Sewell, Patrimonio de la (In)Humanidad

23 de jul, 2006 | Por | 3 Comentarios

Sin duda, la inscripción por parte del Comité de Patrimonio Mundial de enlistar a Sewell dentro de sus sitios de importancia excepcional, cultural o natural, culmina un proceso de búsqueda por dar cuenta de esta experiencia social única de trabajo industrial que dio origen permanentemente a una ciudad en la extrema Cordillera de Los Andes. Usos, prácticas, costumbres y formas de habitar, son factores a considerar sobre un patrimonio que busca trascender en le memoria de la humanidad.

Por lo mismo, hay que valorar en su justa medida lo que es este asentamiento industrial, trascendiendo a percepciones del hincha, amante, demagogo u activista sobre ese Sewell ideal, que algunas veces nos contaran nuestras abuelas y nuestros padres, que luego con los años, se hacen críticas maduradas a esta instalación de países privados al interior de naciones latinoamericanas, donde no imperaba la ley, sino el reglamento interno de la empresa.

Ese es el punto, a mi entender, sobre este obsequio a la Región de O’higgins, que le puede retribuir financieramente y como imagen–región en el posicionamiento internacional de la zona, que es el señalar que esta ciudad industrial es el corazón de un tipo de cultura que emerge en El Teniente, entre la mezcla del campesino que cambia la hojota por el calamorro, así como con la instalación de funcionarios americanos y nacionales, bajo un mismo lugar. Llegará tempranamente la sociedad de masa a este enclave diferenciado por clases, que bajo el imperio de la ley seca y el control de entradas y salidas, dieron origen a una forma y sentido del derroche, el consumo, el aparentamiento y la falta de instrucción propia de la sociabilidad rancagüina, heredera natural de Sewell.

Cómo olvidar las historias entorno a sujetos que se autodefinían como Mister, o las declaraciones de mujeres de que ellas no le debían nada a Sewell, todo lo contrario, que por el hecho de estar allá eran de segunda categoría. Un fallecido amigo comentaba siempre su disgusto a la idealización de la vida en esta abrupta ladera de escaleras, señalando que la herencia cultural y natural tenía que ver con hacer patente la utilización al extremo de la racionalidad instrumental, no muy lejanas a esa racionalidad que termina olvidando su centro humano, volviéndose en otra de ella.

No pondría las manos al fuego por las condiciones de vida en la ciudad industrial, ni menos por los abusos de derechos políticos y civiles. Pero si podría señalar, en mi condición de académico, el impacto modernizador a la gestión de las grandes organizaciones, ligadas al uso eficiente de la ciencia y tecnología, en los planos de la gestión, producción y control de mando. Sin embargo, en esta dominación carente de entorno, propia de modelos cartesianos, son incuantificables los costos de la contaminación ambiental que ha originado El Teniente, solo haciendo responsable su actual administración de lo acaecido desde la transición en adelante.

Asociado a la calidad de vida, además es necesario dar cuenta del objetivo de la instalación, ya que este hacia relación a la necesaria y constante presencia de obreros y empleados, siendo uno de los pocos, sino el único caso de centro minero montañoso de envergadura gestado durante el siglo XX, que era de régimen permanente. ¿Cómo habrán sido esas largas tardes de tormenta de las familias mineras? ¿Cuántos asumían la desprotección social de ver peligrar la vida a 2000 metros de altitud?

Además Sewell es el ejemplo de un enclave en un continente desigual inserto periféricamente en la modernidad, formato de la fusión entre la mano de obra local y los recursos técnicos y financieros de algunas naciones industrializadas para explotar yacimientos mineros y transformar recursos naturales valiosos. Quizás sus mismos riesgos, cambios en los paradigmas de gestión y la saturación ambiental, hacen que se vaya despoblando a mediados de los 70, relocalizando a su población particularmente en Rancagua y ciudad cercanas.

No puedo olvidar la importancia urbana del tipo de entramado y diseño de Sewell, en función de una gran escalera, conectada a través de pasajes, más escaleras secundarias, a plazoletas que dan cuerpo a los distintos niveles de la ciudad. Su arquitectura y usos de colores llamativos son rica en estilos propios de la ciudad americana, conjugada con estilos de la estación de ferrocarriles y la modernista escuela industrial.

