Por qué nos gusta Carlos Peña.

03 de Nov, 2006 | Por | 23 Comentarios

Con los amigos delaRepublica.cl somos proclives a levantar “Teorías de asado”, esto es, teorías de corto alcance geográfico -el patio de una casa -, de bajo impacto social -el lote de amigos, sus parejas- y de corta duración en el tiempo -una tarde y una noche-, es decir, micro teorías, a lo sumo. Para ello, obviamente, la lectura de la contingencia y su conexión con la teoría es el ingrediente central. Quizás por eso, un nombre que en el último tiempo se ha hecho recurrente en estas divagaciones es el nuevo rector de la Universidad Diego Portales (UDP), y columnista dominical de El Mercurio, Carlos Peña.

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Lo que Peña dijo, opinó, omitió o sugirió en su columna u otro contexto, se ha convertido en un ingrediente más de nuestras Teorías de asado, y en referente casi obligado en otras conversaciones con más pretensiones de trascendencia, tanto dentro como fuera delaRepublica.

El problema es que a menudo no nos quedamos en las referencias: muchas veces las citas a Peña vienen acompañadas de una especie de “efervescencia intelectual”, un particular entusiasmo. El asunto no deja de ser curioso, porque mi generación no es precisamente dada a levantar oráculos ni héroes, más bien desconfiamos cuando alguno se perfila por ese lado. Sin embargo, de los profesionales “progre” de alrededor de treinta años que conozco, casi todos guardan solemne respeto y más o menos abierta simpatía por el personaje y su producción intelectual: periodistas, ingenieros, sociólogos, psicólogos, abogados, arquitectos, cientistas políticos, trabajadores sociales, economistas, científicos.

Curioso fenómeno.

Así, de la broma liviana al respecto, he pasado a preguntarme bastante en serio ¿qué tendrá la figura de Carlos Peña (el personaje, no la persona) que hace que las más “empoderadas” de mis amigas y los más recelosos de mis coetáneos se saquen el sombrero en señal de respeto? ¿Por qué será que nos gusta tanto Carlos Peña?

No es nada fácil elaborar una respuesta aceptable (validada por mis pares) a esta pregunta, porque no es en absoluto mi idea hacer una apología del individuo, cosa que ya hará algún biógrafo y, sin duda, algunos de sus alumnos. Mi tesis es, más bien, que detrás de esta especie de admiración –a ratos idealización- por el “personaje Peña” por parte de los profesionales nacidos en los ’70 e inicios de los ’80, se pueden leer ciertos rasgos de nuestra generación y su acercamiento a la política.

Utilizo al personaje y lo que genera, por tanto, como excusa e instrumento para intentar levantar tesis plausibles respecto de cómo esta generación mira a “la política y los políticos”.

Si intento encontrar una hebra que funcione como hilo conductor en los escritos de Peña y nuestro acercamiento a ellos, se me ocurre que Peña escribe pretendiendo que lo planteado en sus textos sea válido, más que cierto. En general, tiene “pretensiones universales de validez”, es decir, aspira a que cualquiera que lo lea le dé la razón o, al menos, se acople su forma de razonamiento para rebatirlo (lo encuentre “razonable, pero…”). Busca hacerse entender, sin menospreciar intelectualmente al lector. Es más, espera que el lector lo confronte y discuta, lo contradiga. No nos dice, como la mayoría de nuestros políticos e intelectuales, “esto es cierto porque lo digo yo”, ni mucho menos “usted quién se cree para venir a contradecirme”, actitud que a nosotros, “mocosos” altaneros y técnicamente preparados, derechamente nos descompone. Cuando jugamos con las reglas de la argumentación (y no las de la jerarquía), estamos todos invitados a jugar. Disfrutamos de la “pichanga” intelectual en que gana el “más bueno pa’ la pelota”, no el con mejores botines o el del uniforme más brillante. Peña es uno de los “buenos pa’ la pelota” del barrio y, sin duda, mis coetáneos y yo lo respetamos por eso. Por el contrario, la gran mayoría de nuestro establishment político sigue más bien el modelito “dirigente de la ANFP”.

