La muerte de Pinochet y el futuro de la república. Ejercitando la memoria.

20 de Dic, 2006 | Por | 8 Comentarios

Y murió el dictador. Los medios nacionales nos han brindado un festín de imágenes patéticas de odios y rencores de antigua data, los medios internacionales han manifestado la ausencia de justicia a los crímenes y abusos de tantos años de un poder sin contrapeso, de una dolorosa transformación social y económica hecha a punta de metralla, control y saqueo. Y sin embargo, aquí estamos, de cara al siglo XXI, con una presidenta mujer, atea, socialista y víctima de la tortura y la violencia en sí, en su familia y en sus seres queridos, con una sociedad abierta al mundo y una economía competitiva y ferozmente integrada a los circuitos económicos globales ¿y qué hemos aprendido?

Al parecer muy poco. Aunque celebrar o llorar desconsoladamente es legítimo como toda experiencia individual y afectiva, es hora de balances, de aprendizajes, de evaluación, pero sobre todo pienso que es hora del futuro y para esto Chile no está preparado.

Creo que con la muerte de Pinochet se abre la posibilidad de cerrar el siglo XX en Chile, ha muerto Caín, el asesino del hermano, y todos los chilenos llevaremos por algún tiempo más la marca de la violencia en nuestra frente, pero, generacionalmente, la sangre no estará en nuestras manos. Como el mismo dictador dijo el nefasto 11 de septiembre del 73 –con esa frialdad sádica que le caracterizaba- esperemos que muerto el perro, se acabe la leva.

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Nacimos en dictadura, somos miembros de una generación que se crió sin conocer de libertades civiles y políticas, a algunos, como a mi, nos costó muchos años valorar y participar de esta democracia imperfecta, autoritaria, restrictiva y oligárquica, esto nos hace frágiles en nuestras convicciones democráticas, somos caldo de cultivo para la crítica antisistémica, la marginación indolente o la individualización hedonista y sin embargo estamos tratando de articularnos más acá de las modas globalizantes y más allá de la política de los consensos. Estamos tratando de tomar el futuro y construirlo con nuestras manos, entre todos.

Más allá de los ritos funerarios, la muerte de Pinochet debiera representar varias muertes más, por lo pronto la del origen discursivo del presente. La coalición gobernante no tendrá ya un referente vivo al cual echar mano como el fantasma sobre el cual construir un discurso aglutinante entre sus filas. La derecha ya no tendrá que pronunciarse –u omitirse- ante la cada vez más evidente demostración de los excesos políticos, humanos y financieros del fallecido dictador y podría (aunque lo dudo) articular un discurso y prácticas que la lleven a convencer a la ciudadanía de su absoluta vocación democrática.

Creo que la presión es más fuerte para la Concertación, por el hecho de ser gobierno. Sin la tensión cívico-militar que la figura de Pinochet representaba , y con los mismos años de administración dictatorial y democrática, las operaciones del Estado ya no pueden justificarse en el modelo heredado por el dictador. La perpetuación en el poder será solo eso. Los casos de corrupción no tendrán en la cuentas del Riggs un soporte de legitimidad por la minucia de los montos y la “hojarasca” que levanta. Será eso, corrupción. Chile tiene la oportunidad de volver a vivir normalmente, de que las cosas vuelvan a ser lo que son, se ha quebrado el espejo encantado en el que nos hemos reflejado los últimos 30 y tantos años y que nos devolvía siempre la imagen que queríamos obtener. Muerto el dictador –que ya sabíamos que andaba en pelotas, lleno de joyas y manchado de sangre- tendremos que volver a mirar la realidad sin el prisma de ser su partidario o su detractor.

Creo que las generaciones mayores no podrán hacerlo. Lo que la elite política y empresarial de este país no ha podido brindarnos en 16 años -más democracia, más inclusión, más futuro y más igualdad- tampoco podrán hacerlo ahora. Han ganado tanto controlando el país que la teta no la van a soltar tan fácilmente.

Los partidos políticos operan hacia nuestra generación buscando “maletineros”, operadores y ayudistas para su propia perpetuación en el poder, tanto es así que un partido de la coalición gobernante tiene que estar en una crisis terminal para proponer limitaciones a la reelección de cargos.

Los medios de comunicación, operados por grandes intereses corporativos, nos instan a vivir un estilo de vida individualizante y superfluo, determinado por nuestra capacidad de consumo y construyen “noticia” donde no la hay, seleccionando eventos de alto impacto instantáneo, que caen rendidos frente a otros nuevos todos los días en un juego de nunca acabar, en un atentado flagrante a la memoria.

