Urbanización y Procesos Autonómicos.

11 de Jul, 2006 | Por | Sin Comentarios

El presente ensayo tiene como objetivo reflexionar entorno a lo que ha sucedido a nivel latinoamericano en procesos de urbanización de grandes ciudades, adentrándose a algunos aspectos políticos y administrativos, con el fin de visualizar posibles trabas y potencialidades para la gestación de gobiernos metropolitanos democráticos. Para ello se trabajará sobre la base de lo descrito por la literatura especializada entorno a los procesos de descentralización política, usando como ejemplo para el ensayo, reflexiones sobre el Gran Santiago. Se entiende por Gran Santiago al territorio conformado por las 34 comunas urbanas conurbadas.

Se toma Santiago con un claro interés de dar cuenta de un espacio en el cual no se ha llevado a cabo un proceso efectivo de gobierno metropolitano, distinto a otros casos latinoamericanos. Por lo mismo, se pretende dar cuenta de la emergencia histórica de las grandes capitales segregadas-duales, sus procesos de urbanización durante la 2º mitad del siglo XX y la necesaria respuesta del sistema político de constituir espacios de decisión democrática y gobierno de estas áreas metropolitanas.

El proceso de urbanización en Latinoamérica confirma tendencias. Las ciudades mayores crecen al 1% anual, pero las de segundo nivel lo hacen al 4%. En 1990 había 274 habitantes urbanos por cada 113 rurales. Para el 2010 se estima que la proporción será de 420 a 116. En 1960 la proporción era de 100 a 110 [1]. Estas transformaciones han generado grandes conurbaciones, que en algunos casos han dado origen a procesos de autonomía territorial, como los registrados en el Gran Buenos Aires, el Gran Lima, el ABC Paulista, entre otros.

Estás rápidas cifras nos dan una primera impresión de la magnitud de los cambios que experimentan las ciudades latinoamericanas en el medio siglo que va entre 1960 y 2010. Un tiempo que, además, ve el abandono del modelo de desarrollo estadocéntrico y su sustitución por un modelo nuevo aún dominado por la agenda neoliberal, todo ello en el contexto de un cambio de entorno caracterizado por la revolución tecnológica, la nueva economía y la globalización. A esto sumamos hoy las reactualizaciones de modelos populistas, autoritarios y populares, que en su carga ideológica, dejan en una zona gris el impacto de lo político y su contexto territorial.

La condición del Gran Santiago resulta interesante, en la medida que Chile es uno de los pocos países que transita en esta evolución del modelo de desarrollo desde un modelo de sustitución de importaciones hacia un modelo de corte más neoliberal desde fines de los 70 hasta mediados de los 90 y hoy entremezclados con modelos neo-estructuralistas depositarios entre otras líneas teóricas, del aporte de Fernando Fajnzylber y la CEPAL de los inicios de los ’90, modelo que de manera sintética a perpetuado el centralismo decisorio.

Los gobiernos de nuestras ciudades se ven asaltados por desafíos procedentes tanto de problemas no resueltos en el pasado como de las amenazas y oportunidades derivadas del nuevo tiempo histórico. Pasado y futuro se mezclan en las especificidades de los desafíos del presente. Concentración urbana en el Área Metropolitana, reubicación de sectores populares, expansión y conurbación territorial, inexistencia de una autoridad política soberana, entre mezclamiento de las decisiones sin un patrón de diferenciación de funciones y niveles de gobierno, contaminación ambiental, entre muchos otros, afectan la calidad de vida de estas vastas zonas urbanas.

La forma en que se ha combinado desarrollo agrario e industrial, mundo rural y urbano, en América Latina, da una primera razón de las dificultades registradas en el presente. A diferencia de lo sucedido en los países avanzados y en algunos asiáticos de fuerte desarrollo, la industrialización latinoamericana no fue precedida ni acompañada, entre otros elementos importantes, de una reforma y modernización agraria capaz de actuar como soporte o mercado interno para la producción industrial creciente. Contrariamente, las reformas agrarias latinoamericanas siempre fueron incompletas en tanto que limitadas a reparticiones prediales que no incorporaban una modernización integral ni se traducían en aumentos considerables de productividad. Incluso la más profunda, como la registrada durante la revolución boliviana del ’52, sigue hoy su proceso de consolidación más de medio siglo después, con la llegada de Morales a la Presidencia.