En segundo lugar, para ser talentoso en la cancha de las ideas no es necesario un apellido con muchas erres, y en eso nos reflejamos en Peña. En una conversación al respecto con Rocío (a propósito del lanzamiento de una antología de Norbert Lechner presentada, entre otros, por el mentado columnista), ella planteaba que Norbert Lechner y Carlos Peña tienen una especie de atractivo aire “afuerino” del que, por extranjero (Lechner) o por extraño a la elite (Peña), tiene más libertad, menos tejado de vidrio y menos prejuicios para nombrar con todas sus letras ciertas cosas de la sociedad que desde dentro cuesta o incomoda ver. Peña es un extranjero que, como hizo Lechner, se ha venido a instalar en el centro del pueblo, escribiendo en el Mercurio y dirigiendo la UDP, nada menos. En un escenario en que la elite, y sobre todo la Concertación, se ha encapsulado, volviéndose impermeable -por edad, contactos o maquinaria partidista- a la entrada de nuevos actores, muchos nos sentimos extranjeros del mundo político, pero a todos nos interesa habitar en el pueblo o en sus inmediaciones: el “ejercicio privado de la profesión” no parece bastarnos (si no, recorra este blog y otros similares).

De todas formas, nos preguntamos, recelosos, qué querrá el Mercurio incluyendo a un disidente como Peña en el “resumidero” que suele ser su sección de Reportajes. ¿Lo sabrá el columnista? Puede ser. Peña se acerca al poder, flirtea con él, le busca el lado feo y lo denuncia, pero se nota que lo comprende y disfruta de su estética. Y al parecer, no se marea en la jugada. Ante eso, nos sacamos el sombrero, porque intuimos que no es nada fácil (tenemos amigos que venden el alma por cargar el celular de un “honorable”). Y claro, también empalizamos con su merodeo medio desconfiado en torno al poder, porque llevamos marcado a fuego el gusto por “lo público”, pero hemos visto lo que genera si uno se lo compra al contado.

Quizás uno de los elementos en que más sintonizamos con Peña es su pragmatismo. Esto, a profesionales formados en este “paraíso neoliberal” de “profunda tradición republicana” (!!) también nos hace enorme sentido: nos importa tanto o más el procedimiento intelectual -los principios- que las conclusiones a las que se llega por ese procedimiento, y nos importa que el proceso sea colectivo. Si consideramos que alguien se equivoca, lo confrontamos, pero siempre es nuestro argumento ante el del otro. Las críticas más agudas y mordaces de Peña no surgen casi nunca, hasta donde logro ver, porque alguien esté “equivocado”. Ataca, más bien, la torpeza argumentativa, la miopía, la falacia o la burda mentira, que es lo que a nosotros -generación pragmática y bastante menos dada a las grandes retóricas- nos suele molestar más de la dirigencia de derecha, de algunos “operadores” de la Concertación y, para qué decir, de la prensa. Sabemos cuándo nos mienten, o al menos lo intuimos, y hemos visto demasiadas películas de Cantinflas como para tragarnos discursos circulares que se pretenden lineales, o ideologías que se enarbolan como “verdades”.

Pese a lo pragmático, sin embargo, Peña (también Lechner, habida cuenta de sus nada despreciables diferencias) es una especie de vocero de la “normatividad”, que mira el horizonte de lo posible y no se queda en nuestro tan chileno “es lo que hay”. Más aún, desde su visible tribuna ejerce una denuncia permanente de las miradas y acciones que se quedan en lo fáctico y en la creencia de que “lo que es, es lo que tiene que ser”. Y lo denuncia tanto en el pensamiento “progresista” como en el conservador. En una frase: el personaje Peña cree en la posibilidad de hacer distinto lo que hoy es dato de la causa. Este énfasis ético con arraigo práctico -que no es “pechoño” ni huele a moralina- nos interpreta e interpela, porque hoy los únicos discursos que procuran poner estos temas sobre el tapete tienen la falla de origen del (neo)conservadurismo y nos producen, básicamente, alergia.

