Crónicas Disidentes: Lom, la Cámara Chilena del Libro y la censura nuestra de cada día

04 de Sep, 2006 | Por | 6 Comentarios

¿Quería comprar los libros de nuestro último Premio Nacional de Literatura en la Feria del Libro de Ñuñoa y no los encontró? ¿Quería enterarse de quién es el último Premio Nacional de Historia y no lo vio ni en pintura? Acá le contamos por qué ellos y otros quinientos autores no estuvieron representados con toda su obra en tan noble evento, y por qué es posible que no lo estén en futuras ferias del libro.

Durante la semana pasada fuimos testigos de un evento patético, que nos recuerda que el autoritarismo está enquistado en lo más profundo de esta democracia (cada vez menos frágil, pero la mayoría de las veces poco satisfactoria). La historia es corta y bastante simple.

logolom.gif Lom ediciones es una de las principales editoriales de Chile, una de las pocas editoriales de peso cuyo origen, capitales, administración y catálogo son locales. Con quince años de historia y un catálogo de cerca de novecientos títulos, Lom es uno de los bastiones de la industria editorial local, y por tanto de nuestra producción cultural. Su director es Paulo Slachevsky, quien desde hace ya varios años sostiene una posición crítica frente a la situación de la lectura y la industria de libro en Chile, y particularmente respecto del rol que viene jugando la Cámara Chilena del Libro a la hora de enfrentar estos déficit (temas que dan para una serie de columnas, y que no trataré en detalle aquí). Slachevsky ha sido Presidente de la Asociación de Editores de Chile, Presidente de la Coalición Chilena para la Diversidad Cultural, y el año pasado fue nombrado “Caballero de las Artes y las Letras” por el gobierno de Francia. Su principal crítica apunta a que el organismo defiende básicamente los intereses de las grandes editoriales transnacionales presentes en Chile, y no los intereses de la industria como un todo. Esto se traduce en que la principal preocupación de la Cámara en términos de política pública es la piratería, que es un tema importante, pero que en la práctica afecta a treinta o cuarenta títulos “best sellers”, la mayoría de los cuales pertenecen a estas grandes casas editoriales (de capitales principalmente españoles).

Ante estas críticas, y en una actitud casi matonezca, la Cámara del Libro decidió marginar unilateralmente a Lom de la Feria del Libro de Ñuñoa. Ante el reclamo de la editorial, la respuesta (por escrito) de Eduardo Castillo, Presidente del organismo gremial, fue clara:

“(…) el directorio de Prolibro (responsable de las Ferias) fue desagradablemente sorprendido por tus declaraciones en contra de la Cámara Chilena del Libro, vertidas a través de la prensa hace poco tiempo, y ante ellas decido congelar temporalmente cualquier invitación”.

Es decir, censura. El asunto, en un principio, puede parecer una típica pelea de las que caracterizan la bolsa de gatos que es nuestro mundillo cultural, pero el asunto, creo, es grave.

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En primer lugar, uno de los objetivos de la cámara es “defender la libertad de edición, importación, comercialización y circulación de libros”. Si ante una crítica su respuesta es censurar la “libertad de comercialización” en las ferias que ellos mismos organizan, qué quedará para el resto.

En segundo lugar, como apuntó el editor, traductor e intelectual Oscar Luis Molina durante la conferencia de prensa citada por Lom, la historia de Chile se podría escribir en torno a sucesos como éste: quema de libros, destrucción de imprentas, cierre de editoriales, censura y persecución a los editores e impresores. La práctica de la censura como mecanismo de perpetuación del poder ha existido probablemente desde siempre. Cada vez que alguien acumula suficiente poder como para acallar la crítica de sus detractores, la mano de la censura intenta imponerse sobre la boca de quien ose alzar la voz. Si un editor eleva una crítica, a estas alturas del partido no podemos aceptar que se lo haga callar con sanciones a su empresa y a los autores que ella representa.

En tercer lugar, es inaceptable dentro de un país que se ufana de su “libre competencia”, que existan organismos gremiales que impidan la libre comercialización a una empresa tan importante dentro del mercado nacional. José Miguel Varas, recién electo Premio Nacional de Literatura, y Gabriel Salazar, recién escogido Premio Nacional de Historia, junto con otros quinientos autores, estarán ausentes de la Feria del Libro de Ñuñoa y de otras que la Cámara del Libro “dictamine”, por el sólo hecho de pertenecer al catálogo de una editorial que no comparte la forma de proceder de la directiva del ente organizador. Tengo serias dudas de si la Cámara hubiese aplicado la misma medida con Planeta o Random House. Más bien, estoy seguro de que no.

