de políticas públicas -con los consabidos límites y dobles lecturas que bien identificas en la literatura-, en implementar múltiples fondos de limitado poder transformador – a veces, decididamente con poder cooptador- para organizaciones sociales, y en implementar una ley de participación todavía poco apropiada por parte de su actor fundamental -la ciudadanía-.

    Un síntoma de los impactos desmobilizadores de este enfoque fue el descalabro que se evidenció cuando la cooperación internacional comenzó su retirada y, en el marco del impulso a la modernización del estado en el gobierno de Frei, se decide canalizar los recursos recibidos prioritariamente a través de la AGCI.

    Viviendo en El Salvador hace meses, veo el vaso medio lleno y medio vacío. Con sus profundos límites, esta experiencia permitió fortalecer redes locales que hoy comienzan a dar frutos, atendiendo a todos los riesgos que identificas. Aunque constreñidos, los espacios de participación gestados a nivel territorial permitieron canales de formación y expresión a jóvenes y mayores, que por ejemplo, son inexistentes en el país donde hoy vivo, dando cuenta de una sociedad que se quiebra a diario. Entre los aprendizajes, además de todo lo que nos indicas, creo fundamental estar alertas y en autocrítica permanentemente a los usos de términos como sociedad civil o participación ciudadana. También, a separar muy nítidamente entre acción política y terciarización de servicios.

    Recomiendo leer el trabajo silencioso del sociólogo chileno Gonzalo Delamaza en este tema, junto a la valiosa reflexión de la politóloga brasileña Evelina Dagnino sobre la doble lectura del concepto “participación”.

    Gracias nuevamente y feliz navidad!

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