Nuestro personaje tiene otra característica que nos refleja (por posmodernos, dirá alguno): hace constante uso del derecho a contradecirse a sí mismo, a la “autosubversión”. Reniega de lo afirmado sin ser “autoflagelante”, con la tranquilidad del laico que no cree que una equivocación sea pecado y, con sus límites, parece aplicar sobre sus propias palabras la misma maquinaria conceptual con que faena a políticos, periodistas y otros animales de la granja. Tanto es así, que hasta nos tragamos el impasse Cuadra con relativa comprensión para con el entonces Vicerrector Académico. En cualquier caso parecido, como observadores externos pero informados, probablemente hubiésemos puesto el grito en el cielo, y al personaje en el cajón del olvido. Sin embargo, hoy nos alegramos por la UDP. Algo hay en el discurso de Peña que lo vuelve verosímil, y probablemente es el hecho de que no le saca el bulto a los temas jodidos, por más que el bulto sea él mismo. Aunque claro, siempre dejamos un espacio para la duda, porque la verdad es que trabajar bajo la jefatura del ex brujo comunicacional de Pinochet es una opción complicada, pero una opción al fin.

Finalmente, Peña (ahora más la persona que el personaje) tiene la gracia de que son otros los que le hacen la pega. Casi nunca habla él: deja hablar a Kant, a Habermas, a Weber, a la Arendt o a Shakespeare: los invita a observar y después deja que opinen, citándolos. Lavín, los pingüinos, la Bachelet, la derecha chilensis, los ministros de turno; para todos tiene una reflexión aguda, un punto de vista interesante, pero a nadie se le puede ocurrir tanta cosa asertiva cada semana del año, digo yo: son otros los que hablan, otros los que escriben, opinan y teorizan por y a través de Peña. Su mayor gracia, creo, es que los leyó (no hay otra manera), que probablemente los relee, y que tiene buen ojo para elegir qué mirar y sobre qué escribir. Y claro, tiene una pluma envidiable.

Por todo esto, nos gusta Carlos Peña, en lo que escribe y lo que habla, y por esto creo que se está convirtiendo en un actor importante en la construcción de una opinión y una manera de mirar que, especulo, puede ser particular de esta generación. Y sin embargo, nos gustaría que hubiese otros, porque, hasta donde yo me he percatado, a Peña casi nadie le discute de tú a tú, de columna a columna, de intelectual a intelectual. No hay un columnista momio que lo refute frontalmente por liberal o por reformista (pero cómo deben pelarlo en la U. de los Andes), ni uno concertacionista que le salga al paso cuando le cae a ladrillazos al Poder (¡y cómo deben pelarlo en la Moneda!). Lo más probable es que entre los que hoy lo leemos con quince o veinte años de distancia, pronto habrá varios que puedan ser un contrapunto real. Pero claro, para eso tenemos que poner un signo de interrogación gigante sobre su cabeza, interpelarlo. Tratar de hacer un par de goles en la “pichanga”, y entender que por más bueno que sea el hábil del barrio, siempre es más efectivo el juego en equipo. No por nada escribimos colectivamente.

23 Comentarios

  • Excelente compadre…Peña entiende lo que somos…entiende que crecimos en silencio pero en camaradería, entiende que vibramos aquello que no conocíamos, que lo modelamos como utopía. Peña entiende que, a diferencia de otros que en dictadura vieron la democracia como fin último, nosotros la percibimos como punto de partida.

    El es el entrenador de los que no participamos del plebiscito, pero que en nuestras mentes es una huella indeleble de lo que todavía estamos esperando…

    Gran post cumpa…me complace tu capacidad para escribir

  • Buen artícluo Matías, ni Peña lo hubiese escrito mejor.

    un abrazo,

    Sg.