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Nuestra generación no debiera oír esos cantos de sirena. Ni la derecha ni la centro izquierda en el poder nos ofrecerán el recambio, no creamos que las transformaciones vendrán desde el centro del poder tal y como hoy lo conocemos. Recordando a uno de los ídolos de Pinochet, el dictador español Franco dijo “he dejado todo amarrado y bien amarrado”. El Chile de Pinochet sólo terminaba con su muerte, ni siquiera con el merecido castigo que la judicatura le quedó debiendo al país. Tampoco creamos en los documentos de prensa que nos lloverán en los próximos meses y aprovechemos este tiempo para aprender del pasado y mirar al futuro, pero en serio: reflexionemos en nuestras casas, con nuestros amigos, hagamos el ejercicio más humano posible, el del recuerdo, el de la memoria. Sólo de la aceptación fría del pasado podremos salir adelante, cambiar el país, superar los dolores de tantos chilenos. Valgámonos del recuerdo.

Yo, como todos, recuerdo. Yo recuerdo el miedo, yo recuerdo el toque de queda, yo recuerdo los apagones, el caceroleo, yo recuerdo un país alzándose en las calles por su futuro y el de nosotros, los niños de ese entonces, yo recuerdo las cortinas de humo de Cuadra, la campaña “chile somos millones”, yo recuerdo la tomboleta para mejorar la recaudación fiscal, yo recuerdo los desfiles militares en mi histórica ciudad natal, yo recuerdo los actos por batallas perdidas todas las mañanas de lunes en mi escuela municipalizada, humillada, despojada de su nombre y tradición y reclasificada en un código uniforme. Yo recuerdo la huelga de los trabajadores del cobre y mi padre en casa 40 largos días, yo recuerdo que fue forzado a cambiar de sistema de pensión y de salud con promesas que nunca se realizaron, yo recuerdo que con la plata de todos salvaron la fortuna de unos pocos, yo recuerdo carrizal bajo, el atentado en el cajón del Maipo, yo recuerdo que mi hermana se fue a la universidad en medio de una inseguridad infinita, yo recuerdo que mi madre, aunque simpatizante del dictador, fue cauta y me dijo la mañana siguiente del plebiscito: hijo, todo va a cambiar. Ya no está conmigo, pero pese a sus creencias estaría de acuerdo en que las cosas cambiaron, en muchos sentidos, para mejor.

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Yo recuerdo que, desde ese momento, a mi hermano y a mí nos interesó la política y de cómo servía para aminorar el sufrimiento de la gente si se hacía bien y que hemos hablado de ello los siguientes veinte años y que, aunque hoy pensamos distinto en muchas cosas, creemos que los valores de la justicia, la igualdad, la libertad y la tolerancia son benéficos para Chile, siempre. Yo recuerdo que desde ese momento descubrí que no todos pensaban igual cuando hablaban de política, aunque fueran madre e hijo o hermanos y que no era razón para exclusiones ni violencia de ningún tipo, yo recuerdo que mi familia cambió, que la adultez la descubrimos hablando de Chile y de su futuro y de la historia reciente del país, de cómo mi familia había vivido la UP y el Golpe, de que mi hermano nació en el paro de octubre del 72 y no había cómo encontrar un médico que asistiera a su parto, que a unos tíos les habían expropiado el campo y que repelían a los de la reforma agraria a balazos, que después del golpe un amigo cercano de mis padres había estado preso cuatro meses sin ninguna noticia, que la hermana de un tío político era detenida desaparecida, que mi hermana mayor vio cuerpos flotando en el canal San Carlos cuando tenía cinco o seis años. Gracias a ese cambio en la forma de conversar sobre nosotros en la familia, entiendo mi propia identidad y las complejidades de las que está hecha. Atesoro esos recuerdos porque dan cuenta de que todos tenemos algo de la historia de esos años inscrita a fuego en nuestras familias, en nuestra vida y la muerte de Pinochet me permite recordar lo que no tengo que olvidar de esos años, para que cuando tengamos que participar en el juego democrático, lo hagamos mejor que la actual elite dirigente. Para eso, tú, ¿qué recuerdas?