Para finalizar, un llamado a las autoridades locales y de la región, no confundan cultura con arte, por lo mismo no se proyecten tanto en función de gremios de artistas, sino más bien en acercar a la población local y el turista a este enclave, siendo central en ello, la posibilidad de gestar espacios como museos, alojamientos, visitas guiadas, así como la prospección de proyectos de inversión de recuperación patrimonial y centros de recreación.

Rancagua, julio, 2006.

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3 Comentarios

  • Pancho: Hace dos semanas visité Sewell en un tour guiado. El impacto que me causó fue grande. Aparte del paisaje, el fantasioso diseño urbano, lo encaramado en la mitad de la nada de la ciudad, el hospital donde se habría hecho el primer transplante de hígado en Chile, la impresión más perdurable para mí y mis acompañantes fue la de estar delante de un tremendo monumento a la desigualdad histórica y el apartheid.

    La paradoja era que los dos guías, uno de los cuales era hijo y nieto de trabajadores de Sewell, insistían en convencernos de que la convivencia allí era alegre y exenta de conflictos: “aquí no había resentimientos sociales como en otras partes; cada uno estaba contento con lo que le tocó”. La idealización de la “comunidad perdida” era asombrosa, sobre todo relatada oralmente por los herederos del colonialismo salvaje de principios de siglo, mientras frente a nuestros ojos un mural nos mostraba la macabra “tragedia del humo” que en 1945 liquidó a 355 mineros; o mientras veíamos los restos de la “población de los gringos y los ingenieros” ubicada en el único lugar que tenía luz de sol casi todo el día y donde no llegaban las emanaciones tóxicas del molino; o mientras el museo (en una sala titulada “el ingenio del minero” o algo semejante) pintorescamente mostraba la vida de los “buitreros”, trabajadores así denominados porque su función organizacional tenía la más alta tasa de mortandad de todo el mineral. El relato del sistema de las camas calientes era tan jolgorioso y celebrativo del esfuerzo del hombre chileno que hacía imaginar una gymkana gozosa. Casi equivalente al recuerdo de cómo para el 18, por única vez en el año, se suspendían las labores para hacer juegos y competencias entre los mineros (por ejemplo, para ver quién penetraba más rápido una veta).

    Efectivamente había una fuerte añoranza por un mundo social ordenado y que curiosamente generaba una fuerte percepción de “estar protegido”, aún en medio de la muerte cotidiana en la mina, en los rodados, en la inhalación del polvo que año a año se iba cristalizando en los púlmones de hombres y mujeres hasta matarlos de silicosis. La compañía minera queda enmarcada en un aura de bondad paternal que resulta difícil de entender hoy. El guía me explicaba el agradecimiento de su familia a la Braden Koper Co. ya que su abuelo analfabeto pudo, gracias a ella, ofrecerle a su hijo una educación que no hubiera podido tener en otro lugar. “Gracias a eso yo estoy donde estoy”. Conduciendo un tour de Codelco, pensé. Desprotegido, pensé. Desprotegidos también todos nosotros al fin y al cabo, aunque nos sentimos seguros y modernos, pensé.

    Cuán poco y cuánto, cuán inconmensurablemente, han cambiado las cosas. Las formas de explotación hoy son más solapadas, más sofisticadas, ¿más benignas? Al ver la cara del guía cuando todos nosotros comentábamos en voz alta las atrocidades del capitalismo salvaje y libre de regulaciones, veía también su rabia por nuestro juicio que despojaba su historia de dignidad. Me sentí un poco la maldita occidental etnocentrista que juzga de “buenos salvajes” a esos otros diferentes y que tasa desde sus propios patrones culturales.

    Pero la injusticia no puede ser confundida con diferencia cultural, cubierta como dice Bauman por la estética multiculturalista, porque ahí vamos perdidos.

    Todo eso me pasó con Sewell. En un tono más pragmático pienso que turísticamente hay mucho que hacer. Restaurar, armar buenos tours con una narración histórica potente, meterle cuento etnográfico. Por otro lado, no puedo dejar de pensar que Sewell amerita una clase de memoria más doliente de este trozo de historia. Algo más parecido a un memorial, a un “nunca más”. Será posible armar algo entre estos dos polos?