  • Matías: Como parte de uno de los teóricos de asado a los que haces mención en el inicio de tu artículo me siento más que interpretado con la descripción que haces de nuestra generación, nuestra aproximación a la política y a lo público a partir de lo que Peña “hace” con sus columnas. Recalco el “hace”, porque Peña, pragmático como es, sabe que actualmente la generación de opinión y movimiento no es mediante grandes tratados, sino de una certera, aguda y asertiva visión de lo que sucede en el día a día. Peña va ligando la contingencia a profundas reflexiones, a los valores y principios de la democracia moderna -más otras ideas derechamente liberales-, haciéndonos preguntas y forzando respuestas. Peña y su provocación dominical ha sido ùtil sino bien para fijar posturas, para rescatar del olvido nuestras posturas polìticas, diluidas en las cascadas de tinta que los diarios ocupan en denuncias, facturas brujas, vendettas y operaciones. Creo también que nos gusta peña porque, a diferencia de otros “opinólogos” polìticos de agrado de la elite política, no dice “lo que queremos escuchar”, no es parte de sus operaciones, fans club, sino que nos provoca preguntas para ver qué tantas convicción tenemos y cómo nuestro pensamiento se enfrenta a la realidad. Quizás esta es una de las razones del misterioso “porqué” de la Tribuna que Peña tiene en el Mercurio: le es útil para vestirse con ropajes de objetividad, pluralismo y animar, de paso, el debate. Peña, hábil, aprovecha el espacio para golpear con sus columnas al conservadurismo ideológico que junto al neoliberalismo económico son los pilares del pensamiento mercurial. ¿ Hasta cuándo soportará esta irreverencia el decano y la elite?. ¿será la intención de peña forzar ese límite de tolerancia o a caerá, a la larga, bajo el influjo del espíritu mercurial?.

  • Super buen articulo Matías, Peña tiene la habilidad hacer que la contingencia chilenita sea leída desde actores tan disímiles como Rawls o Marx. Eso se agradece profundamente, sobre todo porque de verdad apunta a una búsqueda de entendimiento de un mundo cada vez menos concéntrico. Ahora, es buena la pregunta de Marcelo, ¿Logrará seguir sorteando la tolerancia de Edwards, o terminará ecribiendo por innercia bajo el espiritu del mercurio? De todas formas, es un tipo notable y debe ser un gran conversador también. Saludos!

  • Me encantó…Grande Flaquito, que grande que sos en el complejo arte del Escribir.

  • Matías: Qué bueno que hayas podido elaborar más -y bien- sobre una teoría de asado particularmente regalona!

    Leyendo la columna me acordé de una conferencia hace unos años, organizada por ARCIS, donde sentaron a Brünner, Peña y Zemelman (del Colegio de México y CLACSO) a discutir sobre “el fin de las ideologías”. ¡Qué bien estuvo él ahí! Lo cuento sólo porque sirve para ilustrar algunas de las cosas que tú has puesto más arriba. A medio camino entre la renovación dramática de Brünner y la retórica marxista de Zemelman, Peña logró reivindicar una espacio propio que es, de alguna manera, el mismo en el que yo me autoobservo. Al primero le dijo en la cara: “según lo que tú has dicho, yo me defino como nostálgico, y a mucha honra”. Denunciándolo elegantemente. Al segundo (que había sacado aplausos -literalmente- de la concurrencia) le dijo “mi nostalgia no es de los proyectos megalómanos radicalizados de los ’60s, sino de la dimensión ética, deliberativa, de la política”. Touché. Son pocos los que pueden hacer esta clase de planteamientos sin que el resultante sea una tercera vía desteñida, edulcorada. Decir, “no me siento cómodo ni con la autocomplacencia ni con la autoflagelancia, pero eso no me hace un posmoderno de medias tintas”.