(fotos disponibles en flickr aquí, aquí y aquí)

8 Comentarios

  • Yo recuerdo el dintel de la puerta que conectaba la cocina y el patio, oscuro, donde nos parábamos, ollas y cuchara de palo en mano, a hacer sonar los metales por eso que no terminabamos de entender pero intuíamos. Recuerdo el estruendo de las ollas nuestras y de los vecinos en medio de la noche. Recuerdo que cuando sonaba el redoble de radio cooperativa y mi papá no estaba en casa, a mi me daba susto porque comprendía que era posible que no volviera, que justo le hubiese tocado. Recuerdo cómo en 1983, con cinco o seis años años y en plena comuna de providencia (en los bloques de edificios de Antonio Varas con providencia, esos con parque) tuvimos que dormir en el suelo, porque por la ventana se veían los cascos de los milicos pintados y las metralletas empotradas en el suelo… y recuerdo los tiros (al aire?) esas noches (gracias sn. sergio onofre jarpa por recuerdo concedido). Recuerdo que mi papá lloró cuando ganó el No, pero también que él mi madre y mis tíos estaban muertos de susto, y no se atrevían a celebrar en voz alta. Recuerdo que antes del plebiscito andaba con un cartelito del No en mi bicicleta de niño y desde los camiones del Sí me insultaron varias veces tipos muchos mayores. Recuerdo peleas a combos en vicuña mackena antes del plebiscito. Recurdo los eternos y repetidos apagones que nos recordaban que nuestra vida normal no era nada de normal (siempre había velas en la despensa). Recuerdo el susto a los autos de la CNI. Recuerdo que los vecinos de la casa del lado eran de derecha, pero igual se llevaban bien con mis padres, porque mi hermana pequeña era amiga de su único hijo. Recuerdo el stress de mi mamá cuando trabajaba en una oficina pública frente a un cuartel de la CNI, en José Domingo Cañas. Recuerdo unas revistas que llegaban medio clandestinas a la casa. Recuerdo que apenas abría el Apsi me iba a mirar los collage que hacían con fotos de pinochet. Recuerdo a Merino en la tele. Recuerdo milicos armados en las calles, siempre, y recuerdo el escalofrío de niño. Recuerdo que en mi colegio, aunque el 90% de alumnos y profesores eran de izquierda, casi nadie se atrevía a hablar de política. Recuerdo que la música de los casettes había que escucharla despacito… parece que era subversiva, no fuera a escucharse desde la calle. Recuerdo cuando atiné que en chile no había conciertos de música en vivo. Recuerdo la prepotencia de los carabineros. Recuerdo el olor de las lacrimógenas aunque era muy chico para tirar piedras. Recuerdo que nadie le creía a la tele (y recuerdo tanta tele para adormecernos: el festival de la una, sabados gigantes, tardes-de-cine/tardes-de-guerra, éxito…). Recuerdo la angustia una vez que una señora contaba en la Cooperativa cómo los milicos habían sacado a su marido y su hijo de la casa. Recuerdo haber juntado boletas para la tomboleta. Recuerdo la rima infantil de un montón de gritos contra pinochet que uno gritaba bastante asustado en las concentraciones, y recuerdo la disyuntiva de mis viejos de si dejarme o no ir con ellos a las protestas. Recuerdo que los libros de historia no decían nada de nada, aunque desde muy muy chicos entendimos que habia muchos muertos y mucho dolor dando vueltas. Recuerdo al bibliotecario del colegio llorando y fumando un puro el 6 de octubre. Recuerdo a un profesor de inglés al que habían torturado. Recuerdo como un martillo la voz golpeada de pinochet ladrando por la televisión en blanco y negro. Recuerdo que junto a él o detrás sonreían orgullosos y altaneros un montón de personajes que ahora ya mayores nos tratan de vender su democracia de carton piedra: los novoa, los cardemil, los lavín, los coloma, los longueira, los onofre jarpa, los cuadra, los larraín, los arancibia, los buchi… para todos ellos tenemos un pedacito de memoria que nos recuerda a cada rato que estuvieron ahí, apoyando la masacre.

  • yo recuerdo el autoadhesivo del “Si”, decolorado y medio raído en el refigerador amarillo de la casa de Depolo. Ya eran otros tiempos, mi tradición mal entendida de hijo de ex miristas que nació en el exilio me provocaba una tremenda contradicción con la complicidad y cariño que ya sentía por mi amigo y su familia. Los años 90 siguieron su deabrido curso al calor del hedonismo y la crisis moral que la iglesia atribuía a nuestra generación y entre tanta correría y chiquilinada nos dimos cuenta que eran más las cosas comunes que las direfencias entre nosotros, sobre todo a la hora de escuchar música, tomar piscola, conseguir chicas y jugar aclanadamente con nuestra banda a organizar cuanta ceremonia, campamento, proyecto, fiesta y jornada nos brinadara nuestro entorno. La universidad y el trabajo han hecho lo propio con nuestras cabezas, hígados y corazones y la verdad es que la muerte de este sr. me pilló tan ajeno a su cultura y su legado, tan metido en mi vida y mis asuntos que me di cuenta de la cantidad de tiempo que ha pasado desde que su figura ya no tiene incidencia alguna en mi vida. Aquel mundo que me brindó de niño, en el que todas las autoridades sean alcaldes, ministros o directores de serviciom, vestían uniforme, en el que no había elecciones, con toque de queda, con cantantes que vivían de hacer fonomímica en la tele, con cadenas nacionales del caballero todas las semanas, con resistencia y movida cultural under, con esperanza, con miedo, con rabia a veces, ya no existe en mí. Creo que debe ser por eso que cuando me ifromaron de la noticia no fui a la plaza italia, no toqué bocina, ni enarobolé una bandera de colores. Simplemente seguí con mi plan para el día y en la noche, como todos los domingos, me puse al día con las noticias.