Finalmente: el proceso de concentración del mercado editorial en grandes transnacionales (a través de la muerte de sellos editoriales más pequeños, o la compra de los más exitosos) es bien conocido y está extensamente documentado. Es un proceso que en lo personal no me gusta e intento combatir, por el bien de la diversidad de pensamiento y la defensa de las culturas locales. Creo también que debiese ser parte de la política de los gobiernos de nuestros países el evitar los procesos de colonización cultural por medio de la hegemonía comercial de grandes cadenas transnacionales (pienso en la TV, la radio, los medios de comunicación escritos y las editoriales). Con independencia de lo anterior, lo que resulta francamente inaceptable es que, además de ocupar la amplia cancha que concede nuestro país a la “libre competencia”, las grandes casas editoriales tengan capturado el control de organismos gremiales y, desde ahí, apliquen la censura a la crítica como mecanismo de colonización comercial: si Lom no puede estar en las ferias del libro (en su mayoría organizadas por la Cámara del Libro, y fuente importante de acceso a la demanda), una parte importante de sus ventas les es vetada.

Estamos frente a una abierta censura a la crítica, en un medio –el editorial- cuyo pilar debiese ser la libre expresión de las ideas, la crítica y el debate. Aceptar y callar frente a actos de este tipo en nuestro país es aceptar que el libre debate de ideas en el espacio público puede ser penado y suprimido por el más fuerte. Quedamos, entonces, a la espera de las reacciones de las autoridades y la comunidad de Ñuñoa, el Consejo Nacional del Libro y la Lectura, el Ministerio de Cultura y, aunque difícil, del Ministerio de Economía y los garantes institucionales de la “libre competencia”.

Más información: La Nación; El Mostrador; Radio Cooperativa; TVN.

6 Comentarios

  • Matías: En tu artículo señalas una serie de prácticas que son muy comunes en la cotidaneidad en la que nos desenvolvemos. Autoritarismo, la ley del más fuerte, la asimetría en las relaciones entre supestos “pares” y la condena pública del que disiente y no se pliega al consenso de los poderosos. Lo que más deja contrariado sobre esto es que se da en un espacio donde la discusión, el debate y el confronte de posturas deben ser permanentes. Si en el espacio cultural no se puede discutir ni disentir se proyecta una mala sombra sobre el resto de la sociedad: si no me gustas y tengo el poder, te saco. así de simple, así de directo, así de grotesco. Me llamó la atención la observación que haces sobre el funcionamiento del mercado y la competencia en el ámbito editorial y cómo estas prácticas corporativas se aplican de manera asimétrica, dando cuenta que las desigualdades también están presentes en círculos más desarrollados y sofisticados, pero no lejos de los nudos ciegos que atan nuestra democracia y contaminan nuestra convivencia. finalmente, ¿que se puede hacer más allà de este tipo de protestas cuando hay colusión entre medios y editoriales, entre editores y directores?. en el mundo de hoy la frontera, la distancia entre medios y fuentes, en un negocio donde se integran diferentes tipos de contenidos, es casi inexistente y ls intereses económico, las alianzas estratégicas son demasiado importantes como par dar espacio a quienes se oponen a ellos.

  • Es asqueroso ver como grupos de poder y/o interés coartan día la posibilidad de construir una democracia abierta, tolerante y con capacidad de discusión. Grupos como el de los “Señores” editores, asi como el de los grandes empresarios, incluso grupos de la elite política, sienten un pánico impresionante al disenso (como si no fuera parte de la democracia), apenas surgen ideas u opiniones que van por un camino opuesto o distinto al ya trazado y “consensuado” entre 4 paredes, inmediatamente es coartado, y simplemente eliminado, es como “una falla del programa”. Lamentable, y triste, un daño grande para una democracia manipulada y tranzada.