    Eso. Por otra parte (y con esto se va a la porra el estilo de la discusión, pero es que alguien tiene que decirlo): pucha que está rico Peña! (este comentario es demasiado recurrente entre las mujeres “empoderadas” de las que amablemente habla Matías, como para pasarlo por alto). Saludos!

  • Antes que todo, gracias a todos por los comentarios.

    Yuriflame: Ok. Ese es precisamente el entusiasmo al que intento referirme en la columna… la “efervescencia” a la que hacía mención. Porque la verdad es que no sé si Peña “entiende lo que somos” o cómo “crecimos en silencio”. Puede que no. Da lo mismo. El tema es que, comprendiéndonos o no (incluso puede que le importemos un rábano como grupo etario), y seguramente sin siqiera proponérselo, a menudo nos interpela, nos perturba y nos refleja. Pero ojo: eso es algo que nos pasa a nosotros, no a él, y es lo que a mi me interesa mirar… por eso digo que ocupo al personaje como excusa, como instrumento.

    Sergio, Beatriz, Claudia: gracias por las palabras generosas. Me alegro de verdad de que lean estas columnas y se animen a comentarlas. Esa es la idea y lo que más nos anima a escribir. Beatriz: gracias por el link desde tu blog.

    Marcelo, Ricardo: completamente de acuerdo con la dimensión “preformativa” de los escritos de Peña. Efectivamente, cuando escribe no sólo escribe, sino que “hace” (esto es casi una obviedad a estas alturas, pero me parece importante que lo recalquemos). Sin ir más lejos, el domingo pasado dejó de lado a los clásicos, agarró la “cuchilla con ajo”, y le sugirió a la Jefa un buen cambio de gabinete “antes que la estantería se venga abajo”… y no creo que la respuesta demore demasiado. Es cierto también que le pone más fondo a nuestra discusión política… y creo que desde ahí es medio inevitable que Peña termine, tarde o temprano, saliendo de El Mercurio, bien por su propia opción si alguna vez lo “recortan”, bien por una rabieta del papá de Don Graf. Lo que sí creo que puede ser inhibidor de su estilo actual, más que el aura mercurial o la presión del decano, es pasar a ser rector de la UDP en marzo próximo. El cargo es relevante y tiene más espinas políticas y protocolares que la segunda línea que hasta ahora ocupaba. Puede que ese nuevo rol sea medio incompatible con la postura de francotirador que tiene hasta ahora. Veremos cómo se resuelve.

    Rocío: Creo que es central lo que destacas en tu comentario: si bien menos “radical” que las convicciones a ultranza (sean convicciones en el mercado o en la revolución), para nosotros la actitud reflexiva y de puesta en duda, la pregunta constante por la ética subyacente, no es sinónimo de tibieza ni de simpleza posmoderna. Es que no nos compramos ideologías al contado, y eso no significa andar a medias tintas, sino todo lo contrario. Es mucho más fácil adscribir a una “matriz” ideológica que cuestionarla. Finalmente, respecto de los comentarios estético-hormonales no tengo nada que comentar. Cualquier cosa que comente sería usada en mi contra.