  • Matías:

    Gracias por tu comentario, la dictadura (como todo en Chile) fue territorialmente diferenciada, la experiencia capitalina que relatas es harto más intensa que nuestra apacible vida provinciana, a no olvidar que aquellos que nos prometieron el desarrollo vía libre mercado aun nos lo deben, y aquellos que prometieron democracia aun no la construyen, un abrazo!

  • Daniel:

    Hermano, qué quieres que te diga, a nosotros, como a miles de chilenos, la vida se ha encargado de “reconciliarnos” y hemos vivido una transición en paz y amistad, más allá de las instituciones y sus arreglos. Este es el Chile de verdad, el de todos los días, el que vivimos con amigos y familiares y es éste Chile el que intentamos mejorar en delarepublica.cl, sin embargo, hay que abrazar y abrasar la historia, lo primero para no repetir ni equivocarse, lo segundo para que se quemen los relatos del pasado y podamos construir otros nuevos, de cara al futuro, de cara al mundo, de cara a la esperanza que los 90 perdimos en el pacto de “gobernabilidad” que cada día es más una camisa de fuerza para nuestra sociedad. Un abrazo republicano!

  • Recuerdo los cacerolazos en casa de Matías. Era emocionante, pero el miedo de la Señora Elcira cuando nos decía que no nos asomáramos a la ventana lo tengo patente.

    Recuerdo que, Angelino como soy, descubrí al mismo tiempo las galerías comerciales como arquitectura maravillosa (!!), y mi padre me enseño también que eran excelente protección contra las lacrimógenas.

    Recuerdo un profesor de Matemáticas con la cara amoratada. Cometió el error de interpelar a gente de la municipalidad de Los Angeles que estaban pegando afiches para la campaña del Si. Después de la golpizo, nos dijo lo que había pasado. La madre de mi mejor amigo, profesora también, y Pinochetista, lo denunció y lo despidieron.

    Recuerdo largas conversaciones con otro amigo, uno muy bueno, que era Pinochetista a concho. Hay aprendí sobre el otro lado de la moneda, y en las interminables tardes de adolescente, chela tras chela, llegamos a ciertos acuerdos: que los abusos fueron reales (si, en ese tiempo todavía se hablaba de eso) y que la vida pre-golpe fue muy difícil para algunos.

    Recuerdo a mi padre abriendo una champaña el 11 de Marzo del 90. La había comprado en 1976, y había estado, toda mi existencia, en el refrigerador de mi casa, donde fuera que esa casa estuviera.

    Sebastián, me parece que tenemos una elección acá: Podemos tratar de mirar al futuro, pero a riesgo de olvidarnos de los muertos, mientras el Mercurio trata de reescribir la historia en su página editorial y la derecha todavía no asume el dolor de esos muertos. O podemos, tal vez, admitir que todavía tenemos trapos que ventilar, y deudas que pagar. Por cierto que podemos pensar en un Chile nuevo, con una nueva constitución y una clase política renovada, y una ciudadanía que actúa como si estuvieramos en un país democrático. Pero no estoy seguro de que incluso nosotros, los “cabros”, estemos listos para mirar adelante solamente.

    Un abrazo.

  • Carlos: Gracias por tu comentario, haber sabido temprano en la vida las dos caras de la historia de esos años es una ventaja que nos permite construir un juicio más justo del pasado y por consiguiente tener una visión más equilibrada del futuro.

    Estoy totalmente de acuerdo en que no podemos solo mirar adelante y, sin embargo, tenemos que hacerlo …. Un abrazo

  • QUISIERA VER SOBRE LAS TORTURAS QUE COMETIAN

  • Republicanos. Hace casi un año (11 meses) que se escribió este artículo, tras la muerte de Pinochet. Haca casi un año también escribí un artículo en conjunto con Nicolás Valenzuela sobre la influencia de la dictadura en un tema particular -aunque de una amplitud inmensa- como es la ciudad. Encontrándome con el artículo de Sebastián me acordé del propio, les dejo el link por si les interesa: http://www.plataformaurbana.cl/archive/2006/12/12/muerte-de-augusto-pinochet-la-herencia-urbana-de-su-gobierno/

    Saludos

    camila

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