  • Pucha. Pensar que el señor Castillo estaba en mi losta de personas buenas. Tendré que revisar las categorías. Gracias por una columna bienintencionada, bien informada y bien escrita. Por otra parte, los comentarios en la conferencia de prensa citada por Lom respecto de quema de libros y otras yerbas ponen en un mismo plano estrategias, aunque reprochables todas, muy distintas entre sí de hacerle daño al prójimo. La exageración de las víctimas es poco efectiva en términos retóricos. Me recuerda al pobre Zurita cuando trataba de nazi a cualquiera que osara pensar que la actitud de Paulina Wendt en el concurso Paula no había sido la mejor. Sería interesante comentar este tipo de asuntos con la recién creada comisión de cultura de la Cámara de diputados. No creo que vayan a actuar, pero por lo menos deberían tener menos tiempo para estar desocupados.

  • Marcelo:

    efectivamente, el medio “cultural” no tiene grandes diferencias con cualquier otro ámbito empresarial cuando entran en juego las lucas y las cuotas de poder. Dentro de la industria editorial conviven lógicas muy distintas de enfrentar la producción editorial y la relación con los autores y lectores (al respecto es interesante mirar el último número del suplemento cultural del Clarin, “Cómo leemos”, dedicado a la industria editorial argentina, y disponible en nuestros kioskos por $500). editores grandes y chicos, locales y transnacionales, son animales distintos. Lo que creo que es jodido es que en una industria con tremendas economías de escala, a medida que las empresas crecen, sus ventajas competitivas son cada vez más grandes. Lo complejo de esto es que la publicación editorial tiene un fuerte caracter normativo: publicar un libro nunca es inocuo. Dejar de publicar un libro, obviamente tampoco. Pero en la mayoría de los casos las grandes cadenas editoriales toman esa decisión con la calculadora como primera y casi única herramienta, sin pensar en qué consecuencias puede tener que el primer libro que lee un cabro chico sea Papelucho versus Harry Potter o Mafalda versus el comic de Barney. No digo que uno sea necesariamente mejor que otro (aunque podemos discutirlo), sólo digo que si la decisión se toma con la billetera… a la billetera no le importan los cabros chicos. Cuando haces defensas corporativas de la billetera, y acallas al que te contradice en lugar de poner ideas sobre la mesa, algo estás diciendo respecto de cómo haces tu trabajo editorial. Es cosa de mirar los catálogos de unas y otras, no?

  • Ricardo, una única reaccion a tu comentario: leo detrás de tus líneas una especie de teoría del complot que, si bien puede tener sustento, especialmente en una industria que por pequeña es espacio fertil para colusiones, no necesariamente nos ayuda a resolver el tema. El asunto, comoe escribía a Marcelo en el comentario anterior, es cachar que hay lógicas (incentivos, diría el economista) y prácticas muy diferentes en el representante de una empresa internacional, en un pequeño editor y en un representante del Estado. El asunto es tener definiciones (que debe tomar este último actor) respecto de si este “mercado” amerita regulacion-intervención estatal porque presenta características especiales (externalidades o imperfecciones, diría el ya mentado), o si lo dejamos a la buena de dios (o a la mala del mercado?). Evitar situaciones como la denunciada en la columna es labor de un Estado que se asume normativo (como debiese asumirse un gobierno socialista, creo yo). Mandar al carajo a tipos que hacen cosas como las mencionadas en la columna es responsabilidad de todos nosotros.

  • Andrés: es cierto que lo expuesto por Oscar Luis Molina es extremar el argumento, sin embargo, creo que la censura y el abuso de poder merecen reacciones enérgicas. Es, también, aun asunto de contextos: en un contexto de violencia generalizada (una guerra, por ejemplo) hay cosas que se dejan pasar porque en paralelo están ocurriendo atrocidades mucho mayores. En el Chile de hoy, en un contexto democrático y de supuesto respeto a las libertades, un hecho como este hay que denunciarlo con fuerza. Creo que en la proporción evento-contexto, es comparable con hechos más graves ocurridos en contextos más álgidos. En cualquier caso, el link con el caso de la Wendt no ha lugar: eso fue una chantada indefendible. No había ni cesnura ni abuso de poder ni nada de nada, y cualquier reaccion de defensa obviamente era impresentable. Creo que son casosradicalmente distintos, aunque entiendo que el link que haces es a propósito del tipo de retórica y no del contenido… pero de todas formas los casos son tan diametralmente distintos que no sé si la comparación ayuda.

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