    Saludos Matías

  • Hola. Concuerdo, Matías, con las demás opiniones. Tu columna es muy buena. (puedes ser modelo de traumatología). Sin embargo, por el gusto de hacerlo, discrepo de sus opiniones sobre mi rector (digo “mi” porque trabajo en esa Universidad). Si en algo “nos” interpreta, es decir, nos traduce, Carlos Peña es en su capacidad para, habiendo leído, habiendo pensado y habiendo dicho, no hacer. Pasan por él grandes autores de grandes ideas. Conoce esos discursos. Alguien dirá que decir es un hacer, que sus columnas son “performativas” (y no “preformativas”) Pero, como dijo el malvado de Flores, al actuar en el lenguaje se establecen compromisos. Siempre. Uno de esos compromisos es actuar no verbalmente en concordancia con lo expresado verbalmente. El alarde de independencia es peligroso. Hablar a nomre del individuo tiene la ventaja de no pretender representar (es decir, reemplazar) a nadie, pero el riesgo del egoísmo, de la cobardía, del juego en el que podemos hablar contra otros y naie puede decirnos nada puesto que “no aspiramos a la verdad” y “no representamos a nadie”. Yo mismo he invocado esos mexquinos escondites. Si en algo nos interpreta (es decir, nos traduce para leernos a nosotros mismos) mi rector es en esa petulancia de arrojarle al lector una erudición humanista que discrimina entre quienes pueden y no pueden hablar. Una suerte de doble juego. “Me apoyo en ellos, mis ancestros sabios, mis amigos, mis pares. Y quien conoce sus palabras de memoria es mi interlocutor. Sin embargo, soy un hombre libre, soy un individuo y soy más valioso que todo el resto. Soy único y no le obedezco a nadie” Raro. No pretendo ponerme afuera del saco que Carlos Peña (Personaje y no persona como bien aclaras, Matías)representa y que le profesa admiración. Él me paga una parte del sueldo y busco, a veces, sus columnas ingeniosas, escucho sus charlas de aperturade cuanto congreso y coloquio existe. Nos interpreta ese coqueteo con el poder, ese orgullo de no marearse bailando con los malos. Quizá sea mejor reconocer que nos mareamos, dejar de coquetear tanto.

  • Andrés:

    Gracias por el comentario. Creo que el punto que haces es interesante… por supuesto que escribir bien y codearse con los clásicos no basta para mantener en pie una ética. Y como mi foco de interés en esta columna fue la generación nuestra y de nuestros pares, creo que hay un par de puntos respecto de lo que dices que es imprtante realzar:

    lo primero es que efectivamente el “no obedezco a nadie” trae bajo la manga una serie de riesgos y huele raro. Por lo mismo, creo que uno de los esfuerzos que tenemos que hacer para hacer la diferencia es actuar colectivamente. No en “lotes” como los treintones del PPD, sino que en una red de cuidado ético mutuo. Si a mi se me ocurriera decir en este blog que hablo representando “al ciudadano” (a “las bases”!!) pero que no obedezco a nadie, seguro que habría al menos unos diez republicanos y amigos que me caerían a piñas. Por eso digo al final de la columna que uno de los problemas de Peña es que no tiene interlocutores, que escribe solo.

    Segundo, respecto del “baile con los malos” y el “no marearse” en el coqueteo con el poder, una aclaración. Creo que lo que mueve a aquellos de nuestra generación que se interesan en la forma en que Peña se relaciona con el poder, no es el coqueteo con “los malos”, sino el acercamiento a instancias de decisión, donde se juega buena parte de la construcción del país. Creo que la mayoría de los que aquí escriben y leen tienen una cierta vocación por, en algún minuto, tomar ese tipo de decisiones, pero sabemos el riesgo personal (ético) que trae bajo la manga el hecho de adquirir poder. Claro que nos mareamos… pero puede que en diez o veinte años estemos tomando decisiones importantes, y una vez arriba del buque, mejor no marearse, para no mandarse cagadas. En ese sentido, sabiendo que nos mareamos, mejor tratar de aprender de a poco, teniendo siempre a los pares para que nos saquen la cresta con cariño cuando nos pasamos de revoluciones.

    Gracias de nuevo por los comentarios.

    Matías

  • matías: habla por tí, a mi no me gusta nada carlos peña

  • Estimado: al que caiga el poncho, que se lo ponga… yo trabajo en el telar no más.

  • cecilia hernandez says:

    Amigos,

    ¿han sido espectadores de los debates vía el Mercurio entre Carlos Peña y Álvaro Ferrer? AL parecer, Peña encontró no solo a quien le haga el peso, sino quien le ponga freno.