¿Qué ha generado esto? Entre otras cosas, el proceso permanente de migración campo – ciudad, que sigue concentrando población en las zonas rubanas. La urbanización latinoamericana ha sido intensa pero desigual, en la medida en que zonas muy extensas del territorio nacional han resultado ajenas a ella, lo que refleja la menor capacidad de integración de los mercados. Con todo, lo más destacable es la dislocación registradas entre la urbanización, la industrialización y la escasa modernización agraria, que impidió que los excedentes laborales agrarios fueran absorbidos por el trabajo industrial y encontraran expectativas de vida favorables. Todo esto se tradujo en los problemas característicos de la marginalidad urbana, el desempleo, la informalidad y el predominio de una fuerte segmentación social que complotó con sus propios medios contra el desarrollo. De este modo, el tipo de ciudades que se forman en América Latina, incluso durante el largo período de expansión económica de los ’50, ’60 y ’70, se parecen poco a las formadas en Europa y Estados Unidos e incluso en los países de rápida industrialización del Sudeste Asiático.

Contra la generación de un espacio público urbano de ciudadanía universalizada conspiró también la tradición política centralista latinoamericana, combinada con un desarrollo tecnológico que favoreció el fraccionamiento de la ciudad. La tradición centralista se tradujo en un reconocimiento tardío de la autonomía municipal, fruto por lo general de arreglos políticos de distribución del poder y los recursos financieros, construidos sobre débiles bases constitucionales, institucionales y de confianza política sobre las élites nacionales y locales concernidas. El resultado ha sido un gobierno situado en un marco institucional que no establece el cuadro competencial y de recurso financieros con suficiente precisión, no garantiza el cumplimiento efectivo por el poder central de las normas institucionales o, contrariamente, llega a reconocer poderes locales tales que pueden poner en riesgo los equilibrios macroeconómicos nacionales. De esta manera, el posible señalar siguiendo a Pressaco, que existen trabas para la consolidación de poder descentralizado político y económico, esto es, una escasa capacidad de decisión sobre los asuntos de la ciudad, así como falta de potestades y recursos financieros para llevar a cabo los proyectos de ciudad.

El carácter débilmente institucionalizado de las democracias latinoamericanas y la existencia consiguiente de un poder presidencial altamente discrecional y fuertemente centralista de hecho, producen el triple y conectado efecto de: a. generar incertidumbre en la asignación de responsabilidades y recursos, b. posibilitar inmisiones ilegítimas del poder central en las competencias locales y c. encontrar fuertes dificultades en la disciplina fiscal de los gobiernos subnacionales (Banco Mundial, 1999).

Observando el caso de Santiago, podemos decir que no existe un estatuto propio que dé forma a una comprensión de su identidad territorial. Por ello, la creación de un Estatuto Metropolitano significa la gestación constitucional a la Gestión, Administración y Gobierno del poder político. Esta transición reimpulsaría procesos de cambio político tanto es las propias esferas, así como en sus instituciones constituyentes, como son los partidos políticos, grupos de interés, elites profesionales, oligarquías, entre otros.

Estos cambios buscan generar un proceso gradual y una visión global con capacidades de decisión, autoridades con la alta capacidad y competencias de los funcionarios (clientes internos), generando así autonomía en el trabajo. No es posible que para cada problema de Santiago, aparezca un ministro de turno para buscar una solución o que estén en el olvido posiciones de alcaldes de municipios metropolitanos.

Si bien hay posiciones para gestar un autoridad vía elección indirecta a través de una figura supramunicipal colegiada o unipersonal, debemos plantear que dado que vimos la figura de la urbanización como un fenómeno autonómico de organización política y territorial, es que se plantea dentro del estatuto la elección democrática de una figura política que gobierne el Gran Santiago.


[1] Prat, Joan, Algunas especificidades de la urbanización latinoamericana. Magazine DHIAL, Edición Nº 8. pp. 1 www.iigov.org

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