  • Rocío:

    leyendo tu comentario, en particular cuando dices “cuán poco y cuánto, cuán inconmensurablemente, han cambiado las cosas. Las formas de explotación hoy son más solapadas, más sofisticadas, ¿más benignas?”, me acordé de un excelente libro que estoy leyedo (más lento de lo que quisiera), y que creo que viene al caso recomendar a la luz de este post. Se trata de “El nuevo espíritu del capitalismo”, de Luc Boltanski y Eve Chiapello (Ediciones Akal, Madrid, 2002).

    El libro tiene por objeto la nada simple tarea de comprender “los cambios ideológicos que han acompañado a las recientes transformaciones del capitalismo”.

    En su introducción, estos franceses expican que a lo largo del libro intentan “describir una coyuntura única en la cual el capitalismo ha podido liberarse de un cierto número de obstáculos ligado a su modo de acumulación anerior y a las demandas de justicia que había suscitado; por otro lado, hemos tratado de establecer [...] un modelo del cambio de los valores de los que depende a la vez el éxito y el caracter tolerable del capitalismo…”

    Lo que los intriga es que “Vivimos, en muchos aspectos, una situación inversa a la que vivíamos a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970. En aquella época, el capitalismo padecía un descenso del crecimiento y de la rentabilidad [...] La crítica, por su parte, se encontraba en un momento álgido [...]“. Hoy, en cambio, habría una “inversión casi absoluta de la situación”, y su pregunta es “por qué la crítica no fue capaz de ‘aferrar’ la situación, por qué fue incapaz de comprender la evolución que se estaba produciendo, por qué se apagó de forma tan brutal a finales de la década de 1970 dejando paso libre a la reorganización del capitalismo durante casi dos décadas…”, una reorganización que ha llevado a cambiar su forma de organización… su espíritu.

    Esa onda… un capitalismo con un nuevo “espíritu” que la crítica no ha logrado comprender. El trabajo de Boltanski y Chiapello es un digno intento.

  • Matías: Y ellos tratan de dar una respuesta a eso? Me parece digno de leer, de todas maneras. Lo buscaré. ¿Será encontrable en librerías?

    Creo que ese es un gran tema, quizás “el gran tema” en relación a muchas de los malestares contemporáneos de forma y fondo que torpe (y algo malvadamente) se intenta achacar al puro ámbito de la cultura.

    Una recomendación en la línea es, del mismo Zygmunt Bauman que nombré por ahí antes, el libro “Trabajo, Consumismo y Nuevos Pobres”, de Gedisa. Bauman se centra en las nuevas formas de producción y definición de la pobreza post-caída del Estado Benefactor, y detrás de eso su gran supuesto es que el capitalismo del S. XIX y de gran parte del S. XX se centraba y sustentaba en una ética del trabajo, mientras el contemporáneo se basa en una estética del consumo. “El papel -en otros tiempos a cargo del trabajo- de vincular las motivaciones individuales, la integración social y la reproducción de todo el sistema productivo corresponde en la actualidad a la iniciativa del consumidor (…) El consumo, siempre más variado y rico, aparece ante los consumidores como un derecho para disfrutar y no una obligación para cumplir. Los consumidores deben ser guiados por intereses estéticos, no por normas éticas”. Este no sería sólo un cambio de patrón cultural, sino que sería el eje mismo del nuevo modelo capitalista, tanto de producción como financiero.

    Efectivamente estoy de acuerdo en que mucha de la incapacidad del pensamiento de izquierda para frenar el tremendo “golazo” de este capitalismo reinventado, fue su propia dificultad para reinventarse, para ajustar sus categorías de análisis a esta nueva versión, a estos nuevos hilos mucho más intrincados, menos obvios pero brutalmente más eficaces de dominación. La opacidad parece haber tendido un manto bajo el cual puede pasar cualquier cosa. Y esa “cualquier cosa” parece que nadie la logra nombrar.

    Además, parece que la posibilidad misma de la crítica se ha vuelto algo vergonzante, lo que demuestra el triunfo más grande del nuevo estado de cosas elevado a “lo que las cosas deben ser”. Hay, efectivamente, un nuevo “consenso inigualitario”. El escándalo (real o fingido) porque un socialista llame “chupasangres” a los empresarios, es una muestra de esto.

    Saludos!

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