  • Saludos. Muy estimulante el debate, los felicito. Les cuento que siempre ataco las columnas de Peña con ansiedad, grandes expectativas. Para mi mala fortuna siempre quedo insatisfecho, y esto porque me doy cuenta finalmente que el discurso de Peña no es un discurso orientado al hacer (mucho tiene que ver con la caracteristicas de nuestro idioma), sino al decir, erudito, coherente, razonable, retórico, que transmite un saber y un modelo de reflexión del que creo se siente un buen continuador. Después de leer sus textos me dan ganas de decirle “Estupendo, pero ¿qué haría Ud.?”. Ofrezco una muestra: recuerdo una entrevista antigua (talvez del año 2005) que le hizo Atina Chile acerca de la educación chilena en su calidad de miembro del consejo asesor presidencial para la calidad de la educación. Lo fundamental para Peña, según dijo, es volver a la pregunta de “¿para qué educamos?”, y en esa línea expone porsupuesto todo el saber que posee sobre el tema, nos remite a las discusiones decimonónicas sobre el sentido de la educación, etc. Me parece ocioso, hay literatuta nuestra y comparada no suficiente, excesiva, sobre el tema del sentido y el fin de le educación, conocida y actualizada. Extraño la seguna parte que pienso debiera venir después de la reflexión, la acción, el hacer, y que nunca llega con Peña. Contradictorio puede parecer que diga que valoro el papel que la retórica cumple dentro de la sociedad, está ahí la transmisión del saber, la tradición, por lo que debiera valorar entonces el papel de retórico que cumple C. Peña. Y es así, lo valor de esa forma, en su justa medida digamos, pero no es suficiente, yo espero más de un intelectual. Terminando, no es poco interesante tomar nota de esta fascinación que ejerce C. Peña, y que tiendo a vincularla también con un aspecto de su personalidad y que es su petulancia. Es un personaje. Diría que ojo con ellos. Saludos.

  • Claudio,

    Gracias por el comentario. Creo que puedes tener razón en que el discurso de Peña no esta orientado al hacer, pero tiendo a desconfiar de la crítica de “pero usted que haría?” que mencionas tú. Después de todo, el rol de Peña, como el de otros pensadores en sociedades democráticas, es exactamente eso, el pensar, y ojalá hacernos pensar a los demás, generar discusión (como está) etc.

    Y aunque es probable que tú estés bien informado sobre el sentido y el fin de la educación en Chile, claramente no hay un consenso en este país sobre el tema (lucro, educación pública, el significado de la diversidad, etc) y por lo tanto los aportes de Peña y de otros son fundamentales para responder preguntas tan básicas como “¿Para qué educamos?”.

    Es tarea de todos el responder la pregunta, y actuar en consecuencia.

  • Claudio:

    comparto con Carlos la desconfianza respecto de la crítica del tipo “usted qué haría” con que se suele interpelar a aquellos que están preocupados de la reflexión en temas “filosóficos” con arraigo práctico. Primero, porque es crítica suele venir -en áreas en que se percibe la necesidad de un cambio- de parte de “hacedores” que de todas formas no están logrando cambiar o siquiera imaginar hacia dónde cambiar. En segundo lugar, porque la capacidad de reflexionar está en la base de la posibilidad de cambio: si todos estuviéramos pensando en “cómo educar” sin una reflexión sobre “para qué”, mi percepción es que las cosas andarían bastante mal (la famosa crítica a la “tecnocracia” va por este lado también). Creo que el buen hacer se basa mucho más en principios que en técnicas: prefiero una larga discusión sobre los principios y técnicas que le sean subsidiarias, y no al revés. Además, suponer que estamos de acuerdo en las ideas de fondo respecto de, por ejemplo, para qué y cómo educar es pasar por alto las evidentes diferencias -ideológicas, éticas, prácticas- que existen y existirán en cualquier sociedad democrática. Dejar de evidenciar esas diferencias y discutir argumentadamente es el inicio del autoritarismo.

    Por último, y pese a que insisto en que este no es un artículo sobre Peña, sino sobre nuestra generación, creo que en el caso particular del columnista sus reflexiones, si bien muy nutridas de teoría, tienen en su mayoría una aplicabilidad bastante directa. Es a lo que me refiero cuando digo que tienen un “énfasis ético con arraigo práctico”. Mal que mal, en el tema de la educación que usas como ejemplo, el tipo fue parte de la comisión presidencial en el tema, es profesor y rector de una universidad, y está armando un cuento bien en serio en la UDP para estudiar el área a fondo (fichó a JJ Brunner, entre otros, para eso). Desconfiar de -o más aún, negar- esas acciones simplemente porque el tipo recurre a citas de intelectuales -o por considerarlo “petulante”, que seguramente va de la mano con el número de citas citadas- me parece algo miope.

    Saludos Matías

  • no me queda otra cosa que abofetearme por venir a descubrir a Peña recién hoy, claro que lo había visto en Reportajes del M., pero no me detenía a leer a quién parece oponerse a dejar la corbata. Solo su imagen me decía que no encontraría nada en sus escritos que valiera la pena…que error más grande, para algunas cosas aún soy un pendejo.

    Hoy lo escuché y lo conocí camino a la oficina, sí, recién hoy, y no podía creer quien era este tipo, claro, el mismo que consignó tan eficazmente a Lagos. Y lo único que escuchaba mientras manejaba, eran un montón de verdades, que comparto, que más de una vez han cruzado mi cabeza y que provenían de un Carlos Peña a quién no lograba recordar. Por lo demás, hablaba de lo valioso de la variedad, recordándome que yo protestaba por no reconocer en las autoridades universitarias el valor de la definición para con sus institución, la universalidad no se olía en los pasillos ni menos en las aulas…ya casi me olvidaba de aquello.

    Me dí la tarea de descubrirlo, rápidamente al llegar a la oficina, creí que valdría la pena y no me equivoqué.

    Bien, este artículo tiene ya casi dos años y recién hoy puedo alardear de reconocer en Peña a una voz con autoridad. Gracias a Dios el existe y yo sigo siendo un pendejo que reconoce que tengo mucho que aprender.

    Atentamente FARG

  • […] Al menos en esta ocasión, el rector de la Universidad Diego Portales – a la sazón, uno de los principales líderes de opinión en el panorama de la elite chilena actual – defendió la importancia del problema político, por sobre el técnico, en las fallas en la […]

  • aVeriguen la tremenda escoba que esta dejando el GRAN señor peña en la udp QUIZÁS LA GRACIA DE DIOS LO ABANDONO!

  • Porque dice lo que es ovbio, casi irrefutable. A el, y otros tantos, los treintones de asao de lomo vetao, le prenden velas. !benditos sean las “redes sociales” donde los que nunca hablaron ahora opinan!….y nada cambian…!menos mal! y que sean más Peña’s

  • Entro un poco tarde, pero Peña sigue aun así que opino. Lo que más me llama la atención de lo que escribe o expone Peña es su sentido estructural para observar los fenómenos que analiza. Creo que es muy psicoanalítico (en el ámbito estructural) por tanto habla mostrando una y otra vez lo que está perturbando cierto orden estructural mínimo en lo social. Entonces cuestiona a un político en tanto la función de la política es:… a un abusador en tanto lo saludable en los intercambios humanos es:… Así con cada uno de los puntos donde pone su aguda mirada y escucha. Creo que sus columnas son aire en tanto orden en una sociedad donde cualquiera hace lo que se le ocurre diciendo que está haciendo otra cosa y ya nadie pareciera tener fuerza para decir no. (Bueno ahora están empezando a salir esas voces, al fin!!!) Saludos

  • Excelente columna; le hace justicia a tan insigne columnista, lo que no es poca cosa a mi escaso entender.

    Sl2

  • Muchas gracias, Paula. Nunca es tarde. Es cierto que al personaje se le cuela el psicoanálisis entre las líneas. Miguel, muchas gracias. Matias

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